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México, campeón

Mexico

En Wembley. Final de futbol. Brasil contra México.

Y al final, México gana.

Supongo que muchos de ustedes lo soñaron. Dios sabe que yo lo soñé. Claro que en mi sueño (y en el de muchos de ustedes, creo), éramos nosotros quienes anotábamos los goles. Y en el sueño, supongo, éramos un poquito menos feos que Oribe Peralta. Pero eso no importa. Lo importante es que era un sueño. Y, como tal, sabíamos que nunca iba a suceder.

Pero, ya saben, eso es algo raro de lo mucho que tienen los sueños. A veces, se cumplen.

Hoy la Selección Olímpica Mexicana de Futbol Varonil saltó a la cancha para enfrentar a su similar de Brasil por la medalla de oro, dentro de los Juegos de la XXX Olimpiada que, como saben, se realizan en Londres. En Wembley. Una final. Frente a Brasil. Como en el sueño. Solo que, a diferencia del sueño, esta vez el uniforme de México era francamente espantoso, pero eso al final tendió a no importar. Si los uniformes hubieran valido goles, el Tri (que pendejada) habría saltado a la cancha con dos goles en contra.

Por suerte no fue así.

Pero este no es el post del optimismo, del festejo fácil. Tengo que reconocer que nunca creí mucho en esta selección, más allá de lo realizado desde hace poco más de un año. Sí, se habían obtenido títulos y se había jugado bien, pero de ahí a pensar que si quiera pudieran toserle a esta Selección Brasileña (que es la materia prima de lo que veremos en su Mundial del 2014), para nada. Y menos en una final. Y menos en Wembley. Pero bueno, como todo buen villamelón, ahí estaba, desde las nueve de la mañana, pegado al televisor. Y sí, emocionado. Pensando que, en una de esas, y se podía ganar. Porque Brasil no solo jugaba contra México. Jugaba contra sus fantasmas, contra su propia y particular maldición.

Y al final los demonios cariocas volvieron a hacer de las suyas.

Y es que ni en el más loco sueño del más optimista fanático del Tri hubiéramos tenido un gol a favor a los 30 segundos de juego. Pero aquí ocurrió. Y eso condicionó todo. Y es que Brasil de pronto se topó de frente contra su peor pesadilla y solo pudo crear, pensar y hacer a una velocidad. Una que a ellos no les conviene. Los cariocas querían anotar el tercer gol antes de marcar el del empate. Los grandes, los virtuosos, nunca se encontraron. Este ha sido sin duda uno de los peores partidos de Neymar ever. Y vaya que Neymar ha tenido malos partidos. Pero no solo él. Todos los brasileños de mitad del campo para adelante tuvieron, al menos, una oportunidad de gol. Y solo Hulk pudo meter la suya, hasta el minuto 91. México jugó bien, claro, pero también contó con una suerte cabrona.

En este blog he hablado de España y sus 4 años maravillosos en lo que a futbol se refiere. Y si bien admiro su forma de juego, pero me cagan porque son españoles (algo malo tendrían que tener), lo que más me gusta de esa selección es que le han demostrado al mundo y (aún más importante) a ellos mismos que se puede llegar a ser grande. Que se puede conquistar a la Fortuna, esa caprichosa seductora que se ha decidido acostar con ellos desde hace un buen rato. Ellos han ganado con gran futbol, sí, pero también con mucha suerte. Así como los grandes. Y aquí quiero recordar esa maravillosa frase que habla acerca del maravilloso deporte que es el futbol, en donde juegan 11 contra 11 y al final siempre termina ganando Alemania. Desde hace un buen rato ya no es así, pero la esencia se mantiene. Siempre hay un equipo bendecido. Esta vez, en este torneo y más que nada en esta final, ese equipo fue México.

Y es que Brasil no pudo jugar peor. Y es que Brasil se murió de nada. Y es que ahora, en las mentes cariocas, más que el hexacampeonato en su Mundial, lo que más se vislumbra es otra tragedia inevitable. Piensan que se dirigen en un tren sin frenos a otro Maracanazo. Algunos piensan que el único ser humano que podría evitar eso, cual Peter Parker en Spidy Deux, es Pep Guardiola. Pero ese es otro tema.

