El calor del juego contra la frialdad de los números
Y sí, como muchos de ustedes saben (mejor que yo), la temporada 2012 de la MLB (beisbol, pues), comenzó desde la semana pasada. Lo más relevante hasta ahora es que tanto mis queridos Yankees como los Medias Rojas han comenzado de manera floja; yo me quedé en que habían ganado un juego cada uno, de los últimos 5 encuentros, pero quizá para este momento ambos ya hayan nivelado las aguas. Así es el beisbol: a veces se mueve demasiado rápido para ser un juego que no tiene tiempo límite.
Como sea, este post viene al caso porque el pasado fin de semana pude ver la única película sobre beisbol que ha sido nominada al Oscar como Mejor Película (junto con una cosa ochentera rara llamada Field of Dreams, de la que no me acuerdo mucho). Claro que estamos hablando de Moneyball, cinta que muchos de ustedes seguramente vieron en el cine, pero que por alguna u otra razón yo me perdí. Hasta, claro, el fin de semana pasado. Anyway, Moenyball es una película “basada en hechos reales” que inicia con las imágenes de un juego de beis que yo vi en vivo, en aquél lejano y trágicamente celebre otoño del 2001, en el que los Yankees, después de haber perdido los dos primeros juegos de su serie de playoffs contra los A´s de Oakland, terminan ganado el juego definitivo en el Yankee Stadium. (Por cierto, esa fue la primera vez en la historia en la que un equipo, después de haber perdido los 2 primeros juegos como local de una serie de playoffs, se levanta y termina ganando; y en mucha parte los Yankees lo hicieron debido a la buena fortuna o habilidad o lo que sea que le permitió a Derek Jeter hacer en el Juego 3 la jugada más impresionante de la historia para un shorstop). Para terminar con el tema de dicha temporada, los Yankees ganaron la Serie de Campeonato y jugaron la Serie Mundial de aquél año, que a la postre resulto una de las más emocionantes de la historia (la mejor, en mi humilde opinión), en la que perdieron en título en el séptimo y definitivo (y cardiaco e inolvidable) juego en contra de los Diamondbacks de Arizona. Si tienen la oportunidad de conseguir los videos de esa serie, véanlos; no se arrepentirán.
Ya entrados en materia, tenemos que decir que Moneyball no se centra en dicha serie o si quiera en los Yankees. Para nada. Moneyball es la película del simpático y guapillo gerente general de los A´s, llamado Billy Beane (quién, por cierto, no se parece mucho que digamos a Brad Pitt). Y es que después de que la temporada del 2001 termina, Beane se enfrenta al pequeño problema que representa la pérdida de 3 de sus más importantes jugadores. Vaya, va a perder a las estrellas de su equipo y no tiene dinero para comprar jugadores que les lleguen siquiera a las rodillas de aquellos. Ante esta problemática, nuestro buen amigo está desesperado, tanto como para confiar en la loca idea de Peter Brand (Jonah Hill), un economista recién desempacado de Yale que piensa que la forma de ver el beisbol por aquellos que lo manejan está equivocada. Y lo ha estado por tanto tiempo como años tiene el juego manejándose de esa forma. Algo radical, lo sé, pero al menos Brand es lo suficientemente inteligente para callarse la boca y solamente comparte dosis necesarias de su conocimiento, las cuales le procuran un trabajo de medio pelo en la administración de los Indios de Cleveland. Hasta que Beane lo saca de ahí, claro.
Beane sabe que no puede competir en un mercado donde el dinero manda y el amor por la camiseta importa muy poco. Además, el tipo está un poco resentido con el sistema tradicional de selección de jugadores: cuando él era un recién graduado de la prepa, con beca completa en una universidad buena, un grupo de visores lo convencieron de firmar un jugoso contrato, no ir a la escuela y convertirse en beisbolista profesional. Lo que al final no resultó. Entonces, ya en su etapa de “puedo hacer lo que se hinchen los yarbles, ya que solo le rindo cuentas al dueño”, decide hacer caso a Brand y contratar jugadores probadamente productivos, pero que tienen mala fama o han sido dejados de lado por cuestiones diversas, desde sus problemas fuera del diamante hasta su forma extraña de lanzar. Además, entre los dos arman un plan de juego que rompe de manera brutal con lo que se considera la esencia de beisbol y que es conocido en el mundo del juego de pelota como “beisbol chiquito”. Beane y Brand le prohíben a sus jugadores que toquen la pelota, aún si hay alguien detrás de home, nunca se debe tocar la pelota; eso es regalar un out. También les piden que aguanten lo más que puedan en el plato, que desgasten a los pitchers para que al final del juego solamente estén frente a lo peor del bullpen contrario; y sí, quizá dejen pasar alguno que otro strike, pero es más probable que terminen embazándose por acumulación de bolas malas. Y ese es el punto, jugar simple, jugar fácil, llegar a primera. Y una vez en primera no deben cometer la pendejada de ser sacados en segunda intentando robar; así que nada de robar bases, nunca. Y, por cierto, ¿aquello de poner a pitcher derecho contra bateador derecho y au contraire les suena? Bueh, pues olvídense de eso también; un pitcher bueno nunca debe sacarse por cuestiones tan pequeñas como el brazo con el que lanza. Quizá cosas como estas no les digan nada a ustedes, pero créanme, es un cambio de juego sumamente radical: Beane y Brand, guiándose por ecuaciones y proyecciones matemáticas dignas de cualquier jugador serio de fantasy baseball, prácticamente despojan a su equipo de los conocimientos que vienen acumulando desde que jugaban en las ligas infantiles. Sacuden su mundo. Y ya no digamos el mundo de los visores y cazatalentos, quienes no solo ven amenazada su manera de ver y hacer las cosas, sino sus chambas. Adivinamos que las cosas se van a poner feas. Y al principio así pasa.
