1. Pienso que hacer campañas educativas es bien complicado. Máxime con temas manoseados como la ecología, porque es bien fácil caer en mensajes horripilantemente chantajistas/cursis y, del otro lado de la pantalla, es probable que el idiota con sobrepeso que lo único de provecho que hace en todo el día es “navegar” en internet trolee la campaña con sarcasmos y comentarios esmartassescos. ¿Y la educación? Está cabrón promoverla cuando vivimos en un mundo cínico –parafraseando a Jerry Maguire, of cors.
2. Abrazar árboles no es una solución práctica. Ni tirarse al drama y amar todo lo que propone la ingenua idea del buen salvaje. Tener conciencia del impacto ambiental no significa satanizar el pedo. Tampoco soy creyente de la onda Greenpeace. O de PETA, diositosantomelibre. Para nada. Pero no hablaré de ello aquí. Los mensajes de shock pueden ser eficientes, sí: por ejemplo, mostrar pulmones hechos mierda por el tabaco (para que algo opere en ti y al menos entiendas que fumar es una zurrada para tu cuerpo). O focas canadienses tolochocadas hasta quedar irreconocibles. El pedo es la postura extrema. Ya saben: si no estás conmigo, estás contra mí. Un jipi-vegano extremo es casi tan terrorífico como un fanático religioso.
3. Nuestra sociedad industrial no es sustentable. Nuestro estilo de vida no es sustentable. Sobran idiotas sin educación que aún tiran basura indiscriminadamente en la calle o avientan una colilla cigarro al escusado y le jalan. Consumimos más de lo que deberíamos. Consumimos como pendejos. Estamos enculados con la estúpida y ególatra idea de “si puedo hacerlo, ¿por qué no lo voy a hacer?”. Yo creo que esas son verdades, y cuando una campaña educativa nos las dice –aunque sea con manipuleos y chantajes– nos encabronamos. Porque somos como niños. Queremos todo. Y así no funciona el pedo. Pero no entendemos. Dejamos el Xbox conectado toda la noche. Vamos en coche al Ocso por cigarros –aunque está a dos cuadras. Imprimimos mails (y en la última cuartilla siempre se va el mensajito de Hotmail o Yahoo!, pura merma). Porque somos como niños. Como niños idiotas, berrinchudos y egocéntricos.
4. Mi postura personal: a menos que el Dr. Strangelove apriete el botón, no nos vamos a acabar al planeta Tierra. No creo que podamos. Antes, nos vamos a extinguir. Nuestra especie es una puta broma de la evolución. Un virus, como bien dice el agente Smith en la Meatrix. Y un día el hombre ya no va a caminar sobre la Tierra. ¿Cuál es el punto? Sólo arruinamos la diversión. Cuando ya no estemos aquí, la vida florecerá de nuevo. Yes indeed.
Pero esa es sólo una idea mía. Aquí, un video del Earth Day. Que tengan un bonito jueves :)
No hace falta encerrar la brújula en una botella y tirarla al mar para saber que el viento no sabe de puntos cardinales. Tampoco es necesario vagar 40 días y 40 noches en el desierto para ver un espejismo. No, el espejismo –como el aire– te golpea la cara un día cualquiera para beneplácito del insomnio. Es tan real como el corazón de un caballo que late en el hipódromo. ¿Y si el espejismo es tan hermoso, cómo no querer verlo a los ojos?
Últimamente he sido invitado a varios eventos. No, no necesariamente a los que giran en torno a alfombras rojas, conciertos y bares de encueradas, sino a eventos legítimos. Con gafete y todo, vamos. Con bolsita de regalo y todo, vamos. Con coffee-break que va más allá del coffee e incluye sangüichitos, vamos. ¡Legitimidad! ¡Prestigio! ¡Sangüichitos!
Esto me ha permitido familiarizarme con una subespecie humana conocida como el Hombre Evento (homo eventus). No entiendan “hombre” como exclusivo al sexo masculino. Oh, no. La Mujer Evento también tiene representación y presencia. Ustedes los conocen, seguramente. Son esos seres que orbitan en torno a tu círculo social de modo muy aleatorio. Y al preguntarles porqué no se han dejado ver últimamente, contestan con un gesto de hastío (fingido) y un: “Uuufff… no sabes. Ocupadísimo. Es que he andado de evento en evento. No paro, de veras…”
Y el hastío es fingido porque estas entidades se marchitarían y morirían sin el evento. Su leit motif se basa en pararse frente a una mesa de registro y recibir un paquete que contiene pluma con el logotipo del evento, libretita ídem, camiseta ídem y a lo mejor un vale de descuento para comer en un restaurante cercano… y la sublimación llega a la hora de hacer el “netgüorquin”, que le denominan. El acto de repartir una tarjeta de presentación, intercambiar PINs de la CrackBerry o tuitear que acaban de estar con ArrobaFulanoDeTal se vuelve una orgásmica realización personal que justifica el estar revoloteando, cual mariposa anfetaminizada, entre grupillos de gente que está ahí por una de tres razones:
ØTrabaja en la industria o tiene algo que ver realmente con el evento y su temática (2%)
ØTiene a un amigo que le consiguió entradas, y era asistir al evento a perder el tiempo y comer sangüichitos o quedarse en casa a ver cómo Andrea Legarreta se arruga segundo a segundo frente a las cámaras de tele (97%)
ØEs mesero y tiene que reponer las charolas de sangüichitos vacíos (1%)
Sea como sea, el Hombre Evento es carne de cañón necesaria para justificar que haya, de hecho, evento. Y su comportamiento tiene características muy puntuales, tales como…
El Sondeo de Asistencia. El Hombre y La Mujer Evento no se dignan confirmar asistencia sin levantar una investigación rápida sobre quiénes van a asistir. Uno pensaría que es su forma de estimar la calidad del evento en sí a través del interés que despierta, pero no: es tan sólo ver quién los va a ver a ellos, y ligar un aventón de regreso en caso de que los cocteles de cortesía (o el mal llamado ‘vino de honor’, al menos) les obligue a buscar conductor persignado o aventón de regreso.
La Confirmación Sin Compromiso. “Híjole, tengo varias cosas agendadas para ese día y esa hora, pero te juro que voy a mover cielo, mar y tierra para acompañarlos un ratito. Confírmame, de todos modos…” es el argumento más común, pues les permite darse su taco de ocupados aunque su única actividad programada para ese día sea ponerse a adivinar las contraseñas de WiFi de sus vecinos.
