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El calor del juego contra la frialdad de los números

Moneyball

Y sí, como muchos de ustedes saben (mejor que yo), la temporada 2012 de la MLB (beisbol, pues), comenzó desde la semana pasada. Lo más relevante hasta ahora es que tanto mis queridos Yankees como los Medias Rojas han comenzado de manera floja; yo me quedé en que habían ganado un juego cada uno, de los últimos 5 encuentros, pero quizá para este momento ambos ya hayan nivelado las aguas. Así es el beisbol: a veces se mueve demasiado rápido para ser un juego que no tiene tiempo límite.

Como sea, este post viene al caso porque el pasado fin de semana pude ver la única película sobre beisbol que ha sido nominada al Oscar como Mejor Película (junto con una cosa ochentera rara llamada Field of Dreams, de la que no me acuerdo mucho). Claro que estamos hablando de Moneyball, cinta que muchos de ustedes seguramente vieron en el cine, pero que por alguna u otra razón yo me perdí. Hasta, claro, el fin de semana pasado. Anyway,  Moenyball es una película “basada en hechos reales” que inicia con las imágenes de un juego de beis que yo vi en vivo, en aquél lejano y trágicamente celebre otoño del 2001, en el que los Yankees, después de haber perdido los dos primeros juegos de su serie de playoffs contra los A´s de Oakland, terminan ganado el juego definitivo en el Yankee Stadium. (Por cierto, esa fue la primera vez en la historia en la que un equipo, después de haber perdido los 2 primeros juegos como local de una serie de playoffs, se levanta y termina ganando; y en mucha parte los Yankees lo hicieron debido a la buena fortuna o habilidad o lo que sea que le permitió a Derek Jeter hacer en el Juego 3 la jugada más impresionante de la historia para un shorstop). Para terminar con el tema de dicha temporada, los Yankees ganaron la Serie de Campeonato y jugaron la Serie Mundial de aquél año, que a la postre resulto una de las más emocionantes de la historia (la mejor, en mi humilde opinión), en la que perdieron en título en el séptimo y definitivo (y cardiaco e inolvidable) juego en contra de los Diamondbacks de Arizona. Si tienen la oportunidad de conseguir los videos de esa serie, véanlos; no se arrepentirán.

Ya entrados en materia, tenemos que decir que Moneyball no se centra en dicha serie o si quiera en los Yankees. Para nada. Moneyball es la película del simpático y guapillo gerente general de los A´s, llamado Billy Beane (quién, por cierto, no se parece mucho que digamos a Brad Pitt). Y es que después de que la temporada del 2001 termina, Beane se enfrenta al pequeño problema que representa la pérdida de 3 de sus más importantes jugadores. Vaya, va a perder a las estrellas de su equipo y no tiene dinero para comprar jugadores que les lleguen siquiera a las rodillas de aquellos. Ante esta problemática, nuestro buen amigo está desesperado, tanto como para confiar en la loca idea de Peter Brand (Jonah Hill), un economista recién desempacado de Yale que piensa que la forma de ver el beisbol por aquellos que lo manejan está equivocada. Y lo ha estado por tanto tiempo como años tiene el juego manejándose de esa forma. Algo radical, lo sé, pero al menos Brand es lo suficientemente inteligente para callarse la boca y solamente comparte dosis necesarias de su conocimiento, las cuales le procuran un trabajo de medio pelo en la administración de los Indios de Cleveland. Hasta que Beane lo saca de ahí, claro.

Beane sabe que no puede competir en un mercado donde el dinero manda y el amor por la camiseta importa muy poco. Además, el tipo está un poco resentido con el sistema tradicional de selección de jugadores: cuando él era un recién graduado de la prepa, con beca completa en una universidad buena, un grupo de visores lo convencieron de firmar un jugoso contrato, no ir a la escuela y convertirse en beisbolista profesional. Lo que al final no resultó. Entonces, ya en su etapa de “puedo hacer lo que se hinchen los yarbles, ya que solo le rindo cuentas al dueño”, decide hacer caso a Brand y contratar jugadores probadamente productivos, pero que tienen mala fama o han sido dejados de lado por cuestiones diversas, desde sus problemas fuera del diamante hasta su forma extraña de lanzar. Además, entre los dos arman un plan de juego que rompe de manera brutal con lo que se considera la esencia de beisbol y que es conocido en el mundo del juego de pelota como “beisbol chiquito”. Beane y Brand  le prohíben a sus jugadores que toquen la pelota, aún si hay alguien detrás de home, nunca se debe tocar la pelota; eso es regalar un out. También les piden que aguanten lo más que puedan en el plato, que desgasten a los pitchers para que al final del juego solamente estén frente a lo peor del bullpen contrario; y sí, quizá dejen pasar alguno que otro strike, pero es más probable que terminen embazándose por acumulación de bolas malas. Y ese es el punto, jugar simple, jugar fácil, llegar a primera. Y una vez en primera no deben cometer la pendejada de ser sacados en segunda intentando robar; así que nada de robar bases, nunca. Y, por cierto, ¿aquello de poner a pitcher derecho contra bateador derecho y au contraire les suena? Bueh, pues olvídense de eso también; un pitcher bueno nunca debe sacarse por cuestiones tan pequeñas como el brazo con el que lanza. Quizá cosas como estas no les digan nada a ustedes, pero créanme, es un cambio de juego sumamente radical: Beane y Brand, guiándose por ecuaciones y proyecciones matemáticas dignas de cualquier jugador serio de fantasy baseball, prácticamente despojan a su equipo de los conocimientos que vienen acumulando desde que jugaban en las ligas infantiles. Sacuden su mundo. Y ya no digamos el mundo de los visores y cazatalentos, quienes no solo ven amenazada su manera de ver y hacer las cosas, sino sus chambas. Adivinamos que las cosas se van a poner feas. Y al principio así pasa.

