Tron, 1982
Vocho navideño...
Vocho navideño...
Broncos sobre Ravens. Vaqueros, en Over Time, sobre Acereros. Y Niners sobre Pats.
La rivalidad tradicional en la NFL podrá ser Cowboys vs Redskins (por cuestiones históricas, aquello de indios vs vaqueros y bla bla bla), pero en México el duelo de duelos es el Cowboys vs Steelers. La razón es simple: cuando se empezó a transmitir el futbol americano profesional en México, durante los setenta, estos dos equipos se odiaban con odio jarocho y jugaron en dos Super Bowls, que perdieron los Vaqueros. Los primeros aficionados mexicas a la NFL se cargaron a estas dos escuadras (y en menor medida a Delfines, Raiders y Vikingos). Los que eran muy jóvenes en esa época, heredaron esta tradición. Se trataba del enfrentamiento de un equipo de imagen “limpia” vs uno de imagen “ruda”. Los héroes vs los villanos. Los bonitos vs los feos. Y no es una exageración: Roger Staubach era el prototipo del All-American, mientras que Jack Lambert (en foto) estaba chimuelo y era más malo que el puto cáncer. Tratando de mantener la objetividad, creo que ambos equipos jugaban con todo el corazón y los yarbles del mundo. De 10 Super Bowls de la década, Pittsburgh ganó cuatro y Dallas, dos. “Mean” Joe Greene, Jack Ham, Terry Bradshaw, Lynn Swann, Ed “Too Tall” Jones, Tony Dorsett, Franco Harris, Drew Pearson, Randy White, John Stallworth, Cliff Harris…
Hoy, ni en sueños existe una alineación con estos dioses del Olimpo en el campo de juego. Pero la pasión persiste. En promedio (me parece), Vaqueros y Acereros juegan cada cuatro años. Por eso el partido de este domingo, además de ser un pretexto para cruzar apuestas y beber cerveza, es un evento deportivo importante para los fans. Un mini Super Bowl que sucede pocas veces y que nunca, nunca decepciona.
Suerte, pues a los fans de ambas escuadras… pero creo que Dallas va a ganar. Padre está de acuerdo.












El mejor y más revelador diálogo de Natural Born Killers. ¿Qué puta madre le dan de comer a esos pinches gringos que salen a matarse de esa manera? Mass murderers, les llaman.
Todo esto por la trágica noticia del día de ayer. Del cual, Wikipedia ya tiene un artículo.
Muertos durante el tiroteo de Charles Whitman el 1 de agosto de 1966, en la Universidad de Texas en Austin: 15. Heridos: 31.
Muertos durante el tiroteo de Adam Lanza (un lepe de 20 años que ayer decidió abrir su propia y particular Caja de Pandora) el 14 de diciembre de 2012, en la Primaria Sandy Hook, Newtown, Connecticut: 27, incluyendo 20 niños y su propia madre.
Once I lived the life of a millionaire,
Spent all my money, I just did not care.
Took all my friends out for a good time,
Bought bootleg whiskey, champagne and wine. Then I began to fall so low,
Lost all my good friends, I did not have nowhere to go.
I get my hands on a dollar again,
I'm gonna hang on to it till that eagle grins. 'Cause no, no, nobody knows you
When you're down and out.
In your pocket, not one penny,
And as for friends, you don't have any. When you finally get back up on your feet again,
Everybody wants to be your old long-lost friend.
Said it's mighty strange, without a doubt,
Nobody knows you when you're down and out. When you finally get back upon your feet again,
Everybody wants to be your good old long-lost friend.
Said it's mighty strange,
Nobody knows you,
Nobody knows you,
Nobody knows you when you're down and out.
El mundo de Wes Anderson es uno lleno de detalles: libretas artesanales, props ilustrados a mano y ex profeso para una escena, tenis Adidas manufacturados para un personaje, artículos bordados, letreros públicos escritos con tipografía Futura, portadas falsas de libros, iconografía retro, objetos y costumbres olvidadas: tocadiscos de 45 rpm, padres que fuman en la misma habitación de sus hijos… para apreciar el cine de Wes Anderson hay que apreciar también su obsesión por los detalles. Habrá quien llame a esos detalles pura melcocha hipster, pero la verdad es que lo “hipster” es tan relativo y está tan quemado, que dicho adjetivo se queda corto. Pero eso ustedes ya lo saben. Moonrise Kingdom, una historia clásica de dos “star crossed lovers” en plena euforia hormonal, sucede en un 1965 que podría ser 2012 en un lugar construido, una isla en las costas de Nueva Inglaterra. Esta isla, de nombre New Penzance, funciona como una casa de muñecas donde Wes Anderson coloca sus obsesiones estéticas al lado de sus personajes extravagantes: objetos y personas aderezados con una peculiar selección musical –que como es tradición en sus filmes, siempre extraña y sorprende, aunque no siempre para bien–: Leonard Bernstein, Hank Williams y un score original de Alexander Desplat.
