127 Hours

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La sangre no se ve igual en el cine que en la vida real. Esto podría sonar a una idea ya muy clara y muy bien establecida, pero a veces escapa a nuestro entendimiento de manera inconsciente. Y es que estamos tan acostumbrados a ver sangre y violencia en el cine que olvidamos que en la vida real las cosas son muy diferentes. Olvidamos que en la vida real, cuando sale sangre, generalmente hay dolor que la acompaña. Y esto, claro, es deliberado de los cineastas, ya que la mayoría de ellos no quiere enfermar a su público, solo entretenerlo. Para nosotros, el dolor de los héroes de la pantalla es inmune, impersonal. Pero no aquí. 127 Hours elimina los filtros y nos muestra crudeza en su real expresión. 

 La historia de Aron Ralston llegó a ser muy conocida en Estados Unidos por allá de 2003. El tipo, un practicante asiduo del montañismo, un mal día quedó atrapado en una grieta del desierto de Utah durante cinco laaaaargos días en los que apenas comió y bebió. Al final tuvo que amputarse su brazo derecho con un cuchillo sin filo para sobrevivir. Y después de esa para nada pequeña hazaña, todavía tuvo que bajar a rapel unos 20 m. y caminar sin rumbo por el cañón hasta que una familia de turistas lo encontró delirante y más muerto que vivo. Después de eso se convirtió en una especie de celebridad (que manera más ojete de ganar fama, ¿no creen?), salió en los programas más importantes del país, escribió un libro (Between a Rock and a Hard Place) y dio algunas conferencias (una de ellas en el Foro Económico del 2007, en Suiza). Pero trata de llevar una vida más o menos normal, en la que se ha casado, tiene un hijo y sigue practicando montañismo alrededor del mundo. En esta película, Danny Boyle se avienta el paquete de filmar el accidente que le cambió la vida en más de un aspecto, basado en el mentado libro autobiográfico. El resultado es una cinta solamente de un hombre y un lugar. Claro, hay un pequeño prólogo en el que Aron (James Franco) conoce a dos excursionistas y las guía a una laguna subterránea. Y muchas de las personas que rodean su vida se le aparecen en alucinaciones durante su desventura, pero lo esencial son, como dijimos, un hombre y un lugar. Un tipo que al estar practicando senderismo en Blue John Canyon, cerca de Moab, Utah, tuvo un accidente en el que su antebrazo derecho quedó atrapado entre la pared y una roca inmensa y pesada. De ahí suceden 127 laaaaargas horas de pura angustia.

 

Y se sienten como tal, ya que la cinta pertenece esa clase de películas en las que no sentimos que el tiempo vaya pasando rápido o lento, sino normal. Angustiosamente normal. Se mueve a un ritmo compulsivo que nos hace ver todo como si ocurriera en ese mismo momento. Gracias a la fotografía de Anthony Dod Mantle y Enrique Chediak, nos damos cuenta de la inmensidad del desierto y de los sucesos más pequeños que ocurren en el pequeño espacio en el que Aron esta atrapado. De pronto su mundo se ha hecho muy pequeño, solo poseyendo una pequeña franja de cielo que a veces es atravesada por un cuervo; solo poseyendo unas cuantas horas de calor al día; solo poseyendo hormigas y alguno que otro residente misterioso. Las cosas que carga en su mochila son pocas, le cuesta nada hacer un inventario. Somos testigos de sus intentos vanos para salir de su encierro, de su lucha en contra del frio nocturno (oh si, en el desierto hace mucho frio por la noche), de su sed, del avance de su desesperación, de su momento Oops! (en el que se da cuenta de que no le avisó a nadie a dónde iba a ir, por lo que nadie lo va a estar buscado por esos rumbos… Oops!), de las horas que pasan, del arrepentimiento y de la lenta pero mortal consumación de la poco agua que lo mantiene apenas con vida. La cinta logra convertir a esa grieta en un personaje más de la cinta. Un personaje que no tiene piedad.

 

James Franco cumple notoriamente con un papel notoriamente difícil, entregándonos una actuación muy buena. Sí, él llega a cargar con todo el peso de la película y no decepciona. Antes del accidente nos deja ver el aspecto que lo lleva a su problema: el tipo es un engreído que tiene el ego metido en el culo. Confía de más en sus capacidades, debido a que siente que puede hacerlo todo el solo. Sin embargo, también nos deja claro que es un profesional. Sabe que si se desespera, la muerte vendrá más rápido, por lo que lucha por pensar de manera clara durante todo el tiempo que pueda. Y esto, además, lo impulsa a cercenarse el brazo, dándose cuenta de que es la única manera de sobrevivir. Llegar hasta el final. Es fácil imaginarnos una nota periodística en la que el cuerpo de Ralston fue encontrado en la grieta con un brazo a medio cortar. Hay que tener sangre fría, muy fría, para llegar hasta el final.

