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Un pequeño post sobre El Diablo

Daemonio

 

Me obsesioné por el Príncipe de las Tinieblas por culpa de unas revistas Geografía Universal, el copycat de National Geographic que llegaba mensualmente a mi casa (para no perder el pedigrí editorial: también llegaba National Geographic  a casa, no se preocupen). Recuerdo este artículo sobre las brujas, ilustrado con pinturas de Francisco de Goya. El texto (alucinante, al menos en mi infancia) comenzaba con la supuesta transcripción del juicio a una bruja en el Salem oscurantista de la Nueva Inglaterra. El meollo era hallarle a la bruja un nexo con el diablo, una marca, una evidencia de que había participado en un aquelarre. Y ahí comenzó mi larga y aún inconclusa búsqueda por entender la figura del diablo. Me obsesioné con la religión católica, luego la abandoné y estudié (siempre de forma autodidacta) y las religiones del mundo y lo que llaman la “religión comparada”. Entendí que “el mal” no es el mismo en todas las latitudes, pero es más divertido en el ámbito judeocristiano. Cuando en el budismo los demonios distraen al hombre del fin ulterior que es el nirvana, en el cristianismo lo pervierten a su perdición total. Llegué a Baudelaire y a su frase legendaria (que jamás dijo en serio), a los rituales católicos del exorcismo, a la ética liviana de Shiva y su danza de la destrucción y a La divina comedia. La obra maestra de Dante es uno de los amores de mi vida. Estos son los versos de la puerta del infierno:

Per me si va ne la città dolente,
per me si va ne l’etterno dolore,
per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse il mio alto fattore:
fecemi la divina podestate,
la somma sapienza e ‘l primo amore.
Dinanzi a me non fuor cose create
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate
 

Una novia que hablaba italiano me traducía pasajes. Leí que Borges leyó la Commedia en inglés, italiano y español, así es que la tomé y la leí entera en italiano y español, aunque del italiano sólo entendí lo que fonéticamente me sonaba similar. “E caddi come corpo morto cade“, decía Borges del pasaje de Paolo y Francesca en lengua italiana, “escuchas el cuerpo caer”. Y cae como cae un cuerpo muerto. La belleza del inframundo. Satanás me estaba dando belleza. Mi obsesión con el diablo había cobrado otra dimensión.

El diablo es terrorífico. Por si se lo preguntan (y por si no): durante muchos años creí firmemente en la existencia de Satanás, Lucifer, el mal llamado “Príncipe de este mundo”. El mal encarnado, como una entidad externa e independiente a nosotros. Sí creía en eso. Luego ya no creí en él.

Pero un segundo. Sí creo en el mal. El mal como en El corazón de las tinieblas. Joseph Conrad escribió ese libro pensando en el río Támesis, y luego lo trasladó al corazón de al menos un hombre en el río Congo. Coppola lo tradujo como Apocalypse Now en la guerra de Vietnam:

“Because there’s a conflict in every human heart, between the rational and the irrational, between  good and  evil. And good does not always triumph.  Sometimes the dark side overcomes what Lincoln called ‘the better angels of our nature’. Every man has got a breaking point. You and I have one. Walter Kurtz has reached his.  And very obviously, he has gone insane.”

Y en eso se convirtió para mí el diablo. Esa cosa que surge cuando los mejores ángeles de nuestra naturaleza son rebasados por el lado oscuro.

Prepotencia justificada

Phepls

Los gringos, con la prepotencia que los caracteriza, pueden decir que tienen entre sus filas al mejor deportista olímpico de la historia. Y nadie se los puede cuestionar.

Cierto que Michael Phelps no ha estado tan fino últimamente. El día de hoy iba por dos medallas de oro, una de ellas en su competencia por excelencia, los 200 m. Estilo Mariposa, en la que había ganado cada competencia oficial realizada desde el 2001 (lo cual se dice muy fácil, pero nadie más ha logrado; ni en la natación, ni en ningún otro deporte). Phelps dominaba la prueba desde el principio, lo cual no es común en él. Se le notaba ansioso. Y pagó por ello. En el último instante, la desesperación le ganó: quiso tocar bajo el agua y un sudafricano avivado de 20 años le robó el toque y la medalla. Por primera vez en más de 10 años no se subía a lo más alto del podio en su prueba.