El gran Philip Seymour Hoffman nos regala una interpretación mediana para el nivel que tiene del coach del equipo Art Howe, quién para nada está de acuerdo con las locas ideas del par Beane/Brand y que además está un tanto resentido por cuestiones que tiene que ver con su contrato y eso. Por tanto y considerando que él maneja la tarjeta de alineación y demás vesches, trata de manejar el extraño y nuevo equipo como si se tratara de una novena tradicional; con pésimos resultados como podría esperarse. Howe no lo hace de mala fe (o al menos no solo por eso), sino porque, al igual que todo mundo antes de la revolución de Beane y Brand, él solo conoce una forma de hacer las cosas y así lo hace. ¿Qué hace entonces Billy Beane? Bueh, pues si el entrenador no quiere meter a los jugadores que quiere, él despide a los que ocupan su misma posición para que solo quede el elegido. Y solo así, a regañadientes y terapeando a sus jugadores y poniéndoles un fridge lleno de refrescos gratis en el vestuario, logra tener a su equipo en el campo, implementando su plan de juego. ¿Qué pasa entonces? Pues nada más que los A´s superan la marca histórica de victorias consecutivas de todos los tiempos y se enrolan en una racha brutal de 20 victorias consecutivas; algo que hasta este momento (cuando son las 2:17 p.m. del jueves 12 de abril de 2012) nadie ha igualado siquiera. Y no se ve ni por donde, mano.
(Yo lo vi, por cierto. Ese partido y esa victoria histórica. No suelo ver mucho beisbol de temporada regular -y menos partidos de temporada regular de los A´s, a menos que no pueda dormir-, pero hasta yo me enteré, en aquél lejano 2002, de que Oakland, después de un inicio en el que daba pena ajena, empezó a ganar juegos a lo bestia. Y no, no se le achacaba a un francotirador en el Juego de Estrellas, sino al maquiavélico plan de juego de Beane y Brand. Fue una gran victoria, por cierto, después de ir ganando 11-0 y luego ser empatados y terminar todo con un homerun en extrainnings. Quizá nadie se imaginada que aquél momento iba a ser plasmado en una película del 2011, pero todos lo proyectábamos de alguna manera. El beisbol está lleno de momentos así. Y su historia es por demás basta. Lo cual lo hace grandioso.)
Sin embargo y pese a todo, los A´s vuelven a quedar fuera cuando estaban a las puertas de la Serie de Campeonato. Lo cual representa un duro golpe, pero quizá un poco amortiguado o algo. Beane es atacado por todos los frentes, llámese programas de radio y de televisión y llamadas coléricas de aficionados que le reprochan que nadie puede cambiar las cosas y que no se puede ganar con números. ¿Pero, es cierto? Pues si lo es, que alguien le avise a los Red Sox, quienes implementando el sistema de Beane y Brand ganaron la Serie Mundial del 2004. La ciencia rompió la “Maldición del Bambino” (¡A la BatiWikipedia, Batman!). ¿Ósea que Beane tenía razón? Bueh, no tanta; para muestra hay que ver a los flamantes Campeones de la Serie Mundial del 2011. Los Cardenales de Arizona son un equipo que se maneja de manera tradicional, tanto en el campo como en la administración. Y aún así ganaron.
Entonces, ¿cuál es el punto?
Pues es menos complicado que eso y a la vez no. Lo que Moneyball presenta es una nueva manera de ver y jugar el deporte con más tradición del mundo. Es la odisea de un pionero, de alguien que salió de la Matrix e intenta despertar a los demás, con la constante de que ellos no quieran ser despertados y le partan la madre por intentarlo. Exacto, lo mismo que la historia de la cueva que te contó tu maestro de filosofía de la prepa. Quizá hasta ahora no son tantos los ejemplos tan exitosos del modelo de Beane y Brand, pero de que los hay, los hay y no se pueden ignorar. Como tampoco se puede ignorar que la manera tradicional todavía te puede hacer ganar un título. Pero claro, en la manera tradicional siempre habrá errores, como de los que fue víctima el propio Beane. Y no podemos negar las fallas del sistema tradicional, su forma de dejar de lado a jugadores buenos por defectos casi ridículos o su manera de gastar que más parece un desperdicio.
Aunque claro, los números no nos lo dicen todo. Y es que cuando un bateador se para en el plato, las estadísticas de él, el pitcher y el equipo defensivo, todas se dejan de lado y puede pasar cualquier cosa (¡Gran frase!, pero es cierta). El ser impredecible es lo bello del beisbol y de cualquier otro deporte. Y sí, quizá siempre estemos a la caza de la perfección del cálculo y de la aplicación de las reglas, pero nunca se debe ser perfecto en ninguno de los dos aspectos, si se quiere conservar la diversión.
Al final Moneyball es una película muy disfrutable, con muy buen ritmo y con esos momentos que nos fascinan en el cine de deportes. Las actuaciones son muy buenas en general, aunque me parece que Pitt está un poco sobrevaluado. Al final Beane Y Brand quizá si se volaron la barda sin darse cuenta (gran momento, por cierto), pero para otros quizá el terminar de plano con el “beisbol chiquito” sea la muerte del juego de pelota en general. Y es que el “beisbol chiquito” a veces es lo más divertido de ver y lo que hace que el coach desquite su sueldo. Es tradición (y ya saben lo que opinan ciertas personas sobre la tradición).
En fin, ya inició otra temporada, otra oportunidad para que Billy Beane gane una Serie Mundial, lo cual luce tan lejano como que otro equipo le rompa su racha de 20 victorias consecutivas. Pero todo puede pasar. Ya saben lo que dicen: dont stop believing!
Y sí, lo tengo que decir: Let´s go, Yankees!