 

¿Qué harían ustedes? Bueh, ¿qué haría yo? En una situación peliaguda es difícil hacer especulaciones. Durante la proyección sudamos frio, nos angustiamos, lentamente sentimos como el director juega con nuestro miedo profundo a estar atrapados. Solo podemos agradecer que el tipo tenga un punto de apoyo. Imaginarlo colgado, suspendido totalmente, solo agarrado del brazo atrapado, nos es fácil y sumamente terrorífico. El momento de la amputación nos es mostrado con dolorosa frialdad. No es explicito, pero no hace falta. La cara de Franco en la secuencia nos perturba más que toda la sangre de la chafísima serie de películas Saw. Para la audiencia, el peor momento no es una imagen, sino un sonido. Un sonido que la mayoría de nosotros nunca hemos oído, pero que sabemos exactamente lo que es.

 

Al final de 127 Hours nos queda la imagen de un Ralston rescatado y atendido y entrevistado por los medios de comunicación y recibido por su familia y amigos. Pero la cinta, deliberadamente, no lo convierte en un héroe per se. Es un atleta que quedó atrapado en una combinación de mala suerte y exceso de confianza. Se cortó el brazo porque tenía que hacerlo. Quizá eso es lo que nos lo hace cercano. No lo vemos como un superhombre, aunque es innegable que el tipo tiene unos yarbloklos más grandes que la roca que lo aprisionaba. Pero es una persona normal en lo que cabe. La epifanía que tuvo es la que muchos de nosotros hemos tenido alguna vez en la vida, aunque no por estar atrapados, sino por un abrazo, por una película o por un muffin con café en el desayuno, lo cual, en todo caso, no le resta validez: la vida es demasiado corta e impredecible para desperdiciarla con actitudes pendejas que nos impiden hacer o decir lo que realmente queremos hacer o decir. No sabemos lo que nos estará esperando en la siguiente esquina.

 

Aron Ralston no es un héroe, solo alguien que hizo lo que tenía que hacer. Supongo entonces que, llegado el momento, yo podría hacerlo también. ¿Y ustedes?

83rd Academy Awards

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Veo los Oscar cada año desde 1998, en aquella noche en la que Titanic se llevó algo así como 267 premios, incluido en de Mejor Actuación para un Pedazo de Hielo en un Film (que el año anterior se lo había llevado Juliette Binoche por El Paciente Ingles). Si me preguntan porqué los veo, no creo poder dar una razón más que la muy cuestionable de: porque me divierten. En serio. Ya se que generalmente son ceremonias largas, algunas se pasan de formales, pesadas; pero a mi me divierten. Yo hago mis quinielas y más o menos antes de la ceremonia ya he visto el noventa por ciento de las películas en competición (incluyendo alguna que otra de Mejor Película Extranjera), por lo que el transcurso de la premiación tiene para mi un poco de la carga emocional que, supongo, tiene cada fin de semana futbolero para mi compa el Nel, adicto sin remedio a las apuestas deportivas. En noches como la de anoche he sido testigo del improbable triunfo de American Beauty, del arrase de Gladiator y The Lord of the Rings: The Return of the King, de la redención de la Academia para con Scorsese, del triunfo de algunos de mis favoritos personales cómo lo son los hermanos Coen y Danny Boyle, de los fraudes que representaron los triunfos de Chicago a mejor película y Julia Roberts a mejor actrizzz. Y, claro, de la autoproclamación de James Cameron como rey del mundo.
 
Este año, a diferencia de los 3 pasados, se esperaba que fuera una ceremonia repartida. Y, en cierto sentido lo fue. Las grandes ganadoras de la noche (The King´s Speech e Inception) se llevaron solamente cuatro estatuillas cada una. También se esperaba que los Coen se fueran con las manos vacías y así pasó. Yo sigo sosteniendo que su película era la mejor de las 10 nominadas. En un mundo perfecto, True Grit se hubiera llevado, mínimo, siete Oscar´s, pero en la realidad no se llevo nada, lo que era predecible y resulta triste. Como sea, The King´s Speech cumplió más o menos con el pronóstico, llevándose, como decía, 4 premios, entre ellos tres de los considerados "grandes" (Mejor Película, Mejor Director -Tom Hooper-, y Mejor Actor -Colin Firth). Su otra estatuilla provino de ser el Mejor Guión Original, cortesía de David Seidler, un simpático hombre de 73 años (la persona de mayor edad en la historia en ganar el premio al Mejor Guión) que, de paso, nos regaló el mejor discurso de aceptación que yo haya visto. Un modelo para todos.
 