Háiga sido como háiga sido, México terminó ganado. Con el rosario en la mano y el Jesús en la boca, pero ganado. Y entonces la alegría, pero también los comentarios en contra. Pero esas son cosas inevitables. Son cosas que se valen y que pasan, como el que repitan tres veces el puto partido en la tele, Como ir al Ángel, como reírnos de los que fueron al Ángel, como que le salga lo naquito al Presidente mientras habla con Luis Fernando Tena (a quién ya van a canonizar, o algo). Y es que aunque esto sea el opio del pueblo (más presente que la religión y con mejor sabor), la alegría efímera, la adoración al Becerro de Oro, la verdad es que al final tiende a no importar. Es alegría y ya. Es unidad. De esa que nos hace mucha falta. Es trabajo en equipo de un grupo de cabroncitos que sí se la creyeron. Que tuvieron el mismo sueño que muchos de nosotros, pero que ellos sí cumplieron.

¿Qué hay de negativo en eso?

Como sea, hoy se vale que el futbol se repita ad nauseam. Que se haya quedado en el casi olvido el tercer oro de Usain Bolt, quién junto con Blake y otros dos jamaicanos (o jamaiquinos), ganó el relevo 4X100 m. implantando récord mundial de 36.84 segundos. Corriendo, en promedio, 100 m. en 9.2 segundos. Una bestialidad. O qué decir de la actuación de María del Rosario Espinoza, quién hoy se fue a dormir como la mejor atleta mexicana olímpica de la historia. Casi nada.

Pero hoy se vale, porque esto nunca había sucedido. Quizá los que tenemos menos de 30 hemos visto a la Selección Mexicana ganar cosas que antes eran impensables, pero también sabemos de dolor en Mundiales. También crecimos con aquello de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Es por eso que esto sabe tan bien. Tanto que ni siquiera podemos dimensionarlo aún. Porque por ahora solo es alegría. Felicidad. Y sí, esto no va cambiar a México, no va a quitar la pobreza, no va a ayudar en la cuestión de la violencia ni va a solucionar los problemas de la educación. Pero esas no son tareas del futbol.

Hoy se vale celebrar. Y mañana también, ¿por qué no? Y quizá el lunes vayamos más contentos a la chamba. Y un poquito más optimistas. Lo cual sería grandioso. Y válido. Porque así es el deporte. Y por primera vez nos muestra su cara bonita en una instancia importante. Los que no creíamos nos hemos quedado mudos y sonrientes. Porque ganamos en un juego raro, pero ganamos. Porque hoy puedo titular este post con un México, campeón. Porque hoy fue un día de clima perfecto y pude ver The Dark Knight Rises en una sala IMAX semidesierta. Solo por cosas como esas vale la pena celebrar.   

Ganamos la final. En Wembley. Contra Brasil.

El futbol es maravilloso.

Marley & Bolt

Marley

Usain Bolt nunca tendrá las 25 medallas olímpicas de Phelps, pero ayer inscribió su nombre con letras doradas en la Historia del Olimpismo: es el primer ser humano en el atletismo moderno en ganar el oro en los 100 y 200 metros planos en dos Juegos Olímpicos consecutivos. Nada más.

 

Arriba de las leyendas y de los nombres que evocan con respeto los pueblos, viene este enorme atleta jamaiquino (o jamaicano) de grandes zancadas, de electrizantes piernas y de personalidad arrebatadora, que congela al mundo cuando corre. Que nos hace sentir más cerca del sueño, más cerca de ganar la batalla contra Cronos. Porque de eso se trata todo esto.

 

Bob Marley (que fue de mi gusto durante aproximadamente 17 minutos, durante el primer año de secundaria) estaría orgullos de su paisano y del hecho de ver un podio completo de jamaicanos (o jamaiquinos) en una prueba élite de velocidad en donde demostraron, simplemente, de qué lado masca la iguana en la actualidad.