El gran Philip Seymour Hoffman nos regala una interpretación mediana para el nivel que tiene del coach del equipo Art Howe, quién para nada está de acuerdo con las locas ideas del par Beane/Brand y que además está un tanto resentido por cuestiones que tiene que ver con su contrato y eso. Por tanto y considerando que él maneja la tarjeta de alineación y demás vesches, trata de manejar el extraño y nuevo equipo como si se tratara de una novena tradicional; con pésimos resultados como podría esperarse. Howe no lo hace de mala fe (o al menos no solo por eso), sino porque, al igual que todo mundo antes de la revolución de Beane y Brand, él solo conoce una forma de hacer las cosas y así lo hace. ¿Qué hace entonces Billy Beane? Bueh, pues si el entrenador no quiere meter a los jugadores que quiere, él despide a los que ocupan su misma posición para que solo quede el elegido. Y solo así, a regañadientes y terapeando a sus jugadores y poniéndoles un fridge lleno de refrescos gratis en el vestuario, logra tener a su equipo en el campo, implementando su plan de juego. ¿Qué pasa entonces? Pues nada más que los A´s superan la marca histórica de victorias consecutivas de todos los tiempos y se enrolan en una racha brutal de 20 victorias consecutivas; algo que hasta este momento (cuando son las 2:17 p.m. del jueves 12 de abril de 2012) nadie ha igualado siquiera. Y no se ve ni por donde, mano.

(Yo lo vi, por cierto. Ese partido y esa victoria histórica. No suelo ver mucho beisbol de temporada regular -y menos partidos de temporada regular de los A´s, a menos que no pueda dormir-, pero hasta yo me enteré, en aquél lejano 2002, de que Oakland, después de un inicio en el que daba pena ajena, empezó a ganar juegos a lo bestia. Y no, no se le achacaba a un francotirador en el Juego de Estrellas, sino al maquiavélico plan de juego de Beane y Brand. Fue una gran victoria, por cierto, después de ir ganando 11-0 y luego ser empatados y terminar todo con un homerun en extrainnings. Quizá nadie se imaginada que aquél momento iba a ser plasmado en una película del 2011, pero todos lo proyectábamos de alguna manera. El beisbol está lleno de momentos así. Y su historia es por demás basta. Lo cual lo hace grandioso.)

Sin embargo y pese a todo, los A´s vuelven a quedar fuera cuando estaban a las puertas de la Serie de Campeonato. Lo cual representa un duro golpe, pero quizá un poco amortiguado o algo. Beane es atacado por todos los frentes, llámese programas de radio y de televisión y llamadas coléricas de aficionados que le reprochan que nadie puede cambiar las cosas y que no se puede ganar con números. ¿Pero, es cierto? Pues si lo es, que alguien le avise a los Red Sox, quienes implementando el sistema de Beane y Brand ganaron la Serie Mundial del 2004. La ciencia rompió la “Maldición del Bambino” (¡A la BatiWikipedia, Batman!). ¿Ósea que Beane tenía razón? Bueh, no tanta; para muestra hay que ver a los flamantes Campeones de la Serie Mundial del 2011. Los Cardenales de Arizona son un equipo que se maneja de manera tradicional, tanto en el campo como en la administración. Y aún así ganaron.

Entonces, ¿cuál es el punto?

Pues es menos complicado que eso y a la vez no. Lo que Moneyball presenta es una nueva manera de ver y jugar el deporte con más tradición del mundo. Es la odisea de un pionero, de alguien que salió de la Matrix e intenta despertar a los demás, con la constante de que ellos no quieran ser despertados y le partan la madre por intentarlo. Exacto, lo mismo que la historia de la cueva que te contó tu maestro de filosofía de la prepa. Quizá hasta ahora no son tantos los ejemplos tan exitosos del modelo de Beane y Brand, pero de que los hay, los hay y no se pueden ignorar. Como tampoco se puede ignorar que la manera tradicional todavía te puede hacer ganar un título. Pero claro, en la manera tradicional siempre habrá errores, como de los que fue víctima el propio Beane. Y no podemos negar las fallas del sistema tradicional, su forma de dejar de lado a jugadores buenos por defectos casi ridículos o su manera de gastar que más parece un desperdicio.