Inception, la otra gran triunfadora de la noche, se llevó solamente premios técnicos (Mejor Fotografía -Wally Pfister-, Mejor Edición de Sonido -Richard King-, Mejor Mezcla de Sonido -Lora Hischberg, Gary Rizzo y Ed Novick-, y Mejores Efectos Visuales -Chris Corbould, Andrew Lockley, Pete Bebb y Paul J. Franklin), que, supongo, sirvieron para compensar que no iba ganar nada que fuera importante. Y además del hecho de que Christopher Nolan ni siquiera fue nominado como director. Y no es que el cabroncito fuera EL director ignorado en dicha categoría (creo que tal honor corresponde a Scorsese), pero digo, si David O. Russell fue nominado, no entiendo porqué Nolan no lo fue. Como sea, los cuatro Oscar de inception sirvieron tanto como reconocimiento para los directores soñadores, así como para alentar a las películas palomeras y originales, al menos en su planteamiento. Le entendieron? Yo tampoco. 
 
La película con más nominaciones después de The King´s Speech y True Grit, The Social Network, se llevó premios menores. Tres para ser precisos: Mejor Edición (Angus Wall y Kirk Baxter), Mejor Score Original (Trent Reznor y Atticus Ross) y Mejor Guión Adaptado (Aaron Sorkin, basado en el libro The Accidental Billionaires de Ben Mezrich). Creo que la gran sorpresa fue el que David Fincher haya perdido el Oscar al mejor director, ya que toda la ceremonia estaba siendo preparada para que él se llevara dicho premio y El Discurso del Rey ganara en mejor película, pero no. Este es el segundo tropiezo de Fincher en los Oscar (ya antes se le había negado como director de la sobrevalorada The Curious Case of Benjamin Button) y, presiento, no será el último. Las otras categorías de actuación las ganó The Fighter, con Christian Bale como Mejor Actor de Reparto y Melissa Leo como Mejor Actriz de Reparto; ambos demostrando que fueron sus actuaciones (junto con la de la hermosa Amy Adams y un poco la de Marky Mark) las que sacan del promedio a esa película. El Oscar para Bale fue muy merecido (su actuación me recordó por momentos al DeNiro de los setenta), pero creo que, al igual que el Oscar para Sandra Bullock del año pasado, se trata más que nada de un reconocimiento para un tipo que últimamente se ha encargado de meter mucha gente a las salas de cine. Y Melissa Leo? Bueh, es indudable que también lo merecía, aunque no era mi favorita (ya saben a quién se lo hubiera dado yo), sin embargo, resulta un tanto evidente que la Academia quería saldar su deuda del año pasado, cuando le quitó la estatuilla que se había ganado a pulso con su perfecta interpretación en Frozen River. Este año sí le tocó subir al escenario y dar un discurso que por intentar ser cagado, terminó siendo ridículo y patético y en el cual (para acabarla de amolar, diría mi H. abuela) soltó la palabra "F", lo cual equivale (aunque en menor escala, claro) al seno descubierto de Janet Jackson en pleno Super Bowl.
 
En realidad esta fue la única sorpresa de la noche, cuya única función fue despertar a mucha gente, tanto en el teatro Kodak como en casa. La entrega de este año fue sumamente aburrida y parca, lenta y somnífera. Y eso que durante toda la semana pasada los organizadores nos intentaron vender aquello de que sería una ceremonia fresca y con "espíritu joven", sea lo que eso signifique en la mente de un montón de estarrios que se dedican a ver y calificar películas durante todo el año (que envidia). Al final la gran ganadora fue una cinta sumamente tradicional, de época, de superación personal y con un protagonista discapacitado. Y donde quedó entonces la innovación de la que tanto hablaba la Academia y por la cual nos enjaretaron desde un principio a la pareja de host formada por James Franco y Anne Hathaway, una de las peores que jamás se hayan visto? Y no lo digo por ella. Hathaway y su carita cumshotera y su carisma natural salvaron la conducción (creo que es cuestión de tiempo para que la veamos en un musical, lo cual me provoca escalofríos) y estoy seguro que acompañada de alguien como Alec Baldwin o Hugh Jackman hubiera conformado un dúo de host inolvidable, pero no con Franco. Y eso que ese cabrón me cae muy bien, pero toda la noche presentó menos carisma que un Nexus 6 y sus mejores chistes vinieron cuando se dedicó a leer sus twits (?). Creo que el hecho de estar nominado le afectó.
 