El Registro Perdonavidas. La actitud de darse importancia comienza desde el momento en que el Hombre Evento da su nombre a la persona del registro. ¡Y que San Reginito Registrador libre al encargado de las lista de confirmados el saltarse o no encontrar el nombre del Hombre o Mujer Evento a la primera! Se sucederá una vorágine de volteados de ojos, tronar de bocas, menciones frecuentes a la “pinche organización” y al “país de xodidos tercermundistas” en el que vivimos. Tip para las agencias de relaciones públicas: su evento será tachado de “una auténtica mierda” si la experiencia del registro no hace sentir al Hombre Evento como Messi ante la tribuna culé después de sorrajarle tres goles al Madrid. Destinen sus recursos a esta crucial área.
El Revoloteo de Reconocimiento. El primer paseo por el recinto donde se desarrolla el evento es tan necesario para nuestro especimen como el olfateo de traseros que conforma el protocolo (¿protocola?) perruno. Involucra establecer el orden de importancia en que se ubican a sí mismos. Por ejemplo, pueden sentirse amenazados por otros homo eventus de mayor jerarquía, pero también descubrir a los hominidae eventus en vías de desarrollo a quienes se puede apantallar con alguna idiotez: un gafete VIP, el ser reconocido por algún ente de moderada importancia o que un mesero le traiga una clase de bebida específica (“Coca Light pero SIN hielo, pues su aire acondicionado me está dejando afónica”). Todo cuenta.
La Crítica Obligada. El evento podría consistir en Scarlett Johansson sirviendo rebanadas de foie gras sobre iPads de cortesía, que los homo eventus encontrarán razón para quejarse como si se tratase de Carmen Salinas sirviéndoles tacos de popó sobre un CD de Arjona. La validez de los argumentos es lo de menos, el chiste es manifestar que están completamente desilusionados de la calidad y profesionalismo reinantes. Que si Scarlett Johansson ya no está en sus años Match Point y se ve medio jamona. Que si este foie gras no es fat-free. Que si los iPads de cortesía son los modelos que sólo traen WiFi y no 3G. Está de más hacer el evento perfecto, pues estos seres se alimentan de aniquilar iniciativas y esfuerzos ajenos.
El Botaneo/Copeo Compulsivo. Aquí sí hay que ver cómo bajan la guardia los Hombres y Mujeres Evento. ¿Vino blanco que sabe a pis de esquimal que comió foca adulterada? Venga. ¿Canapés con un paté indigno de ser consumido por gatos callejeros? Déjenos la charola por acá, si es tan amable. ¿Cocteles con mezclas más aguadas y mal hechas que las integrantes de Pandora? ¡Salud! La calidad es responsabilidad de nadie, mientras la cantidad sea copiosa y renovable.
El Abuso de las Cortesías. En todo evento, por mediopelo y cutre que sea, hay regalito. Pero el Hombre Evento necesita que el regalito sea doble, aunque sea modesto. “¿Te encaaaaargo una bolsita extra para mi novio(a), amigo?” es un mantra que se repite sin cesar ante las edecanes que ofrecen la goodie bag a la entrada o salida del lugar. Y si se trata de un evento con stands, donde hay oferta múltiple de bolsitas adicionales, estas criaturas escaparán con alforjas llenas como si fueran funcionarios públicos a fin de sexenio.
El Conecte Indistinto. Si algo deja a su paso el Hombre Evento son sus datos personales. El intercambio de tarjetas de presentación, a cuál más “original” e impráctica, se repite una y otra vez, muchas veces con destinatarios que previamente las han recibido y no se acuerdan (o se hacen pendexos). Los follows en Twitter, likes en Facebook e invitaciones en LinkedIn son tan rituales como faltos de interés real (a menos que se use el “yo te sigo en Twitter” para abrir conversación, claro). Pero lo más gracioso es que nunca hay un fin real en dicho networking compulsivo. Nadie se esfuerza realmente por obtener un trabajo, una recomendación o de menos un agarrón de partes pudendas disfrazado de interés profesional. No, la verdad es que establecer vínculo superficial con los concurrentes es una especie de juego social. Si los tarados detrás de Foursquare descubren este submundo, les aseguro que desarrollarán pronto un producto ad hoc: “Fulano le ha dado su tarjeta de presentación por quinta vez a Mengano, y ahora ha ganado la insignia de EsoNoSirveParaUnaMadre”.
La Evisceración A Posteriori. Podrías pensar que el homo eventus, una vez saciada su hambre a base de sangüichitos de cortesía y llenas sus arcas de regalitos corporativos, mostraría un poco de agradecimiento hacia quienes le invitaron al convite. Esto nunca ha sucedido ni sucederá jamás. El Hombre Evento se queja de que el valet parking tardó años en traer el auto. La Mujer Evento dice que las edecanes tenían las rodillas chuecas y parecían golfillas de barriada. Y ambos dicen que ni muertos se volverán a aparecer en un evento de [INSERTE EL NOMBRE DE SU EMPRESA/MARCA AQUÍ], pues los gatos que tienen por organizadores no podrían armar un pleito ni dándoles a Niurka como material de base, así de ineptos son. Pero claro, estos juramentos se esfuman al recibir la próxima invitación, así que no pasa nada.
En fin, esa es mi percepción somera, malinformada, visceral y posiblemente atinada de una criatura más en la variopinta fauna profesional. Ahora los dejo, pues me voy al lanzamiento de algún gadget idiota. O de algún libro que jamás leeré. O a la apertura de un hotel boutique cuyo hospedaje no puedo permitirme ni heredando un Picasso. Pero es gratis. Y seguro hay sangüichitos. Allá los veo…
Vi Donnie Darko por primera vez por allá del 2007. Por aquellos días, en los que la depresión estaba más presente que nunca, solía desvelarme un día sí y otro también, escribiendo. Por lo general empezaba onda 10 u 11 de la noche y terminaba por allá de las 4 0 5 de la mañana. Después prendía la tele y me echaba en la cama, para dormir, si tenía suerte, un par de horas. Y después me levantaba a clase a las 7 de la mañana. Fue cuando comprobé que era cierto lo que dice el Narrador en Fight Club, sobre como todo el mundo parece irreal cuando no puedes dormir.