Aunque claro, los números no nos lo dicen todo. Y es que cuando un bateador se para en el plato, las estadísticas de él, el pitcher y el equipo defensivo, todas se dejan de lado y puede pasar cualquier cosa (¡Gran frase!, pero es cierta). El ser impredecible es lo bello del beisbol y de cualquier otro deporte. Y sí, quizá siempre estemos a la caza de la perfección del cálculo y de la aplicación de las reglas, pero nunca se debe ser perfecto en ninguno de los dos aspectos, si se quiere conservar la diversión.

Al final Moneyball es una película muy disfrutable, con muy buen ritmo y con esos momentos que nos fascinan en el cine de deportes. Las actuaciones son muy buenas en general, aunque me parece que Pitt está un poco sobrevaluado. Al final Beane Y Brand quizá si se volaron la barda sin darse cuenta (gran momento, por cierto), pero para otros quizá el terminar de plano con el “beisbol chiquito” sea la muerte del juego de pelota en general. Y es que el “beisbol chiquito” a veces es lo más divertido de ver y lo que hace que el coach desquite su sueldo. Es tradición (y ya saben lo que opinan ciertas personas sobre la tradición).

En fin, ya inició otra temporada, otra oportunidad para que Billy Beane gane una Serie Mundial, lo cual luce tan lejano como que otro equipo le rompa su racha de 20 victorias consecutivas. Pero todo puede pasar. Ya saben lo que dicen: dont stop believing!

 

Y sí, lo tengo que decir: Let´s go, Yankees!   

La Biblia en gore

Rey_david

Soy fan de los antiguos jueces y reyes de Israel. Sus aventuras, guerras y actos de brutalidad me fascinaban en la pubertad/adolescencia. Quizá mi maestra de Catecismo habría querido que me enamorara de las historias del jovial Jesús (y sí me gustan, simplemente no soy tan fan), pero la verdad es que yo estaba más en la onda de los Jueces de Israel o, para el caso, las imágenes oscuras del Apocalypshit. Hoy recordé, por virtud de My Morning Jacket, a Gedeón, aquel juez de Israel que le partió la mandarina en gajos a unos 15 mil madianitas con sólo 300 hombres. Ajá, 300 (y si el recuento histórico es verídico, unos 600 años antes de la Batalla de las Termópilas). Poco antes, Dios había hecho que los madianitas se atacaran a sí mismos con sus propias espadas. Gedeón decapitó a los dos jefes, Oreb y Zeeb. Después, comenzó a perseguir a los reyes madianitas, y al pararse en dos ciudades (Sucot y Penuel) a pedir pan para sus tropas, lo mandaron al cuerno. ¿Qué hizo el gran Gedeón? Les dijo, palabras más, palabras menos: “Miren cabrones, voy a ir a putearme a los reyes madianitas y después regreso a matarlos a todos ustedes por no quererme ayudar”. Y así lo hizo: alcanzó a Zébaj y Salmuná, los reyes madianitas, y asesinó a los hombres y ancianos de las ciudades, dejando un generoso y sangriento legado de viudas en la región. La historia de Gedeón se encuentra en cualquier Biblia católica en el libro de Jueces-6.

Los reyes son también la onda. En el libro de Samuel viene el relato de Goliat, el gigante filisteo que se me figura como el Superinmortal de 300. La batalla con David es intensa. El desenlace es heroico:

David fue corriendo y se paró junto al filisteo; le agarró la espada, se la sacó de la vaina y lo mató, cortándole la cabeza. Al ver que su héroe estaba muerto, los filisteos huyeron. Inmediatamente, los hombres de Israel y de Judá lanzaron el grito de guerra y persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat y hasta las puertas de Ecrón. Muchos filisteos cayeron heridos de muerte por el camino de Dos Puertas, hasta Gat y Ecrón. Después, los israelitas volvieron de su encarnizada persecución contra los filisteos y saquearon su campamento. David tomó la cabeza del filisteo y la llevó a Jerusalén, pero dejó las armas en su propia carpa.

Libro de Samuel, 17:51

La Biblia es hermosa.


Superstar

La Crucifixión y muerte de Jesús de Nazaret es un novelón por sí solo. Un mito fundacional, el brillante preámbulo al cierre del ciclo cósmico de la jornada del héroe (digo preámbulo porque el verdadero cierre del paso de Jesús no es su muerte, sino su resurrección). Pero no solo es brillante por su manufactura narrativa, también lo es por sus alcances e influencia. Haya sido un personaje histórico, real, de carne y hueso o no, las andanzas del nazareno, y particularmente su nacimiento y muerte, han determinado el curso de la civilización occidental durante los dos últimos milenios. No soy católico (ya no; alguna vez lo fui, pero ya no), pero creo que durante la Semana Santa muchos católicos deberían soltar quince minutos las Margaritas y piñas coladas y meditar un poco en el misterioso y bello relato que sustenta su fe. Y los no católicos y los ateos deberían ampliar su mente que, a veces, es más cerrada que la de Torquemada, y reconocer la elemental importancia de estas fechas y su significado meramente simbólico. Yo digo. Pero si quieren me pueden mandar al diablo. A mí qué.

By the way, la expresión hosanna se puede traducir como "salve". Así lo escenificó Andrew Lloyd Webber en la absolutamente hermosa Jesus Christ Superstar:

 

Sin duda es uno de mis musicales favoritos y una película perfecta para ver este día. Hay que aplicarse.