Los que salvaron el humor durante la velada fueron Kirk Douglas, Billy Crystal y Bob Hope (!!!), todos de la vieja escuela, lo que terminó por sepultar la dizque vibra de frescura que supuestamente tendrían estos premios. Ni siquiera se cumplió con la promesa de limitarse a 3 horas o menos de duración, ya que se pasó de las tres horas en tiempo reglamentario, pero se sintieron como de noventa minutos cada una. Esta ceremonia también representó el último clavo en el ataúd para la onda indie que había predominado en estos premios, sobretodo en las categorías de guión. Ni de The Kids Are All Right, ni Winter´s Bone se llevaron nada. Parece que la Academia piensa que con nominarlas es suficiente. Creo que lo único más o menos de la atmosfera independiente que se llevó algo fue la actuación de Natalie Portman por Black Swan, un Oscar por demás merecido pero que por momentos parecía que no iba a llegar, debido a las anteriores historias de horror que los protagonistas de las cintas de Aronofsky tuvieran en noche de Oscar. Pero este no fue el caso. Portman ganó y subió al escenario con un embarazo más que evidente y dio un discurso emotivo y cien por ciento olvidable, pero me gustó ese momento. Fue, en cierto grado, la venganza de Ellen Burstyn y Mickey Rourke, quienes habían sido victimas de sendos y descarados robos en plena ceremonia. Creo que ya tocaba.
 
Al final de todo, solo queda la reflexión: para qué sirven los Oscar? Creo que no existe una respuesta concreta. The King´s Speech es una película muy bien hecha y muy bien actuada, como ya dije en mi reseña, pero en realidad no es una mejor cinta que True Grit o The Social Network, al menos para mí y, supongo, para muchos críticos serios. Entonces de qué sirve nombrarla como la mejor cinta de 2010, cuando no solo no es la mejor de las nominadas, sino que hubo otras que no fueron incluidas y que son mejores? Cómo puede llegarse a creer que Tom Hopper es el mejor director del año, cuando los trabajos cuasiprefectos de Polanski y Scorsese fueron ignorados de tajo? En verdad alguien sigue pensando que Chicago es la mejor cinta de 2002 (nunca voy a superar eso)? A la vista de tantas y tan descaradas fallas y omisiones, la pregunta de para qué ver los Oscar es por demás válida, pero también lo es el razonamiento de que estos premios, como cualquier otros (incluyendo, aunque en menor escala, los que reparte el Festival de Cannes) no son para tomarse tan en serio. En gustos no hay nada escrito, como dicen por ahí. Los criterios de la Academia gringa son muy diferentes de los de un ciudadano de a pie, como yo o ustedes. No quiere decir que sean mejores, solamente diferentes. No hay que buscar cosas ocultas en Crash, cuando es obvio que es una especie de Magnolia, pero que no le llega a los talones en calidad a esta. Sin embargo, los tiempos de cada una influyeron para que Crash se llevara el Oscar y Magnolia no. Y, al final, quién se acuerda de Crash, de Shakespeare in Love o de The Hurt Locker? Ganar un Oscar no te garantiza inmortalidad. O el nunca ganarlo no te garantiza perderte en el Limbo. Si alguien lo duda, que consiga una Ouija y contacte a Hitchcock y Kubrick y les pregunte que opinan de los premios de la Academia.
 
Como sea, yo los veo y es muy seguro que los vea el próximo año. Por qué? Bueh, pues porque me divierten. Y, a veces, me hacen ganar apuestas. Y, a veces, ofrecen momentos de pena ajena como el del mentado discurso de Melissa Leo, o de sincera admiración como el del maese Seidler. Simplemente me gustan esta clase de cosas y ya. Ah, y también voy a ver Wrestlemania, pero esa es otra historia.
   

Retro Visions of the Future

Que imaginación! En estas imágenes pachequísimas, hijas de la protociencia ficción, podemos apreciar cómo es que las personas de la Francia de 1910 se imaginaban el mundo en el año 2000:
 

Ø  En la imagen A podemos apreciar la forma que tendrían los aviones y los jet pack.

Ø  En la imagen B vemos la forma futurista de los teléfonos.

Ø  En la imagen C, un viaje a la barbería.

Ø  En la imagen D, un baño.

Ø  En la imagen E vemos una escuela. 