En aquellos días (y vaya que eran raros) veía muchas películas, no solo en el cine y en la añorada Cineteca, sino en casa. Y en una de esas me encontré con Dooooooonie Darko. La vi un día que estaba cagado de sueño, por lo que me dormí como a la mitad y al día siguiente pensé que la había soñado. Claro que era una pesadilla demasiado hermosa para ser mía, pero de todas formas me parecía irreal. Pocos días después me la volví a encontrar de nuevo y esta vez si la vi completa. Que les digo, me pareció brillante. Y muy recomendable para la depresión. Cuando la rastreé por la red y comprendí que era una mierdilla de culto para mucha gente, me cayó el veinte y, predeciblemente, me hice fan de inmediato. Después me compré el Director´s Cut (muy recomendable) y a la fecha disfruto cabronamente verla con audífonos puestos mientras el Conejito Frank le da consejos a Donnie con su voz cavernosa.
No puedo atinar a decir por qué me encanta Donnie Darko. ¿Por la música ochentera, que me recuerda mi infancia? ¿Por Maggie Gyllenhall y su cínica pose adolescoiteante (como le diría Philip Jose Farmer traducido al gallego)? ¿Por la atmósfera enrarecida, desquiciante la primera vez que se ve? Donnie Darko cumple con todos los ingredientes necesarios para ser un filme de culto: relativamente poco visto, cienciaficcionero, alienado, con imágenes inolvidables. El gran personaje, evidentemente, es Frank; es memorable y te confunde (la primera vez que la ves) sobre si lo que estás presenciando es una cosa de terror o un drama de demencia. Donnie Darko, con el gran Jake Gyllenhall, sin embargo, es la bomba. Ese cabrón es mucho mejor actor de lo que parece. No la ha armado a la Pacino o a la Redford –tomando papeles machou-man memorables–, pero ha sabido meterse en el circuito de personajes complicados de la década. En la cinta, sus padres están tan espontáneos que son unas riatas; lo mismo va para su psicoanalista. Y kudos extra a Patrick Swayze, cuya carrera iba tan mal que empezó a tomar cualquier papel pitero como el de una película intrascendente realizada por un tal Richard Kelly-por-quien-nadie-daba-un-pepino. En el fondo, yo creo que Donnie Darko es relevante porque le dio a la década pasada una auténtica película de culto cienciaficcionera, el tipo de cosa rara que hace que tres cabrones se pongan a discutir sobre la naturaleza del fin del mundo y las verdaderas motivaciones de la causalidad para que una turbina caiga del cielo, o qué diablos quiere decir una nube en forma de torbellino. Y también fue una película importante para la era de los nerds masturbatorios de los foros de Internet, claro.
Esta noche definitivamente voy a soñar con esta película. Felices pesadillas.
Como todo mundo sabía (pero a la vez, todo fan de los Colts prefería no creer), ayer se dio el adiós de Peyton Manning, quarterback oriundo de Nueva Orleans, quién durante los últimos 14 años se encargó de dirigir los ataques del equipo de Indianápolis. Manning, próximo a cumplir 36 años, se ha convertido en el agente libre más codiciado de los últimos años, después de que la gerencia general de su antiguo equipo prefirió no arriesgarse a otra temporada desastrosa y optar por la reconstrucción completa. Así se ha acabo una historia que durante el último año pareció estar llena de drama y hasta de vestigios de ingratitud. Una despedida largamente anunciada, que por un momento nos ha hecho recordar la salida por la puerta de atrás de figuras legendarias como Joe Montana o Brett Favre, quienes a pesar de marcar una época dentro de sus equipos, se han visto en la penosa necesidad de retirarse con otros colores, a veces de manera por demás lastimera.
Claro, Peyton Manning no es Joe Montana. Ni mucho menos. La verdad es que Manning representa todo lo que es un atleta en los tiempos actuales: alguien con soberbias capacidades físicas, pero sin un gramo de carisma en el cuerpo. Si, el Síndrome de Roger Federer. Los que hemos visto jugar a Peyton en sus mejores años no podemos negar la potencia y precisión de sus lanzamientos, así como su capacidad de liderazgo, que aunque tardo en desarrollarse, es innegable. Pero a la vez el tipo tiene una personalidad sumamente parca, durante mucho tiempo solamente era un regañón recalcitrante más que un líder y cuando las cosas no salían, era el primero en perder la calma. Los fans de los Colts seguro le agradecen el haber sacado al equipo de la mediocridad y convertirlo en un contendiente eterno, siempre en lo más alto de su División y siempre peleando playoffs o finales de Conferencia. Pero a la vez seguro que la gran mayoría de ellos, de manera interna, lo ven como alguien que durante toda su carrera sufrió de “la maldición de la post temporada”. Nunca importaron su récord de yardas por aire en temporada regular, sus múltiples premiaciones como MVP de la Liga, sus campañas cuasi perfectas y sus triunfos aplastantes, o mucho menos los comentarios de expertos y villamelones que antes de comenzar unos playoffs siempre daban como favoritos a los Potros que él comandaba; casi siempre no había nada más que decepción a la hora buena. Manning solo ganó un Super Bowl en los 14 años que jugó en Indianápolis, lo cual para alguien con su talento y considerando la clase de jugadores que lo acompañaban, es muy poco si me preguntan.
Peyton Manning es el Dan Marino actual, si consideramos la historia de Tom Brady como la del Joe Montana actual. Peyton y Tom nos regalaron partidos increíbles durante la década pasada, y en ellos casi siempre salió avante el QB de Nueva Inglaterra, lo cual es bueno pero nunca fue fácil. Creo que mucho del mérito que han tenido los triunfos en Super Bowl de los Pats es que para conseguirlos tuvieron que dejar tendidos en el pasto a un equipazo como los Colts. Si, Indianápolis es el gran perdedor de la década pasada, quizá mereciendo más títulos, pero al final quedándose eclipsado por el triunfo de los rivales. Ayer, cuando veía la conferencia de prensa y a Peyton diciendo adiós con lágrimas en los ojos, no pude dejar de pensar en el tipo con el jersey 18 de los Potros que dejó el Gillette Stadium derrotado, madreado y humillado por los Patriotas, quienes le ganaron la Final de Conferencia de la campaña del 2003 con un marcado de 24-14. En dicha temporada, Peyton había sido nombrado por primera vez en su carrera como MVP de la Liga y su equipo era el favorito de propios y extraños para llegar al Juego Grande, después de hacer pomada en los playoffs a Denver y a Kansas City; pero en la mentada final, la defensiva de los Pats lo maltrató de fea forma, interceptándolo 4 veces y capturándolo otras tantas. Esa fue la primera gran humillación de Manning. Y lo peor del caso es que no fue la última.