Luego de su muy personal adaptación del relato de Roald Dahl, Fantastic Mr. Fox, Anderson volvió al terreno de los guiones originales. He pensado que no sé cuánto tiempo pueda sostenerse su estilo de hacer cine sin que el público y los reseñistas le caigan encima con todo el peso de la aburrición. Habrá quienes lo odien por esquemático, repetitivo y, duh, hipster. Pero hay que reconocerle que tiene una forma de hacer las cosas como no muchos narradores pueden presumir: a su manera. Que es otra manera de decir “original”.
Su Moonrise Kingdom es más “Tenenbaum” que “Darjeeling”. La isla de New Penzance está retacada de gente con problemas para comunicarse con otras personas, gente neurótica con vidas simples, quizá mediocres; los dos enamorados, sin embargo, están lejos de perseguir una existencia mediocre. Luego de un flechazo instantáneo (¿no es maravilloso el amor a primera vista?) coronado por un glorioso “No… I said… what kind of bird ARE YOU” que le propina el chamaco a la chamaca, los dos amantes planean fugarse, y lo hacen epistolarmente. Con cada carta, el amor crece y el plan se concreta. Finalmente lo logran, y sus, no sé, 24 o 48 horas de locura, se traducen en una especie de tour de force adolescente al Reino de la Salida de la Luna del título. Lo cual es muy bello, muy personal, muy romántico. Tiene que llegar la última escena de la película para entender qué diablos es el Moonrise Kingdom, o al menos darse una idea… quizá solo para sentir algo en el estómago. Ese es el trabajo de Wes Anderson: hacerte sentir eso en el estómago en el momento en el que caen los créditos finales.
O quizá ese sea el trabajo de cualquier director de cine que cuenta historias humanas.
Este post versará sobre los hechos circundantes al hecho de escribir. Sitios. Contextos. Situaciones. Herramientas. Disciplina. Verdades.
Tan importante como tener algo de qué escribir es escribir en las condiciones que hagan sentir mejor al autor. Por supuesto, no hay reglas escritas en mármol, pero sí una serie de ideas básicas que tienen que ver con el ejercicio básico de imaginar una historia y desarrollar las habilidades esenciales para ejercer esa habilidad de manera artificiosa y eficiente en una hoja de papel (o en una hoja electrónica, para el caso).
El cuerpo humano es una masa ordenada de músculos, grasa, líquidos (unos más viscosos que otros), huesos, pelos y otros tejidos. A pesar de que los documentales de la televisión y la “sabiduría popular” (whatever that means) nos recuerda que se trata de una “máquina perfecta”, debemos alimentarla, cuidarla y aceitarla. El hecho de escribir implica ser mindful del cuerpo y estar conscientes del momento presente en el que estamos tecleando o dibujando garabatos en una libreta. No es igual sentar las nalgas en un piso frío y húmedo que en una silla cómoda y seca. No es lo mismo escribir en un cuartucho supuestamente “bohemio” que en una habitación propiamente iluminada y ventilada. El cuerpo del escritor resiente o asiente el sitio en el que se coloca a imaginar sus historias. Leer es un ejercicio mental, como decía Nabokov, y escribir también; sin embargo, no hay mente lúcida detrás de un cuerpo idiota.
No estoy diciendo que el escritor deba ejercitarse o mantenerse en excelente forma física. Ejemplos sobran de escritores ebrios, panzones y farmacodependientes, alejados por completo de cualquier indicador de salud de la OMS. Existen algunos ejemplos de escritores deportistas, por supuesto, el más notable el del egregio Haruki Murakami, quien además de novelista es corredor de ultramaratones. Pero son los menos. Son eso: caso notables.
Yo me refiero a mantener el cuerpo en una situación idónea para escribir. Habrá quien me diga que el piso frío y húmedo es ideal para él; quizá se trate de un faquir. Los demás escritores necesitamos una serie de condiciones importantes, a saber:
1) Una silla cómoda, 2) Una habitación bien iluminada y ventilada, 3) Una hidratación constante, 4) Un procesador de texto poco intrusivo, 5) Un método de “capitulación” interna, 6) Tiempo para concentrarse.
Las dos primeras, creo, no necesitan mayor explicación. De la tercera condición se puede apropiar el agua, el licor, la cerveza o el café, pero debo decir que, aunque soy bebedor de cerveza al momento de escribir, que una buena sesión no se puede completar sin al menos dos litros de agua. Combinen su whiskey o su absinthe con agua, si quieren, pero agreguen agua a la mezcla. Su cuerpo lo agradecerá.