 
La exposición del grueso del portafolio esta montada en París mientras ustedes leen esto. No son imágenes excitantes? Pensar que en ese entonces se creía que un siglo después de que ellos se complicaban la vida con los autos de manivela, nosotros tendríamos robots que harían todo para complacernos.

Y bueh, qué fue lo que pasó? En el año 2000 yo todavía vivía en Netzahualcóyotl, viajaba en un vagón de metro que atravesaba diariamente una planta de tratamiento de aguas residuales que apestaba a rayos 24/7 y, cuando llovía, el drenaje se tapaba y arrojaba mierda a las calles. Ese era el "futuro". Chale.

 

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The King's Speech

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Hay una escena devastadora en The King's Speech que me hizo un nudo en la garganta. Es aquella en la que el buen Albert (Colin Firth), quien desde temprana edad sufre de un tartamudeo doloroso, se ve obligado por su par de hijas a contarles un cuento. Entonces vemos el esfuerzo que hace para contar una pequeña historia sobre un pingüino y su peregrinaje hasta el palacio de Buckingham. Es una escena muy simple, muy bella, pero terrible emocionalmente. Es cuando percibimos que, más que el impedimento que su mal acarrea a la hora de hablar en público, su tartamudez le ha destruido esos pequeños placeres de la vida en los que nunca reparamos. Debe ser terrible vivir con un problema así.
 
La película de Tom Hooper nos cuenta la lucha del duque de York, Albert Frederick Arthur George, en contra del tartamudeo que, a los ojos del pueblo, lo hacían lucir tímido y estúpido a la hora de dirigirles la palabra en un evento cualquiera, como en la eposición de 1925, que es donde abre la cinta. En realidad el tipo tenía mucho carácter y era más inteligente que su hermano, el duque de Windsor, Edward Albert Christian George Andrew Patrick David (Guy Pearce), primer heredero al trono; pero hasta en el ambiente familiar su defecto pesaba demasiado, lo cual siempre lo acomplejó. Era su esposa Elizabeth (Helena Bonham Carter) quien más trataba de ayudarlo con su problema y quién, en su búsqueda de especialistas, llegó de una manera no tan clara a los dominios de Lionel Logue (Geoffrey Rush), un actor australiano fracasado pero que se consideraba un experto para tratar impedimentos del habla. Aquí es donde inicia la historia.
 
A través de locaciones cerradas y estrechas, mostrando una predilección por filmar en interiores, el director nos muestra el arduo y bastante raro tratamiento del duque Albert a manos de Logue, quién lo llama Bertie, nombre que solo usaba la familia real para dirigirse a él. Logue combina tratamientos correctivos físicos con una terapia de psicoanálisis en busca de tratar las causas mentales que causaron el problema desde un principio; sabe muy bien que antes de ser el terapeuta del rey, debe ser considerado su amigo. Y es cuando encuentra el miedo que carcome a Bertie desde el principio, quizá provocado por su padre el rey George V (Michael Gambon), de personalidad férrea. Él siempre ha considerado a Albert como alguien superior a su hermano mayor, pero también entiende que la monarquía a llegado a un punto en el que ya no solo importa la forma en la que el rey se ve a caballo, sino que con la radio, un rey con el problema de su hijo menor sería un desastre. Y es que una sobra crece en el Oriente. La Alemania nazi se fortalece y todo mundo sabe que una guerra contra ellos es inevitable. Es en esos momentos cuando el pueblo va a necesitar un rey que les transmita seguridad con sus discursos. Albert es incapaz de esto.
 
La película es la historia de un tipo que nunca quiso ser rey. A Bertie le importaba más el hecho de que Logue lo ayudara a ser capaz de contarle un cuento a sus hijas sin sonar patético, que el hecho de que el tratamiento lo ayudara a dar un discurso que inspirara a una nación, pero la historia siempre nos juega malas pasadas. Al morir George V, es el duque de Windsor quién sube al trono bajo el nombre de Edward VIII. Pero éste esta encaprichado con Wallis Simpson (Eve Best) una mujer gringa divorciado varias veces a quién a huevo quiere hacer su esposa y por la que descuida varias de sus obligaciones como monarca en esos tiempos tan peligrosos. Así que el tipo, un poco por voluntad, un poco obligado a ello, abdica al trono (es la única ocasión en la historia en la que ha ocurrido esto) y Bertie se convierte en George VI y es lanzado al ruedo para competir en motivación contra Adolf Hitler, nada más uno de los más grandes oradores del siglo pasado.
 