Las pruebas de nado en estos Juegos no nos han dado a una gran figura en lo poco que llevamos de competencia, pero eso es lo normal. Lo normal es que la gloria se reparta entre varios. Lo raro, lo extraordinario, es que algún atleta arrase. Phelps ganó ocho medallas de oro en la alberca olímpica de Beijing hace cuatro años. Y quién sabe cuánto pasará para que podamos ver algo siquiera semejante. Pero supongo que la gente esperaba ver algo parecido esta vez, sino con Michael, sí con la supuesta nueva promesa gringa llamada Ryan Lochte. Pero han pasado sorpresas en la alberca: los franceses, los australianos, los chinos y hasta los sudafricanos se han encargado de que el himno gabacho no suene como se esperaba en el Centro Acuático de Londres. Pero hoy todo cambió. Bueh, desde ayer, pero esa noticia quedó eclipsada por un escándalo de supuesto dopaje que más sonó a reclamo de ardidos, pero así son esas cosas.

Michael Phelps recogió su medalla de plata con un gesto desencajado que se esforzaba por hacer pasar por una sonrisa. Era evidente que estaba sufriendo y que quizá, ni siquiera, se había dado cuenta de que había empatado la marca de más medallas ganadas por un solo deportista en la historia (una tal Larisa Latynina había ganado 18 medallas en su carrera, cuando todavía existía la Unión Soviética y eso). Él solo se preguntaba por qué había cometido un error en el último momento. El único que había cometido en más de 10 años de dominio absoluto en su prueba, lo que se dice fácil pero que, insisto, es totalmente inaudito en cualquier disciplina deportiva. Sin embargo, posaba para las cámaras, mostraba su metal plateado, le lazó su ramo a su familia y seguía tratando de sonreír, a la vez que abrazaba al lepe sudafricano mundialmente desconocido hace apenas una hora, pero que le había robado la Gloria, cual San Dimas. ¡Con cuantas ganas le hubiera partido su madre a ese pinche chamaco! Pero, ya saben, el espíritu olímpico, los ideales y eso. Hay que ser un buen perdedor y Phepls aparentó como los grandes.

Escasos 15 minutos después, llegó la siguiente cita con la Historia (así, con mayúsculas). Esta vez por equipos, en un revelo 4X200 m. Estilo Libre. Lochte, aquél que había perdido el oro en el último segundo contra los franceses (en el relevo 4X100 m. Estilo Libre) y que se había convertido de esperanza a fracaso en solo unas décimas de segundo, abría la competencia. Lo hizo bien, entregando una ventaja que los otros dos competidores gabachos (de cuyos nombres no puedo acordarme) agrandaron. En el último revelo, el de Phelps, la ventaja era evidente: casi un cuerpo y medio, más de dos segundos de tiempo. Una barbaridad. Michael Phelps se sacudió todo: las estadísticas, la Historia (así, con mayúsculas), los TT en twitter, los reportajes, la reciente derrota. Absolutamente todo. Él solo nadó su relevo y entregó, por fin, su primer oro en estos Juegos Olímpicos. Y, pequeño detalle, su medalla Olímpica número 19, lo cual se dice muy fácil, pero es algo que ningún otro ser humano en la historia del deporte moderno puede decir.

Los gringos, con es prepotencia que los caracteriza, pueden decir con una mano en la cintura que cuentan con el mejor atleta olímpico de todos los tiempos. Y nadie se los puede cuestionar.

Y es que aunque en los Olímpicos no hay claros favoritos, sino que los héroes y los villanos van saliendo en el camino, es un lugar común ir contra los estadounidenses. Sin embargo, quizá eso se deba al ardor que nos provoca ver lo buenos que son, los hijos de la chingada. Tanta grandeza en tantas disciplinas distintas… la verdad no parece justo, pero así es. Y tampoco es gratuito o simple cosa del azar. Y aunque han estado perdiendo oros que antes se consideraban seguros y aunque es casi un hecho que China se llevará estos Juegos como líder del medallero, los gringos nos pueden presumir, con una sonrisa presuntuosa en los labios, a un cabroncito de 27 años, oriundo de Baltimore, que nada más ha ganado 19 medallas olímpicas, 15 de ellas de oro. Y las que le faltan, dirán

Es suficiente para casi no aguantarlos, pero así las cosas. Grande, Phelps.    