Todo es un Remix

Uno de los problemas cuando eres niño y te aficionas a cierto tipo de películas y libros e historietas, es que quieres imitar a toda costa a tus héroes. Y no me refiero a aventarte como idiota por la ventana –vieja leyenda urbana la del chamaco que se creyó Superman y se mató desde un tercer piso–, sino a emular a los creadores de los relatos. O así me funcionaba la golová cuando era un pequeño nerdito que se incendiaba a grados histéricos con cuentos de Indy Jones, piratas espaciales esquivando asteroides y criaturas gigerianas asesinando mineros a bordo de la Nostromo. Luego vi Apocalypse Now y dije: quiero coverear esa madre. Luego leí Heart of Darkness y dije: lo de Coppola es un cover, diablos. No estaba tan errado. (Ahora quiero coverear ambas.) Luego supe que todo Shakespeare es un cover de algo más: leyendas, cuentos tradicionales, chismarrajos de la época. El quehacer literario como un largo, largo trip de remixes. Siempre me valió madres, en realidad. Me refiero al “qué dirán”. No tengo un pelo de originalidad, pero ustedes tampoco. Nadie. Hasta el pobre diablo que escribió el Eclesiastés lo sabía. Entonces, nunca me resultó un problema. Nunca me confundí, ni nada. Toda mi vida he escrito con pedacería de otros (cine, literatura, cómics, hasta videojuegos), me he autofusilado y me he robado las historias vividas en carne propia y las de mis amigos –con permisos de autoría solicitados con chela en mano, por lo general. Mi trabajo actual de ficción tiene ese feeling también: retazos generosos de Apocalypse Now, Aliens (“game over, man!”), Blade RunnerX-Men, Leone, Kurosawa, you name it. Probablemente nunca gane un pomposo premio literario así es que, ¿para qué preocuparme? ¿Por qué no divertirme?

Y las referencias, claro. Mientras haya lectores que las cachen, todo estará bien. The lioness has rejoined her cub, and all is right in the jungle. Esa bella magia entre la obra y el lector. Sí.

Un video sobre Tarantino y el arte del remix que me topé por ahí:

<p>Everything Is A Remix: KILL BILL from robgwilson.com on Vimeo.</p>

Y la despedida, deseando que la pasen bomba en los Santos Días, jeje.

¿Sobre qué escribir?

Decía recientemente en un desayuno dizque pretencioso: “Para escribir ficción, hay que sentarse a escribir la acción, los hechos de la trama. No es necesario pensar demasiado en los personajes. Aquel que escribe la historia no necesariamente conoce todos los aspectos de sus personajes. Solo narra sus acciones, no los debe juzgar”. Luego, cuando me di cuenta de lo pretencioso que había sonado (todo un experto, jaja), me llegó la pregunta: ¿sobre qué escribir?

Bueh, no es tan complicado. Creo que la respuesta es: sobre lo que vemos a diario y sobre lo que nos alimenta a diario. Quizá trabajemos en una tiendita de la esquina, o vayamos a la universidad, o despachemos al público en general en una oficina de gobierno. Ese es nuestro presente, nuestro “aquí nos tocó vivir” y debemos ser agradecidos –o al menos bajo esa idea me gusta trabajar. No se trata de una cuestión de conformismo o de no querer tener un mejor empleo o un mejor auto o una mejor casa. Es la aceptación del hecho de que este es el presente, el pasado no sirve de nada y el futuro menos. Quizá podamos largarnos de nuestra ciudad provinciana e irnos a vivir a La Gran Urbe en busca de aventuras, o decidamos subirnos a un barco como marineros y darle la vuelta al mundo, o probablemente tengamos los medios para estudiar en Estados Unidos o Canadá, o en Europa o en Asia, o conozcamos a una persona que nos lleve muy lejos, a algún lugar insospechado donde no haya muchos mexicanos, como alguna isla del Pacífico o un tranquilo pueblito en Nueva Zelanda…

En lo que llega nuestro dream job y nuestra dream girl y nuestra gran aventura en el Amazonas, debemos escribir sobre nuestro presente. La gente con la que interactuamos. Los lugares que visitamos. Los pensamientos internos que fabrica nuestra mente sin parar.

Eso es lo que yo llamo “lo que vemos a diario”. Lo otro, les decía, es lo que nos alimenta a diario. Y con esto me refiero a: música, cómics, películas, videojuegos, novelas, cuentos, blogs. Todas esas fuentes que alimentan nuestro espíritu y que nos entusiasman tanto. Mezclando ese universo de referencias con nuestra realidad presente se hace la magia. Como cuando en Ratatouille Remy le dice a su hermano que combine sabores. La señora que va diario a la tiendita por queso y leche y tortillas y refrescos + un libro de Edgar Allan Poe que nos tenga obsesionados. Así brotan las historias, sí señor. Por supuesto, hay que tener cuidado con lo que leemos, vemos y escuchamos. Hay que buscar solo aquello que en verdad nutra el alma. Sobre todo cuando avanzamos en la vida: el niño quedó atrás, el adolescente quedó atrás. ¿Seguirás en las mismas lecturas o te moverás hacia adelante? Perder el tiempo es una lástima. Como leí por ahí alguna vez, ¿para qué comer carne cruda cuando la podemos comer cocida?