Esta cinta es un drama histórico que se mueve en un crescendo bastante claro y perceptible. Poco a poco nos va metiendo en cuestiones tales como preguntarnos cuál es la verdadera función de la realeza británica en los tiempos modernos. También nos metemos de lleno al estudio de la sociedad inglesa, que cree y venera a su monarquía, pero que tampoco se toca el corazón al exigirle que haga lo que juró hacer, y esto es, vivir por y para el pueblo. Es algo idílico, pero se lo creemos a George VI. La actuación de Firth es poderosa, logrando crear un personaje que aunque sintamos distante (al fin y al cabo es miembro de la realeza) igual nos es empático por las broncas en las que esta metido en su nuevo puesto. Solo hay que prestar atención a la forma en la que su labio superior tiembla al acercarse a un micrófono para notar su fragilidad. Si, esta es la clase de actuación por la que dan el Oscar. El otro gran personaje es Logue y uno de los temas de la cinta es su actitud hacia la realeza, que sospecho no es atípica del pueblo australiano hacia esa institución. Rush actúa de manera larga y expansiva, por momentos él es la única válvula humorística que nos saca de la atmosfera ceremoniosa y asfixiante en la que están metidos todos los demás personajes. Helena Bonham Carter, como la reina Elizabeth (a quién la mayoría de nosotros conocimos solamente como la reina Madre que murió a los 101 años), representa junto con sus hijas el otro oasis, aquí totalmente lleno por el cariño y la admiración sincera hacia su esposo y padre. Carter nos regala una actuación ciento por ciento adorable y simpática, un tanto diferente a sus anteriores papeles, pero que le queda sumamente natural. Los demás miembros del cast cumplen con su papel satisfactoriamente, pero creo que la verdadera estrella es el director. Toda la cinta, como el título lo indica, es una preparación para el discurso del rey. En discurso terrible en el que anunciará a sus ciudadanos que se avecinan tiempos difíciles ocasionados por una nueva guerra. Toda la construcción de esta escena es extraordinaria, desde la forma en la que el rey camina por aquellos estrechos pasillos (que bien pueden representar su estrecha garganta por la que a duras penas logran salir las palabras), viendo personas que lo miran con esperanza, y también viendo los ojos de su familia que lo mira como supongo se mira al condenado que camina al micrófono como si éste fuera una guillotina. La preparación de la atmósfera, cortesía de Logue, quién solamente le dice que le diga su discurso a él, como amigo. Y entonces las diferentes radios que transmiten el trascendental discurso a todas las partes del Imperio (en esos tiempos George VI gobernaba a un poco más de un cuarto de la población mundial). Y es cuando frecuencias históricas inundan el aire de todo el mundo. Una secuencia impecable y sumamente poderosa.
 
La película es en verdad muy disfrutable, muy bien realizada, con tres actuaciones impresionantes y con una dirección precisa que por momentos se torna magistral. Es de esas cintas que te ponen de buenas y te levantan el ánimo a la Forret Gump. Y por tanto, a menos de que la Academia decida volver a robarse a si misma (como ocurrió hace un año con lo de Avatar), The King's Speech será la gran ganadora la noche del próximo domingo. Si lo merece o no ya dependerá de sus juicios personales. Igual, la cinta no pierde nada con eso.
     

The Windmills of Your Mind, by Dusty Springfield

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Round...
Like a circle in a spiral
Like a wheel within a wheel.
Never ending or beginning,
On an ever spinning wheel
Like a snowball down a mountain
Or a carnaval balloon
Like a carousell that's turning
Running rings around the moon

Like a clock whose hands are sweeping
Past the minutes on it's face
And the world is like an apple
Whirling silently in space
Like the circles that you find
In the windmills of your mind

Like a tunnel that you follow
To a tunnel of it's own
Down a hollow to a cavern
Where the sun has never shone
Like a door that keeps revolving
In a half forgotten dream
Or the ripples from a pebble
Someone tosses in a stream.

Like a clock whose hands are sweeping
Past the minutes on it's face
And the world is like an apple
Whirling silently in space
Like the circles that you find
In the windmills of your mind

Keys that jingle in your pocket
Words that jangle your head
Why did summer go so quickly
Was it something that I said
Lovers walking allong the shore,
Leave their footprints in the sand
Was the sound of distant drumming
Just the fingers of your hand

Pictures hanging in a hallway
And a fragment of this song
Half remembered names and faces
But to whom do they belong
When you knew that it was over
Were you suddenly aware
That the autumn leaves were turning
To the color of her hair

Like a circle in a spiral
Like a wheel within a wheel
Never ending or beginning,
On an ever spinning wheel
As the images unwind
Like the circle that you find
In the windmills of your mind