Sí, siempre eran los Patriotas los que se interponían en su camino hacia el título. Y si no eran ellos, eran los Acereros del muchachote Roethlisberger los que los dejaban en el camino. Y en los últimos años, su coco era nada menos que los Jets del “mexicanísimo” Mark Sanches. Chale. El punto era que Manning parecía ser el perdedor eterno por excelencia, cuyo único consuelo parecía ser el hecho de que jugaba mejor que Philip Rivers. Sin embargo, su hora llegó en la temporada del 2006, cuando de nueva cuenta se enfrentaban en una Final de Conferencia con los Patriotas, solo que esta vez la jugaron en casa y esta vez el buen Manning decidió jugar un playoff como si fuera un partido de temporada regular: con huevos. Al final se le hizo a Peyton dejar en el camino a Tom, con un juegazo en el que lo que más recuerdo era su forma de rezarle a la Virgen de Guadalupe para que las cosas le salieran mal a Brady en la última serie del partido Y así fue (ignoro si ya cumplió su manda de peregrinarla Villa de rodillas) y Peyton llegó a un Super Bowl por fin y, ¿qué creen?, hasta lo ganó. A los Osos de Chicago, en uno de los Súper Tazones más chafas de los últimos años. Pero al menos ganó su anillo.
Y… eso fue todo. Después, claro, vinieron más triunfos en campaña regular, más designaciones como MVP, más viajes al playoff y sí, más decepciones. Los Colts solamente pudieron llegar a otro Super Bowl, pero ahí se toparon de frente con los Santos de Drew Brees y se quedaron otra vez con las ganas. Poco a poco el equipo de Indianapolis se fue haciendo cada vez más viejo y más dependiente de la calidad de Peyton, la cual poco a poco se fue diluyendo, como es normal. Ya lucía lejano el año de 1998 (¡hey, el mismo del Mundial!) en el que habías llegado al equipo en una primera selección de draft. Y las lecciones poco a poco comenzaron a cobrarte factura, al grado que en la campaña anterior ni siquiera apareciste y tus Colts solo pudieron ganar 2 miserables juegos y se convirtieron en el hazmerreir de la Liga. Y ahora: bye bye Peyton. Ya no hay lugar para ti, sobre todo por el presupuesto y eso. La sangre nueva (más barata y llena de ilusiones) viene en camino, en la persona de un lepe próximo a cumplir 23 años que se hace llamar Adrew Luck y que tendrá, primero que nada, ganarse la confianza de una afición que te tiene muy presente. Porque es tu afición, Peyton. Todavía lo es. Digo, hasta el número 18 va a ser retirado. Es como un buen homenaje o algo.
Indianápolis es un lugar frio, como nos pudimos dar cuenta por los pornoreportajes de Inés Sainz previos al pasado Super Bowl (snif). Y la afición de Indianápolis no está muy acostumbrada a los grandes logros de sus equipos deportivos. De hecho, es una ciudad sin equipo de la MLB (beisbol, pues) y cuyos Pacers hace mucho que no dan una en la NBA. Solo tienen su automovilismo (sí, las 500 millas de Indianápolis se realizan en Indianápolis). Ah, y a sus Colts. Y hasta ahora, la gran figura de sus Colts es Peyton Manning, aquél que vino a cambiarlo todo, para bien. Solo basta recordar que la gran leyenda de los Potros, el Inmortal Johnny Unitas, jugaba en el equipo cuando todavía eran de Baltimore. Por eso alguien incluso tan parco como Peyton fue capaz de ganarse el corazón de sus fanáticos, quienes no querían dejarlo ir. Pero al final la decisión se tomó en una sombría oficina impecablemente decorada. Cerrojazo final a la época de Manning, el eterno perdedor que por otro lado le hizo saber a la gente de Indianápolis que sí se puede y los acostumbro a ganar. Y ahora la afición va a exigir ganar. Espero que el tal Andrew Luck venga con el apellido a todo lo que da, porque va a necesitar toda la suerte del mundo para regresar a los Colts a los primeros planos.
Mientras tanto, el buen Peyton prepara las maletas y tiene su vista puesta en pastos más verdes. No esta tan viejo como se ve (al menos para un QB) y en una de esas todavía puede dar unas dos buenas campañas como mariscal de campo. Chance y hasta tres. La cuestión ahora es, ¿dónde? Los rumores apuntan a Washington y a Miami, equipos que parecen tener lo necesario para cobijar a un QB experimentado, el cual parece ser el único ingrediente faltante para ser competitivos. Hay muchos que lo pinta de Cardenal de Arizona, incluso hasta de Vikingo de Minnesota. Y por ahí me corrieron el rumor de que hasta los Burros Blanco de Politécnico levantaron la mano para traerlo a México, donde seria cobijado por las purristas de guinda y blanco y el mambo del maese Pérez Prado. Pero creo que los más necesitados de un QB de las características de Peyton son los Jets y los Cowboys, equipos que lo tienen todo (y lo han demostrado) excepto un Mariscal capaz de dar el siguiente paso. Claro que para llegar ahí, tendría que sentar en la banca a 2 cabroncitos de dizque sangre mexicana y no muchas ganas de ser eclipsados, pero eso es lo de menos. Digo, si los Niners corrieron a Montana, los Packers corrieron a Favre y hasta los Colts corrieron a Manning, ¿qué le impide a los Cowboys correr a Romo? Más bien, ¿por qué no correr a Romo?
Como sea, es claro que este no es el final de la carrera de Peyton Manning, por lo que este no es, ya saben, “el adiós a un grande”. Vamos a ver a Peyton en la próxima campaña y en una de esas va a ser como una de sus buenas campañas. Y en una de esas y hasta se deja de mamadas en postemporada y vuelve a ganar un Super Bowl. Y es que quizá la máxima humillación de Peyton está por llegar. Será el próximo Día de Acción de Gracias, en la casa de la señora Manning, cuando la atención recaiga en Eli, el hermano menor, quién de niño heredaba los apestosos tenis de Peyton y los pantalones rotos de Peyton y las sudaderas viejas de Peyton, pero que ahora (¡oh, ironías de la vida!) tiene más de anillos de campeón que Peyton. El doble, para ser exactos. Y eso tiene que doler.
Es hora de acallar las voces, mi buen Manning. Te esperamos en Foxboro en enero, por si se te antoja una paliza más.
La canción, por cierto, no tiene nada que ver. Es solo que la escuché esta mañana y no la puedo sacar de mi cabeza.