Eso es lo que yo llamo “lo que nos alimenta a diario”. De ese cruce surge todo, en serio. El Akira de Katsuhiro Otomo es una simple historia de pandilleros combinada con telépatas y conspiraciones gubernamentales. Matrix es la historia de un nerd de las computadoras que llega a ser una especie de mesías. E.T. es sobre un niño suburbano que tiene un contacto extraterrestre. Ejemplos sobran.

Finalmente, el consejo siempre es escribir sobre lo que nos gusta. Lo que nos hace felices. Isaac Asimov decía: “Yo lo que quería era escribir ciencia ficción. ¿Por qué iba a perder el tiempo leyendo a los pomposos griegos?”

 

Por eso escribo ficción. Casi a diario.

^_^

Cuando los hermanos se encuentran

Warrior-movie-photo

Sorpresa sumamente agradable de este fin de semana de casi-vacaciones fue ver, por fin, Warrior, una película altamente recomendada por algunos conocidos, pero que sin embargo no pude ver en el cine durante su corto paso por las salas mexicanas. Y sí, claro que fue un error.

Warrrior es una cinta sobre artes marciales mixtas que, mediante recursos de trama inteligentes, le da profundidad a la historia típica de Rocky y nos presenta al menos tres combates épicos (la palabra no queda corta) que le dan forma al desenvolvimiento de las penurias de los dos protagonistas: Brendan y Tommy Conlon, hermanos quienes en su juventud practicaron la lucha grecorromana entrenados por su padre Paddy, pero que sin embargo la vida los llevó por caminos muy diferentes. Ahora Brendan (Joel Edgerton) es un profesor de física en una prepa, casado y con hijas, pero también con muchos problemas económicos. Mientras que Tommy (Tom Hardy) es un Infante de Marina que sirvió en Oriente Medio y que parece estar más que xodido. Ambos, casi al mismo tiempo, se dan cuenta de que deben luchar para ganarse la vida.

El pasado de los dos protagonistas se nos va revelando de a poco, de manera pausada y meticulosa, con diálogos crudos que nos describen heridas que al parecer no han dejado de sangrar. En este punto, la figura de Paddy es el hilo conductor de la cinta. El tipo es un alcohólico en rehabilitación que sabe que ha cometido muchos errores en su vida y que ahora los está pagando y con creces. Y lo acepta, aunque no puede evitar desear el perdón que parece que nunca llegará. La actuación de Nick Nolte realmente es portentosa, con un rostro de piedra que parece sufrir desde el fondo por tratar de darle palabras a lo que no se puede describir.

Entonces, Tommy vuelve a encontrar a su padre, pero la relación entre ambos se da a cuentagotas. Y es que nos enteramos de que se avecina un supertorneo de artes marciales mixtas llamado Sparta, con un premio de 5 millones de dólares para el ganador. Solo 16 peleadores de todo el mundo pueden participar. Tommy gana su boleto al ponerle una madriza a un tipo llamado Mad Dog en una sesión de entrenamiento de su gimnasio. El tipo al final resulta ser el contendiente número dos para el cinturón de campeón de peso medio y el video de la putiza se convierte en un hitazo de TuTubo, por lo que Tommy se hace famoso. Sin embargo, sabe que para ganar el torneo, necesitará entrenamiento. Y decide pedirle a su padre que lo entrene. Pero ellos solo entrenan. Tommy no es precisamente un tipo en busca de componerla relación con su progenitor.

Mientras, Brendan está a punto de perder su casa debido a que su sueldo de pobresor no alcanza a cubrir sus deudas, por lo que una noche decide partirse la madre en un encuentro de artes marciales mixtas en el estacionamiento de un teibol (pura categoría, mi lic). Y aunque gana, termina siendo suspendido de su chamba por el altercado. Ya sin trabajo, decide dedicarse por completo a las peleas, entrenando en el gimnasio de su antiguo amigo Frank Campania (Frank Grillo) y mejorando de a poco, mientras escucha a Beethoven y se gana la chuleta a madrazos. Al final, debido al accidente de un compañero del gimnasio que tenía boleto para Sparta, Bredan logra entrar. Pero ni su esposa (la cumshoterita Jennifer Morrison) ni nadie en su sano juicio le dan la más mínima posibilidad de ganar. Y es que Koba, un ruso que se presume como el Messi de las artes marciales mixtas, va a participar en Sparta y al parecer va a terminar ganando cagado de la risa.

Nunca he sido un gran seguidor de las artes marciales mixtas, al menos hasta antes de ver esta película, pero déjenme decirles que he visto alguno que otro combate brutal. Y aquí los hay y vaya que con mucho. Filmados con adrenalina y cardiaca cámara en mano, los combates de la segunda hora de la película realmente nos hacen estremecer y emocionarnos. Tommy es un tipo sumamente parco, que sin embargo se gana el respeto de propios y extraños con sus entradas sin música ni patrocinadores, con sus KO brutales y con mandar al diablo aquella ceremonia en la que el réferi le alza la mano al ganador. Brendan, por otro lado, entra al ring con el Himno a la Alegría, resiste los golpes de manera casi sobrehumana y tiene mucha técnica y mucho corazón que derriten a los asistentes, además de regalarnos victorias que rayan en lo heroico. Ambos van por el objetivo del dinero, que para ellos representa más que algo puramente económico.

