127 Hours
La sangre no se ve igual en el cine que en la vida real. Esto podría sonar a una idea ya muy clara y muy bien establecida, pero a veces escapa a nuestro entendimiento de manera inconsciente. Y es que estamos tan acostumbrados a ver sangre y violencia en el cine que olvidamos que en la vida real las cosas son muy diferentes. Olvidamos que en la vida real, cuando sale sangre, generalmente hay dolor que la acompaña. Y esto, claro, es deliberado de los cineastas, ya que la mayoría de ellos no quiere enfermar a su público, solo entretenerlo. Para nosotros, el dolor de los héroes de la pantalla es inmune, impersonal. Pero no aquí. 127 Hours elimina los filtros y nos muestra crudeza en su real expresión. La historia de Aron Ralston llegó a ser muy conocida en Estados Unidos por allá de 2003. El tipo, un practicante asiduo del montañismo, un mal día quedó atrapado en una grieta del desierto de Utah durante cinco laaaaargos días en los que apenas comió y bebió. Al final tuvo que amputarse su brazo derecho con un cuchillo sin filo para sobrevivir. Y después de esa para nada pequeña hazaña, todavía tuvo que bajar a rapel unos 20 m. y caminar sin rumbo por el cañón hasta que una familia de turistas lo encontró delirante y más muerto que vivo. Después de eso se convirtió en una especie de celebridad (que manera más ojete de ganar fama, ¿no creen?), salió en los programas más importantes del país, escribió un libro (Between a Rock and a Hard Place) y dio algunas conferencias (una de ellas en el Foro Económico del 2007, en Suiza). Pero trata de llevar una vida más o menos normal, en la que se ha casado, tiene un hijo y sigue practicando montañismo alrededor del mundo. En esta película, Danny Boyle se avienta el paquete de filmar el accidente que le cambió la vida en más de un aspecto, basado en el mentado libro autobiográfico. El resultado es una cinta solamente de un hombre y un lugar. Claro, hay un pequeño prólogo en el que Aron (James Franco) conoce a dos excursionistas y las guía a una laguna subterránea. Y muchas de las personas que rodean su vida se le aparecen en alucinaciones durante su desventura, pero lo esencial son, como dijimos, un hombre y un lugar. Un tipo que al estar practicando senderismo en Blue John Canyon, cerca de Moab, Utah, tuvo un accidente en el que su antebrazo derecho quedó atrapado entre la pared y una roca inmensa y pesada. De ahí suceden 127 laaaaargas horas de pura angustia.
Y se sienten como tal, ya que la cinta pertenece esa clase de películas en las que no sentimos que el tiempo vaya pasando rápido o lento, sino normal. Angustiosamente normal. Se mueve a un ritmo compulsivo que nos hace ver todo como si ocurriera en ese mismo momento. Gracias a la fotografía de Anthony Dod Mantle y Enrique Chediak, nos damos cuenta de la inmensidad del desierto y de los sucesos más pequeños que ocurren en el pequeño espacio en el que Aron esta atrapado. De pronto su mundo se ha hecho muy pequeño, solo poseyendo una pequeña franja de cielo que a veces es atravesada por un cuervo; solo poseyendo unas cuantas horas de calor al día; solo poseyendo hormigas y alguno que otro residente misterioso. Las cosas que carga en su mochila son pocas, le cuesta nada hacer un inventario. Somos testigos de sus intentos vanos para salir de su encierro, de su lucha en contra del frio nocturno (oh si, en el desierto hace mucho frio por la noche), de su sed, del avance de su desesperación, de su momento Oops! (en el que se da cuenta de que no le avisó a nadie a dónde iba a ir, por lo que nadie lo va a estar buscado por esos rumbos… Oops!), de las horas que pasan, del arrepentimiento y de la lenta pero mortal consumación de la poco agua que lo mantiene apenas con vida. La cinta logra convertir a esa grieta en un personaje más de la cinta. Un personaje que no tiene piedad.
James Franco cumple notoriamente con un papel notoriamente difícil, entregándonos una actuación muy buena. Sí, él llega a cargar con todo el peso de la película y no decepciona. Antes del accidente nos deja ver el aspecto que lo lleva a su problema: el tipo es un engreído que tiene el ego metido en el culo. Confía de más en sus capacidades, debido a que siente que puede hacerlo todo el solo. Sin embargo, también nos deja claro que es un profesional. Sabe que si se desespera, la muerte vendrá más rápido, por lo que lucha por pensar de manera clara durante todo el tiempo que pueda. Y esto, además, lo impulsa a cercenarse el brazo, dándose cuenta de que es la única manera de sobrevivir. Llegar hasta el final. Es fácil imaginarnos una nota periodística en la que el cuerpo de Ralston fue encontrado en la grieta con un brazo a medio cortar. Hay que tener sangre fría, muy fría, para llegar hasta el final.
¿Qué harían ustedes? Bueh, ¿qué haría yo? En una situación peliaguda es difícil hacer especulaciones. Durante la proyección sudamos frio, nos angustiamos, lentamente sentimos como el director juega con nuestro miedo profundo a estar atrapados. Solo podemos agradecer que el tipo tenga un punto de apoyo. Imaginarlo colgado, suspendido totalmente, solo agarrado del brazo atrapado, nos es fácil y sumamente terrorífico. El momento de la amputación nos es mostrado con dolorosa frialdad. No es explicito, pero no hace falta. La cara de Franco en la secuencia nos perturba más que toda la sangre de la chafísima serie de películas Saw. Para la audiencia, el peor momento no es una imagen, sino un sonido. Un sonido que la mayoría de nosotros nunca hemos oído, pero que sabemos exactamente lo que es.
Al final de 127 Hours nos queda la imagen de un Ralston rescatado y atendido y entrevistado por los medios de comunicación y recibido por su familia y amigos. Pero la cinta, deliberadamente, no lo convierte en un héroe per se. Es un atleta que quedó atrapado en una combinación de mala suerte y exceso de confianza. Se cortó el brazo porque tenía que hacerlo. Quizá eso es lo que nos lo hace cercano. No lo vemos como un superhombre, aunque es innegable que el tipo tiene unos yarbloklos más grandes que la roca que lo aprisionaba. Pero es una persona normal en lo que cabe. La epifanía que tuvo es la que muchos de nosotros hemos tenido alguna vez en la vida, aunque no por estar atrapados, sino por un abrazo, por una película o por un muffin con café en el desayuno, lo cual, en todo caso, no le resta validez: la vida es demasiado corta e impredecible para desperdiciarla con actitudes pendejas que nos impiden hacer o decir lo que realmente queremos hacer o decir. No sabemos lo que nos estará esperando en la siguiente esquina.
Aron Ralston no es un héroe, solo alguien que hizo lo que tenía que hacer. Supongo entonces que, llegado el momento, yo podría hacerlo también. ¿Y ustedes?