Pink Floyd, Danny Boyle. Overtura

Floyd

Perdónenme, pero discúlpenme: una ceremonia en cuyo clímax escuchamos Eclipse, by Pink Floyd, está más allá del bien y del mal.

Danny Boyle no nos contó la historia de los romanos invadiendo Britania, no mencionó a Sir Percival, a Camelot o al ilustre ladrón de los bosques de Sherwood. Incluso el hermoso Bardo se quedó casi afuera. Pero es que el punto era, precisamente, no mostrarlos. Pusieron en el escenario a The Artic Monkeys en lugar de The Smiths o Led Zeppeling. El punto de la ceremonia está bastante claro: tenemos un pasado, sí, pero es compartido. Y es que, al final, ¿en qué parte del mundo no vimos surgir las chimeneas industriales? ¿En qué parte del mundo no se conoce a James Bond, a Peter Pan, a J.K. Rowling? ¿En qué parte del mundo no se creció con The Beatles, no se bailó con New Order, no se vio Cuatro Bodas y un Funeral? ¿En qué parte del mundo no se twittea?

Tenemos un pasado común, una memoria colectiva en la que resuenan creaciones británicas. Esta prepotencia británica de buen gusto que nos recordó que ellos forjaron a Europa, que son el país natal de Chaplin, de Queen, del internet. Y que incluso, aunque no hayan creado las redes sociales, son ellos quienes las aprovechan mejor (Artic Monkeys es la primera gran banda surgida de MySpace). Quizá faltó rock, pero es que era imposible meterlo todo. Quizá faltó brith-pop, pero me gustaría pensar que están guardando algo para la clausura en este aspecto. Aun así, la obertura de London 2012 es mi favorita ever. Y ya no vale la pena seguir discutiendo.

El mensaje es muy claro. El que tenga oídos, que oiga.  

The Amazing Spider-Man

Amazing-spider-man

Viene un desplaye largo. Y hay spoilers. Advertidos están.

Ayer por la tarde vi The Amazing Spider-Man, en un miércoles de cine como Dios manda: en IMAX 3D, con palomitas y nachos y refresco y sin compañía. No puedo decir que la odie, porque no lo hice. No puedo decir que no es una buena película, porque lo es; al menos cumple con su objetivo y tiene bien claro lo que quiere lograr y lo hace. Y se ve increíble, pero eso ya lo diremos más adelante.

The Amazing Spider-Man es la película menos publicitada de araña, ever. Creo que debemos comenzar por eso. Y es que aunque hay comerciales en tele abierta y cable, aunque muchas marcas se casaron con la imagen (como Burger King) y aunque llevan buen box-office mundial, la verdad es que el fenómeno alrededor de esta película no es nada comparado al de la cinta del 2002. Y ya no digamos las subsecuentes secuelas. Esta película, de hecho, contaba con un arma de doble filo antes de arribar a taquilla: nadie esperaba nada de ella. Por muchas razones, quizá siendo la más poderosa que el recuerdo de las dos primeras y grandiosas cintas de Raimi todavía se sienten frescas en el imaginario o porque nadie creía en el nuevo director ni en los nuevos protagonistas. Como sea, nadie esperaba nada de la cinta. Yo no esperaba nada. De hecho, esperaba odiarlas. Y no lo hice, porque hace lo suficiente para no ser odiada, así como hace los méritos suficientes para que salgas del cine diciendo: “bueh… he visto cosas peores”. Lo cual es cierto. Creo que es muy fácil complacer a un público que, de hecho, no esperaba nada en un principio. Pero no me malentiendan. The Amazing Spider-Man puede ser muchas cosas, pero no es una película mediocre en su conjunto, aunque si tiene muchos errores. Aunque también muchas fortalezas.

Como sea, creo que por las cuestiones de hype y publicidad, es bastante injusto comparan a esta cinta con la del 2002. Solo recordemos que en aquél verano mundialista, la película de Sam Raimi era la joya del verano, la cinta más esperada del año, quizá. En aquél entonces los tipos de Columbia decidieron no estrenar la película en diciembre del 2001 (tal cual era el plan) para no competir contra dos mastodontes: Harry Potter y The Lord of the Rings. Entonces, dedicaron los siguientes meses a crear una anticipación y expectativa tales que les trajeron filas en los cines semanas antes de que la película llegara. Y no decepcionó. Y es que quizá si la vemos ahora, el Spidy del 2002 luce muy plasticoso y lo que quieran, pero de todas formas la historia sigue estando chingona y resulta ser una película sumamente entretenida. Además de que ahí ya tenemos metida la idealización. Y contra eso es difícil competir. Ahora bien, esta vez no había tanta expectativa, como repetimos, además de que la cinta está metida entre el shock post The Avengers y el hype por The Dark Knight Rises. Es difícil abrirse paso entre esos dos, pero la cinta lo está logrando: en 6 días recaudó la friolera de 340 millones de dólares. Kudos.