La confrontación final entre ambos es anticipada y esperada, pero llegamos a ella por un camino sumamente interesante, que incluso nos regala una que otra sorpresa de paso. Lo cual es bueno. Como ustedes pueden ver, la trama no tiene nada de original, o al menos no lo tendría con otro director menos talentoso. Pero aquí, más que nada, nos entretenemos con el choque brutal de dos figuras del cine que son por demás seductoras: el héroe y el antihéroe. Tommy es el antihéroe, un tipo de pocas palabras, del que no conocemos casi nada, que no sabemos cómo piensa y qué siente, pero que sin embargo tiene un propósito noble y hasta un hecho pasado que parece estar revestido del heroísmo más puro. Brendan, por otro lado, es el héroe, el tipo recto que parece estar inmerso en una empresa imposible. Pero que sabe que tiene que lograrlo, no por él, sino por aquellos que ama. Un tipo con carisma, con corazón, con coraje y con una yarbles que no caben en la jaula; quién le cae bien a todo el mundo. Un rudo y un técnico. Incluso vemos la diferencia en su forma de ganar sus combates y en vestir. La verdad es que esto la saca de la típica película de madrazos y la pone un escalón arriba. No cualquiera puede manejar estos elementos de manera exitosa.

Warrior es una película sumamente interesante, pero más que nada está llena de testosterona. Es una película de hombres y para hombres (aunque supongo que puede llegar a gustarle a las jevas), con drama, sí, pero con la clase de drama terrible y crudo de quién no sabe cómo reparar sus propios errores o cómo encontrar la salida de su infierno personal. Llena de actuaciones increíbles y momentos memorables, Warrior se quedará con el espectador por un largo tiempo. Y, quién sabe, quizá hasta se convierta en una referencia cultural. Mínimo va a ser una de esas películas que amaremos encontrar en la tele, un sábado por la tarde en el que no andemos de pretenciosos (bueh, es imposible andar de pretenciosos un sábado por la tarde).

Warrior es El Bueno, El Malo y El Feo de las artes marciales mixtas. Y creo que eso lo dice todo.

Algo sobre Dios y Se7en para iniciar Semana Santa

Seven

Alguna vez la gente miró con terror las cosas de Dios en la Tierra y, sobre todo, cómo se las decían sus representantes divinos, a saber, los padres de la Iglesia Católica. Si nos asomamos a un templo católico tradicional es muy probable que hallemos representaciones cuasigore de la Pasión de Cristo, o de perdida un Jesús camorreado, sangrante y con corona de espinas. No debe sorprendernos que así sea cuando los fieles de la Iglesia durante siglos fueron una masa de gente sin ningún tipo de educación formal. Y no lo digo peyorativamente: imaginen la Francia del siglo IX, donde sólo un reducidísimo porcentaje de la población sabía leer y escribir. La única manera en que podía evangelizarse era echando mano de métodos audiovisuales. Música sacra. Imaginería clasificación C. Iglesias espectaculares. Cuando era católico, me quejaba de que antes la Iglesia se tomaba con seriedad la construcción de sus templos de adoración. Se trataba de sitios meticulosamente pensados para inspirar el misticismo y el temor a Dios; ahora todos parecen Vips.

Sí, el temor a Dios. De ahí emana un concepto tan bizarro y caduco como el de los siete pecados capitales. Lujuria (luxuria), glotonería (gula), avaricia (avaritia), ira (ira), envidia (invidia), orgullo (superbia) y pereza (acedia). La idea parece venir del monje italiano Evagrio Póntico, quien en el siglo IV escribió sobre los ‘ocho pensamientos de maldad’. El papa Gregorio I (540-606) le dio un tratamiento más formal como parte de la doctrina cristiana, y también como una suerte de código moral de alto nivel que todo creyente debía seguir para mantener la rectitud en su vida y, con suerte, alcanzar el Paraíso. Aquella Iglesia Católica medieval mantenía muy bien delimitados los pecados en los que podía incurrir una persona: estaban los veniales (cosas menores, como decir ‘mentiras blancas’), los mortales (cosas mayores, como matar a golpes al prójimo) y los capitales, que tenían su contraparte en las siete virtudes (castidad, templanza, caridad, diligencia, paciencia, bondad y humildad). Supongo que, en estricta teoría, la cosa no suena mal: se asemeja, al menos desde el aspecto moral, a las Cuatro Nobles Verdades del budismo: la naturaleza del sufrimiento, el origen del sufrimiento, el cese del sufrimiento y El Octuple Camino para deshacerse de él. En este punto, sin embargo, la doctrina budista se separa a 10 mil millones de años luz de la cristiana; mientras que en ésta última hay amenazas y un truculento contrato lleno de ‘letras chiquitas’ (si te pasas de lanza, te irás al Infierno; un agente externo, Dios, te condenará para siempre), el budismo logró mezclar el pensamiento lógico con el mágico (si te pasas de lanza, habrá consecuencias; no hay agentes externos, tú eres el responsable de tu destino).