¿Es posible ver The Artist olvidando que es una película muda y en blanco y negro, y simplemente centrarnos en ella como cualquier otra, ejem, película? En mi opinión, no. Y por lo que he visto y leído sobre la cinta, me parece que esto es precisamente en lo que más se centra la audiencia. Muchos no se imaginan viendo tal cosa. En una proyección de preestreno para la prensa, un colega literalmente se paró y se salió del cine emputado, diciendo que a él no le gustaban esas mamada. Es como cuando alguien te pregunta sobre una película de Tarkovskiy o de Bergman y respondes que, en tu opinión, es una obra maestra. Seguramente entonces la persona que te preguntó no verá la película, simplemente porque no suena a nada que pudiera gustarle. Por mi parte, yo nunca fui un gran fanático del cine mudo, aunque si vi bastante en mi tiempo. La última cinta muda que vi antes de El Artista fue La Pasión de Juana de Arco, dirigida por Dreyer y una película a la que si le queda perfecta el prostituido adjetivo de “obra maestra”. Pero eso ya fue hace un tiempo.
Sin embargo, The Artist es una de las películas más entretenidas que he visto en mucho tiempo. Una película que encanta por su historia, sus actuaciones y la forma astuta de jugar con su silencio y con el blanco y negro. La cinta respeta la pre concepción con la que la mayor parte de la audiencia va a verla y también sabe que hay niños que la están viendo: no es para nada aburrida, ni tediosa. Además, no es completamente una película en silencio, por supuesto; al igual que todas las películas mudas viejas está acompañada de música incidental. Ya saben: ¿como aquellas pocas escenas de Misión: Imposible 4 en las que nadie habla y solo suena la partitura? Ustedes entienden.
La película, inspirada sin duda en Singin´in the Rain, cuenta la historia de George Valentin (genialmente interpretado por Jean Dujardin, ganado en Cannes y en los Oscar del premio al Mejor Actor), una estrella del cine mudo que, de golpe y porrazo, queda a la deriva por la incursión del sonido en las películas. Valentin, como tantas otras estrellas mudas reales, era más un mimo con una capacidad asombrosa para contar historias con su rostro y sus ojos, que un actor teatral. Y en el nuevo mundo del cine, la gente ya no quiere ver mimos, sino quiere oír diálogos. Valentin, pues, es dejado de lado cuando las imágenes comienzan a hablar y termina recluido en su apartamento, solamente con su fiel perro Uggi como compañía. Y este era un hombre que lo tenía todo.
La médula del film son sin duda las actuaciones, sobretodo la del protagonista. Dujardin, quién parece una mezcla entre Genne Kelly (estrella de la ya mencionada Cantando Bajo la Lluvia) y Sean Connery, tinene tal dominio para el lenguaje corporal que bien puede transmitir humor que drama, que bien pudo haber sido una estrella del cine mudo. Bueh, si nos ponemos locos, el tipo es una gran estrella del cine mudo. Solo basta recordar que The Artist ya es oficialmente la película muda más taquillera de la historia. Después de 97 años, pudo destronar a The Birth of a Nation, de D.W. Griffith.
The Artist es una hermosa fabula de la obsolescencia. ¿Qué pasa con todos aquellos que ya no tienecabida en el nuevo orden? Claro que no es un tema muy nuevo. El genial Billy Wilder hizo una de sus mejores películas con este tema de fondo. Sunset Boulevard es una cinta trágica que cuenta la historia de una ex diva del cine mudo que quedó en el olvido cuando llegó la revolución de las imágenes con voz. Norma Desmond (la antigua estrella interpretada de manera estupenda por Gloria Swanson; quién por cierto no ganó un Oscar con dicho papel) vivía entonces recluida en su alguna vez majestuosa mansión sin más compañía que un servicial mayordomo y un mono que pronto murió, pero seguía siendo orgullosa, sobre todo cuando recordaba su época de gloria, en aquellos tiempos (y vaya que fueron buenos) cuando “no necesitábamos el diálogo, teníamos la cara”. George Valentin no vive una historia tan trágica como la de Norma Desmond, pero es evidente que la está pasando del nabo. A través de anécdotas, vemos su lucha por tratar de encajar en un mundo en el que, al parecer, ya no tiene cabida. Hasta a su eterna enamorada, la encantadora groupie convertida en estrella Peppy Miller (Bérénice Bejo), le va mejor en el nuevo mundo.
Michel Hazanavicious ha hecho una auténtica joya del cine, usando solamente recursos básicos, una gama de actuaciones portentosas (por ahí podemos ver haciendo un gran trabajo a John Goodman, Penelope Ann Miller y James Cromwell, entre otros) y una técnica de filmar que parecería una locura en nuestros tiempos de CGI y cintas en 3-D. Creo que, en ese sentido, son sus productores los que merecen un aplauso aún más sonoro, porque se arriesgaron a financiar un proyecto que sonaba más a capricho inocente destinado al fracaso que a una cinta medianamente redituable. La historia encantadora ha hecho llorar a más de uno en las salas y para el amante del cine es sin duda una experiencia sumamente enternecedora ver una cinta de esta manufactura (seguro de ahí vienen la mayoría de sus premios, aunque no es algo que le reste valor). No es nostalgia, o al menos no una nostalgia puramente personal, sino más bien un buen recuerdo de la inocencia infantil (presente en el inconsciente colectivo) con la que nos tragábamos las historias que nos contaban de niños o que veíamos en la tele. No es que las cintas mudas y en blanco y negro sean 100% mejores que las de ahora, es solo que eran más sencillas, menos contaminadas y, hasta cierto punto, más contundentes en su momento. Como las historias de nuestra niñez. Hazanavicious tiene razón: su película es genuinamente “una carta de amor al cine”.
He visto The Artist tres veces y en cada una de ellas la audiencia se ha dedicado a aplaudirle al final. Nunca había visto algo así. Y aún ahora tengo la teoría de que tal acción es, en parte, por la sorpresa que a ellos mismos les causa que una película muda y en blanco y negro les guste tanto. Y sí, es algo raro. Pero no podemos negar que también es encantador.