Y es que es ya el año 2012 y es que The Amazing Spider-Man tiene muy en claro el público al que quiere llegar. Las cintas de Raimi eran accesibles y amadas por todos los públicos: desde niños hasta fans hardcore. La nueva película cuenta con Marc Webb en la dirección, el tipo detrás de (500) Days of Summer, un tipo que sabe contar buenas historias románticas juveniles, que tiene un muy buen manejo de la estética y el lenguaje de esta clase de contenidos. En el 2012 ya no tenemos a una pelirroja tetona y aspirante a actriz y adorable como Mary Jane Watson en el papel de la heroína, sino que tenemos a una güerita cumshotera que es asistente de laboratorio y que prepara antídotos con la misma facilidad con la que ustedes y yo nos preparamos un Nescafé llamada Gwen Stacy. Las cosas han cambiado, claro. Aunque, claro, Peter sigue siendo un nerd, aunque ahora se le añade una nueva característica: el tipo es un llorón. ¿Es qué eso les gusta a las chicas ahora, los tipos que lloran? ¿En serio? Como sea, la génesis del héroe ya todos nos la sabemos de memoria, así que Webb no se detiene nada en eso. De hecho, parece que tiene prisa por llegar a los madrazos. Claro, la tía May es la tía May, el tío Ben sigue dando buenos consejos, una araña pica a nuestro amigo y lo hace ágil y fuerte y alguien por ahí mata al tío Ben. La película presenta todo esto tan rápido como lo estoy contado, pero no creo que eso sea nada malo. Webb sabe lo presente que sigue en el público la cinta pasada y presenta el proceso de adaptación y control de los poderes arácnidos de manera sumamente acelerada, pero agradable y divertida. Y aquí sí hay disparadores de telaraña, lo cual está bien, creo. Además, el plus en esta primera parte de la historia es la génesis y el desarrollo de la relación entre Parker y la güerita. Creo que esta es la mejor parte del guión. La química entre Andrew Garfield y Emma Stone funciona tan bien que a ratos la película se siente como una chick-flick en toda regla, con música indie de fondo y sonrisas y coqueteo y besos súper románticos. Recuerda más a un episodio de Gossip Girl que a uno de, ejem, la serie de Spider animada noventera. Pero no está mal. Este es el demográfico al que está destinada la cinta. Los protagonistas son la pareja juvenil del momento, tanto dentro como fuera del set (y esto es nuevo en la franquicia, al menos que yo sepa). Creo que habría que aprovechar el escenario y las portadas en teen Vogue y todo. Aunado a esto, las actuaciones de reparto son bastante buenas en general. Martin Sheen demuestra que nació para ser el tío Ben y Denis Leary lo hace estupendo como el capitán Stacy, padre de Gwen.

Otra cosa en la que la cinta destaca es, claro, en el departamento visual. Y es que ya es el 2012 y ahora sí, el araña se ve como siempre lo hemos imaginado. Las secuencias de acción está muy bien logradas, el movimiento de la cámara, el CGI es usado con sentido común y la fotografía es muy buena. Grandes texturas, hermosos colores. La cinta es un banquete para los ojos. Ese es otro win.  

Pero bueno, el gran pecado de la cinta es sin duda su villano. El Lagarto, a.k.a., la parte mutante del doctor Curt Connors, nunca llega a funcionar a la altura de su símil en el cómic y mucho menos a los grandes villanos de las películas de superhéroes (y es que hasta en los perros hay razas, mi lic). Un científico con acento europeo, que trabaja para el Carlos Slim de Nueva York, sin carisma, de pronto se transforma en un wey supermamado y escamoso y con cola. Un freak. Creo que hizo mucha falta el hocico para evocar al Lagarto. Y creo que hizo falta que los guionistas le pusieran  más ganitas a la maquinación del doc. Y es que ya estamos en el 2012 y la amenaza de convertir a todo NY en lagartija suena bien pendeja. Igual y funcionaria en una caricatura de domingo por la mañana que vemos mientras sufrimos lo peor de la cruda, pero está claro que no funciona aquí. Y eso hace que el araña que más o menos va despegando, se quede corto si lo medimos a un pésimo antagonista. Fail.