Dante Alighieri, en el siglo XIV, tomó los ya muy digeridos pecados capitales y escribió poesía de una belleza incomparable. El pecado capital más memorable es el de la lujuria: Francesca da Rimini, una florentina obligada a casarse con un acaudalado pero deforme personaje, terminó cometiendo adulterio con su guapetón hermano. El deforme los acuchilló, y como Dante conocía de primera mano la historia, los agregó al círculo infernal de los lujuriosos, donde estas pobres almas desnudas son azotadas por vientos. Dante escucha el relato de la acongojada Francesca, y se siente tan triste por la tragedia de la mujer –juzgada con dureza por el propio autor, que no le dedica ni una tortura de un diablillo cojuelo al marido homicida–, que se desmaya. En italiano, el verso es hermoso: “E caddi, come corpo morto cade” (“y caí, como cae un cuerpo muerto”). He ahí los siete pecados capitales al servicio de las bellas artes.

La modernidad fue despojando a los pecados capitales de su sensacionalismo. Del mismo modo en que las iglesias de antaño lentamente se convirtieron en templos con arquitectura de cafetería, el tema fue perdiendo seriedad y peso. El pecado se transformó en un ambiguo (o al menos así me lo enseñaron a mí en el Catecismo) “alejarse de la presencia de Dios” y los conceptos tradicionales de Paraíso, Purgatorio e Infierno se erosionaron hasta llegar a ser, casi, ideas fantasiosas. La moral del mundo cambió, y las palabras también. Los psicoanalistas y expertos en imagen personal tomaron el rol de los sacerdotes, y el valor práctico de ser ‘cívicos’ o ‘ecologistas’, en aras del bien común, impera sobre las ideas sobrenaturales. Hace mil años el pecado de la gula podía quitarle el sueño a un parroquiano que quizá se imaginaba ardiendo en el inframundo; hoy, lo que le puede quitar el sueño a alguien es pensar que, si no deja de comer desenfrenadamente, quizá se le tapen las arterias y deban intervenirlo quirúrgicamente. ¿Los lujuriosos? A la salida de un motel de paso deben pensar antes en las posibles consecuencias legales y el golpe emocional de una separación que en haber ofendido al Creador. Todos cometemos a diario esos siete pecados, y buscamos la manera de autoredimirnos rápida e indoloramente. Somos más prácticos que aquellos atemorizados creyentes medievales, sí, pero también más vulgares. Pero en el fondo, nos llena de terror que alguien como el asesino de Se7en decapite a Gwyneth Paltrow y le mande a su esposo la cabeza en una caja de FedEx… o quizá lo único que nos asusta es que aún haya gente que se tome las cosas tan en serio.

La grabadora

Grabadora

Una grabadora de audio es un instrumento potente para estudiar historias. Haciendo las preguntas correctas, quien las responda puede soltar ahí una historia con paredes, pisos y techos. Hay quien no necesita preguntas: le basta enfrentarse al micrófono de la grabadora para aflojar la historia que guarda en su cabeza y en su boca. En mi casa teníamos una grabadora como la de la foto, con manija y todo. De casette. La particularidad de ese tipo de grabadoras era que, al mover circularmente las cabezas de la cinta, te hacían sentir que las cosas estaban sucediendo, literalmente, que las ruedas se estaban moviendo. Con una grabadora de ese tipo sentías que algo se estaba capturando. El momento, ya saben. El botón doble, el REC, el estrés de saber que el sonido análogo se estaba guardando en una cinta magnética. Es una sensación difícil de hallar en los equipos digitales. Los relojitos de las pantallas y otros efectos sutiles hechos para las computadoras no atrapan esa sensación. Es más que algo retro. Es sentir, de nuevo, que las cosas están sucediendo. Una grabadora de casette. Una persona contando su historia frente a una grabadora de casette. Es un momento de honestidad. Eso: es un momento de honestidad.

Los dejo con el Cuarteto de Liverpunk. Ya es jueves.