Un futbolero como Marley lo entendería.  

 

Post de domingo por la tarde

Bolt

Domingo por la tarde. Dizque lluviosa, aunque pronto se calmó. Todavía con la resaca del futbol olímpico y una noche (tarde en México) de sábado dorada para el atletismo británico. Primero ganado en el heptatlón femenil con Jessica Ennis, uno de los estandartes publicitarios de los Juegos cuya imagen se podía encontrar en todos lados. Una medalla esperada y que no decepcionó. Después vino otro atleta británico a ganarse el metal áureo en salto, una presea sí del todo inesperada, pero alegre. Pero nada comparado con el casi épico triunfo en los 10,000 m. del británico Mohamed Farah, nació en la Somalia Británica y que hizo estallar a un repleto Estadio Olímpico que estaba viviendo una jornada mágica. Una como aquellas que soñaban tener cuando se les designaron como anfitriones de estos Juegos pero que, por lo mismo, creían que nunca pasarían. Pero estaban pasando.

Por cierto, un jamaiquina (o jamaicana) chaparrita y guapilla ganó los 100 m. planos. Primer round para Jamaica en pruebas de velocidad.

En el Centro Acuático, momentos antes, Michael Phelps se subía por última vez a un podio olímpico, esta vez en el relevo 4X100 m. Estilos. Phelps se encargó de tomar la delantera con el estilo mariposa, que hizo suyo a lo largo de su carrera. Al final el saldo fue de 22 medallas olímpicas, 18 de oro. Creo que queda claro qué clase de atleta fue y lo afortunados que fuimos por verlo en acción, en vivo. Los argumentos que muchos periodistas latinoamericanos dicen en su contra, más que irritantes, son patéticamente jocosos. El tipo es gringo, sí, pero es el mejor.

México, por cierto, sufrió en un partido de futbol matutino (vespertino en Londres), pero al final pudo despachar a una enjundiosa Senegal, que representó como nadie las cualidades y defectos del futbol africano. Como sea, el Tri (que pendejada) pasó a semifinales del torneo olímpico (aquél que los ardidos españoles se encargaron de vilipendiar, después de su ridículo), donde se verá las caras con Japón. En la otra llave, la eterna Brasil esperaba a la Gran Bretaña. Pero como una jornada no podía ser completamente dorada para ellos, después de lo del Estadio Olímpico, jugando en la capital de Gales, Gran Bretaña fue despachada por Corea del Sur. Otra vez en cuartos de final. Otra vez en los putos penales. Lo cual ya no sorprende a nadie. Los británicos (y sobre todo los ingleses) tienen el drama en las venas. Para ellos su selección de futbol y sus equipos siempre son favoritos. En todo (Mundiales, Eurocopas, Juegos Olímpicos, Champions League). Pero cuando pierden (y ellos saben que siempre van a perder… muy en el fondo, pero lo saben), son los primeros en criticarlos y en decir: “claro que tenían que perder, somos un fracaso”. Y bla, bla, bla. Esta propensión casi genética para el drama es la que los ha hecho grandiosos en muchas cosas y la que hace que vivan con las emociones a flor de piel. Pero las controlan. La fachada inglesa que históricamente les hemos dado, gracias a Dickens y eso, no es por una ausencia de emociones, sino por un esfuerzo sobrehumano por controlarlas en cada momento.

Así son ellos. Lo cual me parece grandioso.

Domingo. Maratón femenil (pueden ver quién ganó en la red) y Federer por una cita con la historia. La última oportunidad para ganar el único torneo que no ha ganado, la presea que le falta. Enfrentaba a un casi famélico Murray, quién se ve como uno de esos ingleses que siempre imaginamos, aunque el tipo es escocés. La victoria de Federer no era cantada, pero se esperaba. Y nada. Murray lo barrió en tres sets, en los que lució más que dominante, para terminar el match en menos de 2 horas. Federer, humillado, se despidió del último tren que le quedaba para ganar una medalla de oro en Juegos Olímpicos. Sigue siendo, en mi particular punto de vista, el mejor tenista que alguna vez se haya parado en cancha alguna, pero su falta de carisma y su ausencia de la presea dorada lo ponen detrás de otras leyendas que quizá, siempre estén encima de él.