El araña, por otro lado, comienza su camino de superhéroe tratando de cazar al asesino de su tío, pero de pronto para. ¿Por qué? El araña es llamado un forajido, un vigilante y de pronto todos los policías de NY andan tras él y todos los individuos con un celular lo filman columpiándose. Pero nadie se da cuenta de que va, sin máscara, directamente al balcón de la hija del capitán de policía. Y sí, ya sé que es una película de superhéroes, pero no mamen. Y luego, la historia de los padres de Parker. Creo que no fue buena idea meterla, aunque por lo que vemos es la piedra angular de la nueva franquicia, pero que desde siempre ha sido un dolor de yarbles para la continuidad de cómic. Y que aquí nos deja en la misma, con más dudas que respuestas, pero no in the good way. Además, el score es horrible de verdad.

Pero más allá de eso, The Amazing Spider-Man logra ser una cinta entretenida, muy divertida y muy bien filmada, lo cual es meritorio y lo cual cumple con el objetivo. La taquilla es buena y las expectativas por la inevitable secuela (programada para 2014) son altas. Pero aún así, personalmente me quedo con el Spider-Man del 2002. No sé, quizá sea la idealización. Y es que aunque hayan pasado 10 años, el recuerdo es fresco y aquella película me emocionó de una manera totalmente diferente a esta, que simplemente no odié. Y ya no digamos lo que es esta cinta comparada con Spider-Man 2 del 2004, la mejor película de cómics jamás filmada, según mi humilde opinión. La cinta de Webb es mejor que la tercera parte, pero eso no es meritorio. Spider-Man 3 es una mierda, como todos ya sabemos.

Como sea, he visto cosas peores. Y creo que a sus novias les gustará. Y eso siempre es bueno.

30 años de Blade Runner

Bladerunner

En el año 2019, una corporación de nombre Tyrell, comercializa robots idénticos a los seres humanos. Su eslogan es "more human than human". Estos seres artificiales reciben el nombre de replicantes, y han sido perfeccionados al grado que es necesario aplicarles un test, llamado "Voight-Kampff", para identificarlos. En la Tierra, los replicantes son prohibidos y perseguidos por la ley. Los sicarios especializados en eliminarlos son conocidos como "blade runners". 

El fundador, dueño y CEO de la corporación Tyrell, cuestiona así a un blade runner, uno que ha ido a su oficina a aplicar el test Voight-Kampff a una de sus empleadas:

"Is this to be an empathy test? Capillary dilation of the so-called blush response? Fluctuation of the pupil. Involuntary dilation of the iris…"

Deckard, el blade runner, responde:

"We call it Voight-Kampff for sure".

Los replicantes carecen de empatía, y eso los delata (una máquina detecta su rubor). Y al parecer, el pensamiento abstracto y la imaginación también les han sido vetados. No tienen recuerdos propios, aunque les implantan los de seres humanos para "añadir realismo" a su conducta. Lo cual es patético. Imagina que los recuerdos que han marcado tu infancia (un pastel de cumpleaños, la memoria de la primera inyección, las primeras vacaciones en la playa, el rostro de tus padres cuando eran muy jóvenes), ciertos momentos sin los que, parafraseando a Paul Bowles, tu propia vida sería inconcebible, no fueran tuyos sino de alguien más, meros préstamos. Rachael, la empleada de Tyrell, Corp., posee los recuerdos de la nieta del dueño. Implantes. Cuando Rachael descubre la verdad, casi se desmorona. La vida de un replicante no es fácil.

Ridley Scott filmó Blade Runner como una versión propia de la novela de Philip K. Dick cuyo nombre es más bello que el propio libro: Do androids dream with electric sheeps? En el libro, Deckard es un hombre casado asoleado por los compromisos sociales y una esposa mandona; en la película de Ridley, Deckard es el galanazo Harrison Ford (de 39 años al momento del rodaje), un policía solterón con un oscuro pasado, una suerte de Humphrey Bogart futurista. 