Un pequeño post sobre las ventajas de las separaciones

Aimee-mann

Escribo esto con un fondo musical de Aimee Mann, pionera de la canción dedicada a la ruptura emocional y la mujer que encuentra el sentido de su vida al odiar con odio jarocho a su ex (subgénero que explotó inmisericordemente, en los noventa, Alanis Morisette): hace algunos años, platicando sobre la soltería con un amigo, se refirió a su solitario estatus como “en búsqueda de su próxima ex”. El tipo era un satírico, pero también sabía poner las cosas de una manera pragmática. ¿Para qué hacerme ilusiones del tipo “la mujer con la que pasaré el resto de mi vida” cuando es más probable que se trate de “una mujer más en una larga cadena de mujeres con la que terminaré separado”. Y no es una cuestión sexista o misógina: exactamente lo mismo aplica para las chicas. Los encuentros con una persona del otro sexo, siguiendo las enseñanzas de la entropía o el llamado ‘kipple’ de Philip K. Dick, están marcados desde antes del día 1 con una calavera que simboliza, por supuesto, el deceso de la relación. No quisiera ser dramático, pero del mismo modo que recordarnos periódicamente que la vida en este mundo es corta y hay que aprovecharla al máximo, habría que pensar, sobre todo en los días felices de un noviazgo o matrimonio, que algún día todo habrá de terminar como lo conocemos y que, citando al replicante Roy Batty, “todos esos momentos se perderán en el tiempo/como lágrimas en la lluvia”. ¿Taciturno? Sin duda. Tan genuinamente oscuro y desesperanzador es el porvenir amoroso, tantas novelas, canciones y actos estúpidos han desembocado de ese siempre fallido proyecto conocido como romanticismo, que es mejor tomar previsiones y enfrentar el próximo holocausto del corazón con la cabeza bien cubierta, bufanda y paragüas (no vaya a ser que el chubasco de la decepción amorosa nos provoque una neumonía emocional o, valga la referencia ochentera, un eclipse total del corazón). Vaya, tener buen ánimo y las armas indicadas puede ser suficiente para que el golpe no sea tan fuerte. Y es mi propuesta mirar con mejores ojos, por lo mismo, el hecho de un buen día quedarse solo, sin nadie con quien comer sushi tirado en la cama un sábado para ver una pila de DVD, la otra almohada vacía y el celular hueco porque ya no recibe aquellos SMS que alegraban nuestro corazón. Divorciarse y/o separarse supone un caudal de ventajas para el cuerpo y la mente. Al faltar todos esos episodios de sonrisas falsas y expresiones complacientes con suegros y amigos estúpidos que nunca toleraste, regresa la lozanía al cutis, se aclaran las ideas y se recupera la condición física. El fenómeno del ‘nesting’ (en el cual la persona se siente tan cómoda en su relación que comienza a empacar comida a un ritmo escandaloso) queda atrás, y el egoísmo de verse solo y pensar sólo en la propia recuperación puede llevar a un provechoso régimen de ejercicio que endurezca el abdomen y mejore nuestra condición cardiovascular. Ojo, no confundir con esos pelmas que hacen músculo como enajenados en un gimnasio, o las flaquencias impuestas por la depresion post-ruptura que mucha gente experimenta. Eso sí es enfermizo y hay que evitarlo a toda costa. Cuando te separas lees libros que nunca pensaste leer (como ese tabique de Kundera que llevaba dos años esperándote en el buró), te atascas innecesaria pero placenteramente con compras inútiles como esa caja inédita, rara y superespecial con 18 DVD que tu ex nunca te ‘permitió’ adquirir (porque cuando la veías en el anaquel ella te dedicaba una mirada de “hey, en el mundo hay cosas más importantes”). Cuando te separas tarde o temprano llegarás a la conclusión de que pasar los días con una persona non grata del sexo opuesto es desagradable y poco deseable. ¿Quién quisiera comer o ir al cine con alguien que resulta tan charming como un martillazo en los testículos? Nadie, claro. Cuando te separas, con un poco de concentración y trabajo mental (un six pack de cerveza belga y muchas sesiones de futbol y videojuegos ayudan), armas una horrible imagen mental de la ex persona amada que se convierte, ante tus espantados ojos, en una bruja verrugosa del tal calibre que te hace preguntarte cómo diablos fue que un día libaste sus mieles y lo pregonabas con arco y lira en mano. Si mientras te duchas concluyes que la media naranja no existe (ni los príncipes azules), llenas de insultos a tu ex (y no sientes odio sino sólo un mórbido placer), te sonríes al pensar la estúpida manera en que pasabas los fines de semana con ella y tuerces la boca con un ‘yanimodo’ al recordar el dinero que gastaste en aquella inútil empresa, prácticamente estás curado. Ha llegado el momento de buscar a tu próxima ex. “Nos volveremos a ver/Porque siempre hay un regreso”, dice el impúdico Andrés Calamaro, “Por eso/Contá con eso/Pongo mi mano en el fuego por vos”. Y no se refiere una persona en concreto, sino a tu condición humana: a pesar de todo, volverás a buscar estar enamorado y feliz. Todos regresamos a lo mismo. Porque no hay cosa mejor en la vida como llegar a casa y “calentar los huesos junto al fuego” –parafraseando a David Gilmour– y encontrarse con la persona amada. Porque el alma no florece sola, sino acompañada. Advertido estás.

Postal del fin del mundo

Paris

Paris, 2018. Población: 2 habitantes.

Mi novia del fin del mundo es el azar en sus pantalones a rayas de tigre en ayuno. Tiene los ojos del que no sabe aclimatarse a la luz del día. Ella no sabe de espejismos ni de dioses, atraviesa cada noche un campo minado en el que nunca despierta. Mi novia del fin del mundo tiene los sueños en blanco y yo la busco entre las ruinas para abolir el azar.

 “Here I am, here I am waiting to hold you, did I dream you dreamed about me? Were you here when I was full sail?” Hay un océano allá adentro que llora y sonríe porque hay que llorar y sonreír.

Este post está dedicado con todo cariño para Nancy Nieto Arias.