Últimamente escucho mucho la expresión “el tejido social”, que sospecho fue la sesuda creación de algún académico hace algún tiempo y ahora hasta Adela Micha la dice en su programa. O algo. Escuchar al presidente Calderón tomar el micrófono y decir algo sobre la importancia de que nuestros jóvenes tengan trabajos honestos y cómo ello resta las posibilidades de que el crimen organizado los reclute. Para esto, claro, se necesita generar empleo. Y transporte público para que la gente llegue a sus trabajos. Y vías de comunicación para ese transporte público. Y que esos empleos ayuden a una sensación general de bienestar y de realización personal, de aporte al colectivo humano que forma este país, a crecer económicamente, culturalmente, a ayudarnos y cuidar nuestro entorno, a procurar maneras justas y sanas de relacionarnos entre todas las pequeñas hebras que formamos este mentado tejido social. Claro. Los pobres siguen siendo pobres, esto no es ninguna novedad. Y muy probablemente no tendrán las oportunidades que merecen. El gap crece. El rezago educativo. También el rencor. La envidia social. Porque de un lado el tejido social es de mecate, y del otro es algodón egipcio. El estereotipo consiste en decir que la gente bien, esa expresión de personas tan reales que incrustó en nuestra lengua Guadalupe Loaeza en los ochenta, no baja de “nacos” o “indios” a los miembros de las clases más bajas, y estos se desquitan con albures, apodos y mentadas de madre. O discriminando a los güeritos en el transporte público o en los salones de clase, solo por el hecho de ser… güeritos. Las clases sociales en México son un acertijo: nadie sabe en dónde insertarse, y si sí lo sabes, probablemente te dé pena hacerlo y te pongas un par de escalones arriba. Yo tengo una amiga proveniente de una familia adinerada que, como lo suyo era el estudio, se las ingenió para estudiar dos carreras diferentes, una en la UNAM y otra en la Ibero. Cuando agoté las preguntas sobre sus intenciones de asistir a dos instituciones tan diferentes, y confundido por su extraña mezcla liberal pero conservadora, discriminadora pero equitativa, inevitablemente aterricé en la pregunta: “Bueno, ¿y tú de qué clase social eres?” Me respondió, muy fresca: “Yo soy clase alta sui generis“. Ay goei, pensé. “¿Y tú?”, contraatacó. “Yo soy clase media sui generis“, fue mi respuesta. 50% ingeniosa. O eso me pareció en aquel momento. Denme un 10% extra por responder en chinga. Todo esto que he dicho, insisto, no es nuevo. Es el día a día de la lucha de clases. Como diría el célebre filósofo de Güémez, “en todos los gallineros del mundo, las gallinas de arriba cagan a las de abajo”. Lo cual suena jodido, pero también podemos verlo con otros ojos: en el salón imperial, la gente nais cena con el capitán, pero en el sótano del Titanic la raza se la está pasando a todo dar. Nuestra percepción del lugar que tenemos en el tejido social depende de las circunstancias y qué tan en paz estemos con el mundo. Lo que no entiendo es en qué momento los “ricos” se enojaron tanto con los “pobres”. Lo digo porque a cada rato aparecen videos de gente rica abusando de gente pobre. YouTube, en donde todos somos iguales, ha resultado ser el rincón sentimental del último episodio en la telenovela del deshebrado tejido social en el que se ha convertido México. Las ladies de Polanco. El gentleman de las Lomas. La lady de Bosques. Tres videos de gente que abusa verbalmente del prójimo –el más notable el de Miguel Sacal Smeke, quien también abusó físicamente y por ello acabó (hasta donde sé) recogiendo jabones en las regaderas del reclusorio–. Cada vez que un video de estos aprieta EL BOTÓN DEL JUICIO FINAL, las redes sociales se encienden, los diarios hacen notas sobre las reacciones en las redes sociales (es sarcasmo) y brota la indignación. “¿Qué está pasando en nuestro México?”, leí el otro día en Twitter. Nuestro México, omfg, ¿quién habla así? Cuando la máquina de clichés que son los trending topics de Twitter se echa a andar, no hay quien la detenga. Se exige justicia. Se llama a la reflexión. Y el otro 99% de los tuits son chistes como defecados por esa gloria de la comedia nacional, Polo Polo. No digo que no sea efectivo (en el año 2012, un video tomado con un celular que se viraliza en YouTube debe tener más éxito que una denuncia en el Ministerio Público), pero cuando entra en contacto con la turba de internet, ay goei. Muchos de los indignados por los atropellos de las ladies de Polanco son los mismos que reciclaron ad nauseam chistes racistas sobre Kalimba, o cuestionaron severamente el intelecto de Ninel Conde y Enrique Peña Nieto retuiteando la misma broma de anuncio falso de Gandhi que se apestó en internet a los 5 minutos. Pfff. Los mismos que crucificaron al payaso cuando durante años le celebraron sus chistes. Un video de indignación en YouTube se viraliza mejor cuando la gente bien abusa de los descamisados. Tomen el caso de @nancypastelin, quien denunció el acoso sexual del velador de un edificio de la Col. Nápoles. Aunque sonado, no tuvo el mismo impacto de otros videos de indignación. Al parecer, el rating no se compara con ver a una riquilla con bolsa de Vuitton mentando madres como si no hubiera mañana. La Loaeza lo sabía: la gente bien es superdivertida, dan de qué hablar, acaparan encabezados. Es más: hasta parecen evolucionar en nuestra taxonomía social a mayor velocidad que otros segmentos sociodemográficos. El “rey del barrio” no ha sufrido modificaciones desde que el beato Tin-Tan estableciera los estereotipos del personaje en su película de 1950. Tiene muchas representaciones (como Pepe el Toro y Juan Camaney), pero esencialmente es el mismo. Los periplos de la clase baja, aquella que fotografiara Oscar Lewis en Los hijos de Sánchez yGabriel Vargas en su cómic La familia Burrón, siguen siendo los mismos. Vean un episodio de Los Beverly de Peralvillo y se sorprenderán de cómo el drama del pueblo es idéntico hoy que hace cincuenta, sesenta, setenta años. Los bon vivant mexicanos de las clases acomodadas, en cambio, escalaron del ideal del playboy sesentero a la Mauricio Garcés y “la niña popof” del mambo de Pérez Prado, al engolado léxico del Pirrurris de Luis de Alba, pasando por aquel estafador de nombre Ugo Conti en la novela Casi el paraíso de Luis Spota, las modernísimas tramas de las “yeguas finas del Pedregal” de Guadalupe Loaeza y, más recientemente, la pseudonihilista “chica V.I.P.” de Paula Sánchez en la parodia de