Pictures hanging in a hallway
And the fragment of this song
Half remembered names and faces
But to whom do they belong
When you knew that it was over
Were you suddenly aware
That the autumn leaves were turning
To the color of her hair

Like a circle in a spiral
Like a wheel within a wheel
Never ending or beginning,
On an ever spinning wheel
As the images unwind
Like the circles that you find
In the windmills of your mind

True Grit

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La original True Grit (Henry Hathaway, 1969) es uno de mis westerns favoritos de todos los tiempos. Una cinta que, siento, juega en la misma liga que Inmortales del género como The Man Who Shot Liberty Valance (1962)  y Rio Bravo (1959). Sin embargo, la cinta de los Coen no es un remake de la película del 69, sino que es una nueva adaptación cinematográfica de la novela homónima escrita por Charles Portis. Por lo tanto no ahondaré en las diferencias entre ambas versiones, así como tampoco haré comparaciones entre los cast de las dos cintas. Creo que eso merece un post propio, que quizá escriba más adelante. 

 True Grit (2010) es lenta y mortal. Una obra maestra hecha de tal manera que en cada cuadro de fotografía (cortesía de Roger Deakins) nos demuestra la gama de belleza y gloria que existía en el western y que aún se encuentra aún ahí, ansiosa, esperando a alguien que la encuentre para extasiarlo con su brillo. Ethan y Joel Coel encontraron tal belleza y nos la muestran en una cinta impecable.

 Pero eso no significa que la película sea solamente la sucesión de imágenes inolvidables. No, hay una gran historia como sustento de las mismas. Y esta es contada por Mattie Ross (Hailee Steinfeld), una niña de 14 años que después de ser testigo del asesinato a sangre fría de su padre a manos de un tal Tom Chaney (Josh Brolin), decide consagrar sus esfuerzos a cumplir el viejo y estarrio "ojo por ojo" que en el Viejo Oeste parece ser la única ley existente. Para tal propósito se embarca en la búsqueda de Chaney dentro del territorio salvaje acompañada de Reuben J. "Rooster" Cogburn (Jeff Bridges), un viejo, gordo y alcohólico Marshall cuyos métodos no son lo que llamaríamos ortodoxos en un servidor público (pero que serían celebrados por alguien como Jack Bauer). En su camino, además, se cruzaran más de una vez con el misterioso LaBoeuf (Matt Damon), un Ranger de Texas que persigue a Chaney desde esos lares para hacerlo pagar por el asesinato de un senador texano y su perro. 

 La veta de la película y la novela esta en los personajes, sobretodo en el principal. Eso lo respetan los Coen al hacer que True Grit sea la película de Mattie, ya que ella la narra y la concluye, así como vemos todo lo que pasa a través de sus ojos. Ella no es la típica niña encantadora de catorce años que, junto a su madre y hermanos, despide al héroe con un pañuelo mientras éste cabalga hacia la puesta del sol. Ella no es dulce porque el mundo donde vive tampoco lo es. Desde pronto sabe que solo puede hacerse escuchar si muestra un carácter y una determinación que incluso muchos hombres no tenían. No inspira ternura, sino respeto. Rooster, por el contrario, parece no conocer el concepto del honor. No le importa matar a sangre fría o incluso por la espalda, mientras tenga claro que lo hizo "para defenderse" y al parecer lo único que le interesa respecto al negocio de la repartición de justicia es confiscar para si tanto alcohol como sea posible. Esto es normal si consideramos que los agentes de la ley en el Viejo Oeste estaban a menudo tan podridos como los villanos a los que cazaban, ya que muchas veces se trataba de bandidos contratados por el Estado, que mataban a los tipos malos solamente para quedarse con un botín más grande. En Rooster encontramos dicha ambigüedad, aunada a una opinión excesivamente buena sobre sí mismo y una tendencia a alardear y contar las penas sazonadas con whiskey. LaBoeuf, por otro lado, parece pertenecer a la imagen del justiciero que tenemos programado en nuestro inconsciente colectivo. Igual tiene todos los prejuicios que se imaginan en un hombre criado en ese tiempo ( y que, por lo mismo, no duda en nalguear a una morrilla de catorce años al verla hacer lo que las morras de catorce años no deben hacer), pero también esta bien dispuesto a reconocer el valor en donde lo vea. La convivencia entre éste y Rooster no es fácil, ya que aquí nos enfrentamos a dos formas de ver el mundo que chocan entre sí. Rooster sabe que el mundo es un lugar ojete y que para sobrevivir en él se debe ser un ojete también. LaBeoeuf cree que el mundo es un buen lugar y que vale la pena luchar por el. La relación entre el joven y el viejo dentro del western es un tema que bien puede dar para la publicación de un par de libros, pero que aquí se ve muy bien resumida, sobretodo cuando nos enteramos del arreglo de estos dos para "trabajar juntos" o cuando pretenden impresionarse uno al otro al dispararle a los pedazos de pan (una secuencia que me recordó a Clint Eastwood y Lee Van Cleef disparándose mutuamente al sombrero en Por unos Dólares Más).