El procesador de texto es importante. Hace las veces de máquina de escribir de nuestros tiempos, es la página en blanco electrónica y donde todo sucede. Software horrible como Word, lleno de barras de herramientas, distrae y complica. El escritor no necesita acomodar márgenes, elegir tipografías o interlineados de párrafos a la hora de crear un mundo imaginario. Las únicas herramientas esenciales son las que se tienen en el teclado. El uso de bold, itálicas, versales o subrayados son lujos, son add-ons. Cuando los escritores escribían en máquinas de escribir golpeaban una página con las teclas y cada tecla representaba un valor, una letra, un signo, una máyúscula. La edición se hacía más tarde. Es igual con el procesador de textos actual. No necesitas más que poner atención en lo que estás escribiendo. Esto incluye el uso del navegador web a la hora de escribir. Celebro que se use con fines enciclopédicos, como un diccionario de mano, no como una distracción pedorra. ¿Por qué querrías leer tuits idiotas de alguien que no conoces cuando en tu página está naciendo la alquimia peculiar de un mundo creado, imaginario, rico y vivo y tan real como tú desees que sea? Deja los tuits idiotas para otro momento del día. No para el momento de escribir.
En mi experiencia, hay que desconfiar de las aplicaciones que prometen “notas”, capitulación sofisticada o que supuestamente estén hechos a la medida para novelistas. No sirven para nada. A mí me sirve Pages de Mac OS X porque es muy simple. Google Docs es ideal para cuentos cortos; para relatos de más de 100 cuartillas, dificulta la navegación entre páginas porque hay que ir página por página para hallar algo que se escribió uno o dos meses antes.
Ahora, el método de capitulación interna. Es mucho más simple de lo que suena: se trata de cualquier artilugio que permita hacer pausas en el flujo de escritura. Funciona porque proporciona ritmo, un vaivén, da la sensación de movimiento, de picos y valles, de subidas y bajadas. Ejemplos: un cigarro, una chaqueta, una canción, algo en la tele, un libro. Se trata de una pausa ex profeso, un alto voluntario e intencional.
Un cigarro adentro de la página perpetua el momento de escritura. No lo condeno, simplemente no sirve para este propósito porque le da continuum al vuelo. Un cigarro afuera de la página, salir, voltearse, mirar hacia adentro, mirar lo que hay en la calle, y fumar, fumar, fumar, ayuda a romper el ritmo pero de una manera educada. Volver a la página es simple siempre y cuando esa fumareda no se convierta en una peda y la pausa no dure demasiado. La masturbación sirve el mismo propósito; parar y jugar videojuegos treinta minutos, práctica que he hecho en sesiones de más de doce horas de escrituras, revitalizan el ritmo del escritor. Leer tiene el mismo efecto. Poner una película. Cambiar la canción. Muchos escritores escriben con música, y la razón es simple: provee ritmo. Nada más que eso. Olviden el “sabor emocional” de una canción en un capítulo, es más un asunto de ritmo. Yo suelo escuchar 20 o 25 o 30 veces la misma canción. Y luego la cambio. He ahí mi corte. Mi cue. Tiempo de cambiar el ritmo. Escribir es como bailar. Aunque yo quisiera bailar tan bien como escribo. :P
Finalmente, tiempo para concentrarse. El ejercicio de escribir puede ser agotador. Para mí, una sesión de escritura solo puede valer la pena si dura al menos 8 horas. Para concentrarse necesitas el tiempo. La soledad. Difícilmente podrás escribir algo si tienes la casa llena de gente interrumpiendo e irrumpiendo con ruido, ruido que no es el tuyo. Socialmente, esta es la parte más complicada de ser escritor. Nadie en su sano juicio va a entender por qué quieres estar solo frente a una página de papel en blanco que vas llenando poco a poco con letras. Con mundos imaginarios. Con gente que no existe. Y si no lo haces constantemente, diligentemente, se te va a escapar. Tienes que estar ahí, de preferencia a diario, en ese mundo. Ahí, ahí. Tienes que estar ahí. Existe el anhelo oculto de que existiera una fórmula menos dolorosa, que una novela surgiera rápidamente, como meter palomitas de maíz industriales en el horno de microondas. Pero no es así. Escribir es naturalmente lento porque hay que describir personajes, lugares y situaciones. Todo es mental. Y porque hacerlo con las manos cuesta trabajo. Y es pachorrudo. Esa es la verdad. Esa es la naturaleza del oficio. Si has decidido escribir es porque la energía de crear esos mundos imaginarios es más fuerte que tú. Esa es la verdad. Esa es la belleza de todo esto. Pero es un mundo solitario. No me puedo imaginar escribir acompañado. Escribir es un acto de soledad. De ver el mundo interior y ver el mundo exterior, es “juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata”, parafraseando a Paz. “Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo.”