Telehit y los acartonados mirrreyes que pueblan las revistas de socialités, especie que parece provenir de una infernal mezcla entre Luis Miguel (apodado “Luismirrey” por los comentaristas de cotilleo nacionales) y Roberto Palazuelos, a.k.a. “Payazuelos”, a.k.a. “el Diamante Negro”. Oh sí: la fauna de la high es mucho más diversa y entretenida. Lo que sucede con los indignados en las redes sociales cada vez que un nuevo video se viraliza proviene de la evidente falta de balance en nuestra sociedad. Demasiadas telenovelas, pocos libros. Demasiado futbol, pocas medallas olímpicas. La comedia mexicana está congelada en el tiempo, el reciclaje de chistes de borrachitos, “estaban un mexicano y un ruso y un gringo” y combos de homosexuales, negros y judíos, solo manifiestan que nuestro tejido social no se mueve, no avanza espontáneamente, no está fresco y lubricado. No digo que el país no esté vivo, pero parece que nuestras expresiones no están vivas. Debe haber historias en todos lados, historias nuevas, vívidas, sugerentes. Expresiones culturales genuinas y naturales de cómo somos. De cómo somos. Y no están transmitiéndose por el canal 2. Se los garantizo. ¿Ahora resulta que los LOLs vienen de las clases pudientes? Ay goei. Los videos de indignación en YouTube son una forma de expresión. Lo sé. Solo es mi deseo que las cosas fueran más diversas. Que se jubilaran ya los mismos malditos albures de toda la vida. Que la clase campesina y obrera tuvieran algo más que decir que la indignación de Pasta de Conchos o Acteal. Que los indígenas tuvieran algo más que decir que la indignación por el declive de los rarámuris. Que los políticos fueran más divertidos y sofisticados que lo que demuestran, tapizando nuestras ciudades con propaganda hecha de plástico… Claro que quizá eso último sea mucho pedir, papawh. Esta es la canción del día
Cumplir años "de verdad" cada 4 años debe ser genial, sobre todo para aquellas personas que gustan mentir sobre su edad. Lo que todavía no me queda claro es en qué día festejan su cumpleaños en los años normales esas personas. Ya saben, ¿gustan de adelantarlo o celebrarlo atrasado? ¿O se van por todo y lo festejan 2 días? Supongo que esto último es lo que iría mejor. Yo una vez conocía una chica que había nacido un 29 de febrero; sin embargo, durante el poco tiempo que nos conocimos jamás le pregunté qué era lo que hacía con su cumpleaños durante los años normales. Eso no me dejó dormir anoche. Bueh, eso y los sonidos provenientes del depto de arriba. Como les digo, ya se siente la primavera.
Para las demás personas, hoy es un día que supongo debe ser especial. Es un día extra, un día no oficialmente feriado, pero que invita a hacer algo especial, salirse del patrón normal y romperla con un gusto personal o con lo que sea, con tal de que no esté planificado. Todos tenemos ganas de hacer algo, pero casi nunca lo hacemos por nuestros horarios o wathever; pero hoy no hay pretexto. Suéltense el pelo, total. Recuerden el episodio de Frasier sobre los días bisiestos y take a leap. Hasta donde recuerdo, a todos les fue bien con tal consejo. O eso creo. Los dejo con La Musica Notturna. Hoy es un buen día para ver Master and Commander en la noche, si aún no lo han hecho.
Era como un episodio de La Dimensión Desconocida: el premio Oscar a la mejor película del 2011 fue para The Artist, la película muda en blanco y negro que parecía por demás humilde frente a las grandes producciones contra las que competía, pero que terminó ganando porque… bueh, porque es una película condenadamente divertida e impecable (próximamente mi reseña). Su victoria parece ser la vuelta de Hollywood a homenajear su esencia, por lo cual también fue una noche de humillación para Martin Scorsese. Una más.
The Artist y Hugo fueron las grandes triunfadoras de la noche, pero El Artista ganó en las categorías principales de Mejor Película, Mejor Director (Michel Hazanavicius) y Mejor Actor. La Invención de Hugo Cabret, por su parte, arrasó en categorías técnicas –lo cual parece normal si consideramos que una de las más grandes fortalezas de la película es su tecnología en 3-D. Ambas películas evocan el pasado de Hollywood, la temática durante toda la noche de la premiación: la celebración por lo retro.
La mayor sorpresa de la noche la dio Meryl Streep al ganar su tercer Oscar por su impecable actuación como La Dama de Hierro (léase por favor con voz del Perro Bermúdez). Ella misma dijo que había escuchado a la mitad de Norteamérica diciendo: “¿¡Otra vez!?” Fue un premio merecido, claro, pero creo que la favorita de propios y extraños era Viola Davis por La Chacha (así le puso Artecinema, ¿no?). El franchute Jean Dujardin, ganador como mejor actor por The Artist, solo pudo decirle a los gringos: ¡”Me encanta su país!” Bien original el muchachote, ya ven. Como sea, agradeció la inspiración de la gran estrella del cine mudo Douglas Fairbanks, quién a la postre fue el host en la primera entrega de los Oscar.
Después de la caída de los últimos tiempos del rating de la ceremonia, en parte por host no muy afortunados, esta vez tuvimos una ceremonia bastante entretenida, una mejora sin reservas. Todo el espectáculo trataba de remontarnos a la época dorada de Hollywood, en un teatro vestido para parecer lo más cercano a un palacio del cine tradicional. El espectáculo en general tuvo un ritmo rápido (aunque la duración fue la tradicional), enriquecido por fragmentos de películas clásicas y adornado de más por capsulas en las que algunos actores hablaban de cómo el cine los había inspirado (lo cual no fue taaan inspirador. Para citar al maese Crystal: yo nunca he sentido eso viendo películas. Snif).
La presión estaba sobre el host de este año, Billy Crystal, quién le entro como bateador emergente, luego de la baja de Eddie Murphy. Y, como siempre, el tipo hizo un trabajo estupendo. Fue una conducción muy cagada, con un humor inteligente y con una improvisación envidiable. Al principio se aventó la puntada de improvisar un mini musical para cada una de las películas nominadas en la categoría grande (un pequeño gran giño que no decía por donde iban a estar los tiros). Después del letargo casi permanente en el que nos sumieron Anne Hathaway y James Franco el año pasado, el trabajo de Crystal fue como un balazo en la rodilla. Fue lo que es, el segundo mejor maestro de ceremonias de los Oscar (solo por detrás del legendario e insuperable Bob Hope), incluso llegando a superarse a sí mismo, año con año.