Lo cual es muy triste, la verdad.

Como sea, México ganó una medalla más en clavados (esta vez de bronce), una china ganó el oro en levantamiento de pesas (categoría de peso completo) y un irlandés le partió su madre a un enjundioso mexicano en boxeo. La pista aguardaba, mientras se llevaba a cabo la final del Lanzamiento de Martillo, de los 3000 m. Steeplechase y de los 400 m. planos para mujeres. Pero todo era un preámbulo. Durante la tarde moribunda londinense (mediodía en México) habíamos visto las semifinales de los 100 m. planos para hombres. Nada de sorpresas. En la final estaban los que debían estar. Siete de los ocho competidores habían pasado a la final bajándole a los 10 segundos. Histórico. Pero el repleto Estadio Olímpico solo tenía ojos para el jamaicano (o jamaiquino) que correría en el carril 7.

Su nombre es Usain Bolt.

Este no es el espacio para poner su biografía, que seguramente ya deben haber leído en wikipedia con tal de impactar a esa compañera de trabajo que no sabe nada de deportes, pero que está bien chula, la condenada. El punto es simplemente reconocer la grandeza del morenazo que en Beijing hizo historia y que hoy volvió a repetir. Nueva medalla de oro y nuevo récord olímpico. Algo que hasta ahora solo había hecho Carl Lewis. Y Bolt es incluso más simpático que el hijo del viento. Recordamos su sonrisa casi tanto como sus zancadas, sus bailes previos como los del festejo posterior. Bolt es humano, lo hemos visto frustrarse, enojarse, fracasar estrepitosamente. Pero siempre regresa. Hoy tenía una cita para pasar una prueba que lo elevaría de inmediato al recinto de los Inmortales. Y cumplió como los grandes. Jamaica ganó el segundo round en pruebas de velocidad.

Bolt podrá ser todo lo humano que quieran, pero es el cabrón más rápido de la historia.

Usain todavía tiene cuerda en estos Juegos. Hemos dejado la alberca, pero continúa la acción en la pista. Pronto vendrán  más pruebas en gimnasia, en taekwondo, en atletismo, claro. Inicia la segunda semana de los Juegos de la XXX Olimpiada. Más rápido de lo que cualquiera desearía, y es que es muy fácil acostumbrarse al deporte de este nivel, a tantas pruebas, a tantas disciplinas misteriosas y apasionantes. Pero tiene que terminar, aunque no es momento para pensar en eso. Todavía queda tiempo, todavía vendrán más historias, más momentos, más medallas. Hay que disfrutar mientras se pueda.

Los dejo con esto:


Yo voy a ver Brave. Ya les cuento.

Prepotencia justificada

Phepls

Los gringos, con la prepotencia que los caracteriza, pueden decir que tienen entre sus filas al mejor deportista olímpico de la historia. Y nadie se los puede cuestionar.

Cierto que Michael Phelps no ha estado tan fino últimamente. El día de hoy iba por dos medallas de oro, una de ellas en su competencia por excelencia, los 200 m. Estilo Mariposa, en la que había ganado cada competencia oficial realizada desde el 2001 (lo cual se dice muy fácil, pero nadie más ha logrado; ni en la natación, ni en ningún otro deporte). Phelps dominaba la prueba desde el principio, lo cual no es común en él. Se le notaba ansioso. Y pagó por ello. En el último instante, la desesperación le ganó: quiso tocar bajo el agua y un sudafricano avivado de 20 años le robó el toque y la medalla. Por primera vez en más de 10 años no se subía a lo más alto del podio en su prueba.