Ridley llegó su cinta por otros lugares que no explora el libro. El tono es sombrío, noir. Los Angeles en 2019 es un cochinero multicultural, un futuro muy alejado de aquellas visiones relucientes del diseño Ray-Gun Gothic de la época Mad Men. Para Ridley Scott y su diseñador de producción, el legendario Syd Mead, el futuro era una cosa incierta, oscura, llena de humedad, ruido y locura. Una especie de torre de Babel mezclado con un putero y retacado de tecnología alucinante, como aquella máquina que "se mete" en una fotografía para revelar a las personas que estuvieron adentro de una habitación el día que se tomó. Autos voladores conducidos por policías latinos + húngaros con cascos de cuero y una debilidad por el origami. Robots strippers que corren en pelotas por la calle –bueno, cubiertas apenas por un impermeable de plástico transparente. Blade Runner definió un estilo visual. Formó las aficiones nerds de un par de generaciones. Y con el perdón de 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick, estableció el estándar de oro para una película de ciencia ficción.

La semana antepasada festejamos que Blade Runner cumplió 30 años obsesionándonos (se estrenó un 26 de junio de 1982). Véanla hoy (y toda el mes, si pueden) con un vodka en la mano –porque parece "tsing tao"– tarareen One More Kiss, Dear o lloren con el tristísimo piano de Memories of Green.

"It's too bad she won't live! But then again, who does?"

Dark Shadows, o: "Tim Burton… otra vez"

Dark_shadows

Es comprensible que Tim Burton se haya vuelto el director trolleable de hoy. Su estilo consistente es percibido como repetitivo y predecible, ni qué decir de sus temáticas (seres de ultratumba, humor gótico parco pero ingenuo) y de sus colaboradores, como Danny Elfman (score), Helena Bonham Carter (pseudoesposa y “compañera de vida”) y, por supuesto, Johnny Depp (actor trademark del cineasta). Lejos han quedado los días de frescura de Burton, cuando reimaginó a Batman y lo convirtió en parte de la iconografía pop de los ochenta, o una sentida fábula clasemediera mezclada con el mito de Frankenstein (Edward Scissorhands) nos volara la tapa de los sesos. Johnny Depp, sobreexpuesto ad nauseam luego de cuatro (¿o van cinco?) episodios de Piratas del Caribe, cada una más vomitiva que la anterior, físicamente parece el mismo chamaco de 21 Jump Street y repite su papel de víctima de la situación, un pobre sujeto que simplemente estuvo en el peor lugar y en el peor momento. Como aquel Sombrerero Loco que aplaude como idiota y quedó medio traumado en Alicia en el país de las maravillas. O un profesor que es elegido por una maleante en un viaje casual por Europa en The Tourist. En Dark Shadows es un buen hombre que es condenado a una eternidad vampírica por una bruja superpoderosa que decide convertirlo en “undead” luego de que él le declara que, bueh, no la ama. El mito del vampiro + Johnny Depp. Lo que faltaba en su carrera.

Tim Burton es un director muy claro. Muy transparente. Sus últimos guiones trastabillan, los motivos de sus personajes son tan obvios que lucen infantiles… los desenlaces son predecibles. Parece haber un esquema de: a) el personaje padece una injusticia – b) el personaje cruza por una serie de infortunios – c) el personaje da con la clave para resolver la injusticia – d) el personaje es redimido.

Es bastante obvio. Pero así es Tim Burton. A mi gusto, es entretenido y, francamente, es también lo que busco al ver su cine. De alguna forma, es admirable que un creador mantenga la coherencia en su estilo visual, en sus temas y en sus formas narrativas. Tim Burton no está haciendo biopics. No está haciendo filmes melodramáticos de la Segunda Guerra Mundial. El tipo no quiere un Oscar. Creo que hace lo que quiere, y aunque quizá una parte de la audiencia ya está cansada, otros (me incluyo) pueden seguir viendo su cine. Las grandes aportaciones de Burton, que son más visuales y estilísticas, quedaron en Beetlejuice, The Nightmare Before Christmas, Batman, Batman Returns, Edward Scissorhands… lo que sigue son variaciones de lo mismo.

Pero insisto: a mí no me molesta. Dark Shadows tiene buenos momentos humorísticos. Chloë Moretz es una barbaridad ya. Eva Green es hermosa, y se deja caricaturizar burtonianamente. Johnny Depp no tiene falla: él vino a dar el fan service, y ya.

No la volvería a ver en el cine. Y en una de esas ni la tendría en rayo azul.