 Esta es una cinta sobre el honor y personas que lo tienen o no lo tienen, en una época en la que el honor lo era todo. Mattie quiere ejercer la voluntad de Dios al cazar al asesino de su padre, a quién las autoridades "oficiales" parecían ignoran por comodidad, quizá. O también porque consideraban el asesinato del padre de la niña como "uno de tantos" que quedaban impunes. Mattie tiene que esforzarse por conseguir justicia porque su padre no tenía el renombre del senador texano y su perro. Sabe que ella tiene el deber de ver que el crimen no quede impune. Rooster y LaBoeuf se embarcan en la odisea por el dengo, pero aún siendo tan poco nobles en este aspecto, se entiende que son "los buenos", quizá porque tienen estrellas o quizá porque son los que si se atreven a justificar sus acciones frente a un tribunal. Quizá ellos han trabajado así tanto tiempo que por eso les es tan difícil entender la terquedad de Mattie. Para ellos la muerte solo es un negocio, pero también tienen en su interior el recuerdo de lo chingón que es hacer justicia simplemente porque es algo que se debe hacer. Porque es lo correcto. Mattie, como dijimos, asocia esto a la voluntad de Dios. Se embarca en un viaje dentro de una región salvaje y peligrosa, citando la Biblia y confiando en aquello de que todo mundo debe pagar por lo que ha hecho. Chaney, el malo, es claramente un hijodeputa sin honor ni oficio ni beneficio, pero más malo que la carne de puerco. Ni siquiera es un gran bandolero, pero es un gran concepto.  

 True Grit es una película maravillosa. Con muertes crudas, filmado con toda la maestría a la que nos tienen acostumbrados los Coen, este es un western moderno que no le pide nada a las mejores películas del género. El score nos remonta a aquella época de weyes muy hábiles con el revólver o el rifle, a aquellos días en los que la vida no valía nada pero donde a veces la muerte tenía un precio. Los Coen no se meten en desmitificaciones y solo se dedican a contar la sucesión de eventos que se derivaron de una muerte a traición. Como muchas de ese entonces. Es por eso que esta historia no trata sobre los grandes héroes o las grandes hazañas, sino sobre gente que trata de hacer lo que tienen que hacer, sea por una razón o la otra. Y que tiene que cargar con las consecuencias de sus actos.
 
Técnicamente es, quizá, la mejor película de todas las nominadas a los Oscar de este año (aunque todavía me faltan de ver algunas, pero lo jusgo por el trailer). Y las actuaciones rifan. Jeff Bidges está pocamadre, ignoro si le darán el Oscar por segundo año consecutivo, pero sin duda ha dado una actuación digna de ser premiada por la Academia de nueva cuenta. También la chica Steinfeld lo hace increíble, pero igual tendrá una competencia peliaguda por el Oscar a Mejor Actriz de Reparto, que igual merece. Creo que por esto y por muchas otras razones (entre ellas la antipatía que la Academia parece tenerles a los Coen, a pesar de haberles dado el Oscar hace algunos años), esta película será la gran perdedora de los Oscar este año. Pero eso no le resta ningún mérito. Al contrario.
 
Como un fan incondicional de los hermanos Coen, que ha visto todas sus películas unas 3 veces cada una (por lo menos), puedo decir que esta película me sorprendió. Y es que en realidad no se trata de "una película de los Coen" en el sentido ya muy claro al cual nos referimos cuando usamos esta frase. No es una cinta excéntrica, extravagante, irónica y escamosa. Es solamente una belleza del Oeste en todo sentido. Muy armoniosa, muy centrada, por momentos tan cálida como una cena junto a la fogata o tan fría como una noche de invierno en el desierto. Es lo más cercano a una cátedra de dirección, guionismo y edición dictada por estos dos bastardos talentososo, sin duda los mejores directores estadounidenses libra por libra. Y gracias a esto demuestran que tienen ese talento de sobra, no solo para sorprendernos, sino para sacar lo máximo de un género que a primera vista podría lucir sobreexplotado. True Grit, por tanto, no es inesperada. Solo es, junto con Unforgiven (1992), el mejor western que se ha filmado en los últimos 30 años. Nada más.