Las pruebas de nado en estos Juegos no nos han dado a una gran figura en lo poco que llevamos de competencia, pero eso es lo normal. Lo normal es que la gloria se reparta entre varios. Lo raro, lo extraordinario, es que algún atleta arrase. Phelps ganó ocho medallas de oro en la alberca olímpica de Beijing hace cuatro años. Y quién sabe cuánto pasará para que podamos ver algo siquiera semejante. Pero supongo que la gente esperaba ver algo parecido esta vez, sino con Michael, sí con la supuesta nueva promesa gringa llamada Ryan Lochte. Pero han pasado sorpresas en la alberca: los franceses, los australianos, los chinos y hasta los sudafricanos se han encargado de que el himno gabacho no suene como se esperaba en el Centro Acuático de Londres. Pero hoy todo cambió. Bueh, desde ayer, pero esa noticia quedó eclipsada por un escándalo de supuesto dopaje que más sonó a reclamo de ardidos, pero así son esas cosas.

Michael Phelps recogió su medalla de plata con un gesto desencajado que se esforzaba por hacer pasar por una sonrisa. Era evidente que estaba sufriendo y que quizá, ni siquiera, se había dado cuenta de que había empatado la marca de más medallas ganadas por un solo deportista en la historia (una tal Larisa Latynina había ganado 18 medallas en su carrera, cuando todavía existía la Unión Soviética y eso). Él solo se preguntaba por qué había cometido un error en el último momento. El único que había cometido en más de 10 años de dominio absoluto en su prueba, lo que se dice fácil pero que, insisto, es totalmente inaudito en cualquier disciplina deportiva. Sin embargo, posaba para las cámaras, mostraba su metal plateado, le lazó su ramo a su familia y seguía tratando de sonreír, a la vez que abrazaba al lepe sudafricano mundialmente desconocido hace apenas una hora, pero que le había robado la Gloria, cual San Dimas. ¡Con cuantas ganas le hubiera partido su madre a ese pinche chamaco! Pero, ya saben, el espíritu olímpico, los ideales y eso. Hay que ser un buen perdedor y Phepls aparentó como los grandes.

Escasos 15 minutos después, llegó la siguiente cita con la Historia (así, con mayúsculas). Esta vez por equipos, en un revelo 4X200 m. Estilo Libre. Lochte, aquél que había perdido el oro en el último segundo contra los franceses (en el relevo 4X100 m. Estilo Libre) y que se había convertido de esperanza a fracaso en solo unas décimas de segundo, abría la competencia. Lo hizo bien, entregando una ventaja que los otros dos competidores gabachos (de cuyos nombres no puedo acordarme) agrandaron. En el último revelo, el de Phelps, la ventaja era evidente: casi un cuerpo y medio, más de dos segundos de tiempo. Una barbaridad. Michael Phelps se sacudió todo: las estadísticas, la Historia (así, con mayúsculas), los TT en twitter, los reportajes, la reciente derrota. Absolutamente todo. Él solo nadó su relevo y entregó, por fin, su primer oro en estos Juegos Olímpicos. Y, pequeño detalle, su medalla Olímpica número 19, lo cual se dice muy fácil, pero es algo que ningún otro ser humano en la historia del deporte moderno puede decir.

Los gringos, con es prepotencia que los caracteriza, pueden decir con una mano en la cintura que cuentan con el mejor atleta olímpico de todos los tiempos. Y nadie se los puede cuestionar.

Y es que aunque en los Olímpicos no hay claros favoritos, sino que los héroes y los villanos van saliendo en el camino, es un lugar común ir contra los estadounidenses. Sin embargo, quizá eso se deba al ardor que nos provoca ver lo buenos que son, los hijos de la chingada. Tanta grandeza en tantas disciplinas distintas… la verdad no parece justo, pero así es. Y tampoco es gratuito o simple cosa del azar. Y aunque han estado perdiendo oros que antes se consideraban seguros y aunque es casi un hecho que China se llevará estos Juegos como líder del medallero, los gringos nos pueden presumir, con una sonrisa presuntuosa en los labios, a un cabroncito de 27 años, oriundo de Baltimore, que nada más ha ganado 19 medallas olímpicas, 15 de ellas de oro. Y las que le faltan, dirán

Es suficiente para casi no aguantarlos, pero así las cosas. Grande, Phelps.