De vuelta a la premiación, el momento más emotivo de la noche fue el triunfo de Octavia Spencer como Mejor Actriz de Reparto por su personaje de La Chacha (¡qué así le pusieron!). Fue, sin duda, la mejor ovación de la noche. Y, claro, la señora Spencer dio un speach enternecedor, cortado solamente por su llanto incontrolable. Se ve que sí se emocionó. Por otro lado, el premio más pronosticado de la noche fue el Oscar como Mejor Actor de Reparto que se llevó en buen Christopher Plummer (nuestro Tolstoi favorito) por su trabajo en Beginners. Con sus 82 años cumplidos, se convirtió en el más estarrio ganador de la estatuilla, a la que le dijo en su discurso: “eres solo dos años mayor que yo, ¿dónde has e4stado toda mi vida?” Bueh, supongo que algunas cosas es mejor nunca saberlas. Como sea, el señor fue honrado con una ovación de pie, lo cual no es de extrañar; en la alfombra roja había bromeado con un reportero acerca de que si no recibía un aplauso de pie, lo exigiría. Es mejor así, supongo.
La querida Rango se llevó el Oscar por Mejor Película Animada; premio muy merecido para una gran cinta western dirigida por el responsable de la tres primeras entregas de Piratas del Caribe. El mejor documenta fue para Udefeated, la inspiradora historia de Bill Courtney, coach del equipo de americano de North Memphis, Tennessee. El tipo no es remunerado, solamente es un voluntario, quién no solamente se encarga de las cuestiones propias del deporte, sino que se preocupa por las vidas de sus alumnos fuera del emparrillado. Como se darán cuenta, no la he visto, pero le traigo ganas, eso que ni qué.
Woody El Maestro Allen ganó el Oscar por Mejor Guión Original gracias a su scrip de Midnight in Paris, su fantasía entretenida sobre un escritor mágicamente transportado al París de Hemingway, Fitzgerald y Dalí; que a la vez en su película más taquillera ever. El maese Allen ha sido nominado en 23 ocasiones al Oscar (en diferentes categorías), pero nunca va a la ceremonia. Esta vez no fue la excepción. Seguramente estaba tocando el clarinete en algún bar neoyorquino o viendo un partido (repetido) de los Knicks en casa. El tipo es mi héroe. El Oscar para Mejor Guión Adaptado fue para el crú de The Desendants, con Alexander Payne a la cabeza. No he visto la película, pero supongo que es, ya saben, buena.
La Mejor Canción Original fue para Bret McKenzie y su Man of Muppet de, ejem, la película de Los Muppets! Como sea, no es una de las mejores canciones de la historia ni mucho menos, pero por lo menos era mejor que su única competencia, la canción principal de Rio. Si, Rio, la película animada del año pasado. Sí, yo tampoco la vi. Hablando de música, tuvimos un espectáculo bastante padre de Cirque Du Soleil (así se escribe, ¿no?) en el que le rendían homenaje (¡¡¡uno más!!!) a la escena de Cary Grant en North by Northwest, con la música de Danny Elfman de fondo.
Este año el miembro de la audiencia detonante de la mayoría de los chistes fue Martin Scorsese. Y sí, fue otra noche de decepción, aunque no para él (supongo), sino de sus fans que esperaban verlo triunfar ahora sí en una noche de Oscar. Y otra vez no se pudo, snif. En mi opinión, Hugo es una mejor película que The Artist, pero eso es lo que menos tiene que ver a la hora de los premios.
Y todo lo anterior solo dejaron un tema que discutir en todos los desayunos de negocios en la industria de Hollywood de este lunes: ¿cómo caraxos podemos hacer el remake hollywoodense de una película muda en donde todos hablan inglés y en donde todos los actores, excepto 2, son americanos?
Goodfellas es una película cabrona y no mamadas. Grandes diálogos, grandes actuaciones, una edición esquizoide, gran soundtrack (aunque, para la onda Scorsese, es mejor el de Casino), un guión derechito y hecho como Dios manda. Además, Scorsese en verdad no se tocó el corazón al glorificar y ponerle glamour al mundo de la mafia. A huevo, como Henry Hill (el personaje de Ray Liotta), todos salimos del cine con ganas de ser gángsters. A continuación, un gran diálogo entre Jimmy Conway (De Niro) y Tommy DeVito (Joe Pesci), luego de que el último le pega un tiro a un pobre diablo:
JIMMY CONWAY: What’s the fuckin’ matter with you? What – what is the fuckin’ matter with you? What are you, stupid or what? Tommy, Tommy, I’m kidding with you. What the fuck are you doin’? What are you, a fuckin’ sick maniac? TOMMY DEVITO: How am I meant to know you’re kidding? What you mean, you’re kidding? You breaking my fuckin’ balls? JIMMY CONWAY: I’m fuckin’ kidding with you! You fuckin’ shoot the guy? HENRY HILL: He’s dead. TOMMY DEVITO: Good shot. What do you want from me? Good shot. Fuckin’ rat anyway. Kid’s all rat. He’ll grow up to be a rat. JIMMY CONWAY: You stupid bastard, I can’t fuckin’ believe you. Now, you’re gonna dig the fuckin’ thing now. You’re gonna dig the hole. You’re gonna do it. I got no fuckin’ line. You’re gonna do it. TOMMY DEVITO: Who the fuck cares? I’ll dig the fuckin’ hole. I don’t give a fuck. What is it, the first hole I dug? Not the first time I dug a hole. I’ll fuckin’ dig a hole. Where are the shovels?
Lean el libro, si pueden. Se llama Wiseguy y lo escribió Nicholas Pileggi. Lo venden en Amazon.com. Al menos hagan la guarrada de leer pedazos con la función Search Inside. Vale la pena muy cabrón.
Goodfellas fue la primera vez que, de manera balcona, la Academia ignoró a Martin Scorsese (es el tipo de la foto, justamente durante la filmación de Goodfellas). Después, claro, le dieron un Oscar por The Departed, que, aunque merecido, apestó más a homenaje que a otra cosa. Este año, el maese Scorsese (salió verso sin esfuerzo) llega a la noche de los Oscar nuevamente multinominado gracias a una película impecable. Solo que, a diferencia de The Last Temptation of Christ o Taxi Driver, Hugo es para toda la familia. Una de esas cintas que históricamente han sido premiadas por Hollywood. Así que, quién sabe, quizá esta noche el neoyorquino sí arrase de verdad en la ceremonia. Lo cual sería por demás merecido. Solo por eso vale la pena ver los Oscars de este año. Por eso y por ver escotes hasta el ombligo. Ya se siente la primavera, mi lic.