Stallone le hace al Homero

Y no precisamente Simpsom, a pesar de lo que se juzgue por la imagen.


Instalé Netflix en mi PS3 porque traía un icono GIGANTE y una promoción de un mes gratis. En términos generales, la selección de películas me pareció apestosa, la interfaz es horrible, la calidad es muy cuestionable, pero, una noche, de hace un par de semanas me permitió ver Rocky, una de esas películas que me encantan, pero que nunca he tenido en formato casero. Hace un par de semanas, cuando me encontré a mi mismo deprimido, un sábado en la madrugada, con un bote de helado en las manos y un montón de pensamientos en la cabeza, cual chica Gilmore. Entonces, por alguna extraña razón, empecé a ver Rocky de otra forma, y de ahí salió la idea general de este post.

Primero hablemos de Homero (“o de esos griegos que llamamos Homero”, como solía decir Borges) y de su opus magna llamada La Ilíada. Alguna vez leí que la escena perfecta de risas y lágrimas entremezcladas es aquella de La Ilíada, en la que Héctor, el héroe trágico por excelencia, se despide de su esposa Andrómaca y de su pequeño hijo Escamandro (acaparando nombre ridículos de infantes desde el año 300 a.c.), en las bases de las murallas de Troya, antes de que Héctor salga de nuevo al combate. Él sabe que va a morir, siempre lo ha sabido. Ella, de hecho, lo llora por muerto, mientras le recrimina su inconsciencia. ÉL no puede escapar a su deber, pero ella no lo entiende. Ella, incluso, tiene momentos de pitonisa (no es lo que están pensando) y le cuenta lo que le depara el futuro a su familia y lo que será de su pueblo y su estirpe. La escena podría ser triste en extremo, sino fuera por el lepe, de escasos tres años (a quién más tarde los aqueos arrojarían desde la parte alta de la ciudad, en el paroxismo de la quema de la eterna Ilión), quién siente miedo por los arreos militares con los que está adornado su padre y se esconde tras las faldas del otro personaje silencioso que ronda la escena: la nodriza. La llorosa Andrómaca ríe por esto y nosotros también. Héctor, entonces, se quita el casco, besa a su hijo y a su mujer, y parte a la batalla. Una escena sencilla y en muchos sentidos perfecta.

Y entonces Rocky. Siempre me ha gustado esta película. Me recuerda mi infancia, viendo películas del Cinco (Cine Permanencia Voluntaria) en mi tele de catorce pulgadas que estaba a siglos de aquello llamado control remoto. Me recuerda la época en la que entré a un club de boxeo, debido a mi obsesión después de haber visto Fight Club (soy impresionable, lo sé). La vida del boxeador tienen el encanto de lo duro, del que se gana la vida literalmente a madrazos. Rocky, el boxeador trágico por excelencia, famoso por su habilidad sobrehumana para bloquear los jabs con la cara, es una tipo duro, tonto, pero de buen corazón. Hace de cobrador para un gangster de poca monta porque tiene que hacer algo, ¿no? Pero parece castigarse a sí mismo en el viejo club de boxeo en el que soporta madrizas extremas por cuarenta dólares (sí gana). De repente conoce a una chica que es como su soulmate. Y de repente recibe una oportunidad. Lo poco que tiene, su chica y su oportunidad, lo defiende con todo.

La cinta es un canto heroico dirigido a una sociedad americana que en ese momento estaba sumida en el desempleo y en la desilusión por lo acontecido en Vietnam. Para todos ellos se muestra una grieta del sueño americano. La cosa no puede estar tan mal cuando vives en América. Rocky sabe que no puede ganar la pelea, no espera un milagro. Sabe que el milagro en sí es pelear. Solamente quiere aguantar, hacer lo que nadie ha hecho, llegar hasta el final del quintoagecimo round frente al campeón mundial de los pesos pesados. Rocky es el típico americano que tiene que matarse por su sueño. América te da las herramientas, te da la oportunidad, pero el trabajo de fabricarte un futuro recae exclusivamente en ti. En ese sentido, la película es perfecta.

Los meritos de la cinta se han venido discutiendo desde que se estrenó. En los Oscar de ese año le tocó competir contra tres pesos pesados de la historia del cine: Taxi Driver, Network y All The President´s Men. Nada más. Rocky, el peleador sin esperanza que solo pelea porque no sabe bailar o cantar (o porque sus tortugas no saben bailar o cantar), se llevó la estatuilla a la mejor película. Pero eso no solo fue por sus méritos extra cinematográficos. Rocky es una historia sumamente sencilla, que en ningún momento quiere tomarle el pelo al espectador. Esta dirigida con toda la mano de un hombre que gustaba de hacer este tipo de películas (John G. Advilsen, el Miguel Ángel Cornejo del cine) y contiene algunas secuencias que, aún en ese momento, se sabría que se quedarían en el inconsciente colectivo de ahí hasta que las cucarachas dominaran la tierra. La imagen de Balboa, agitando los brazos en señal de triunfo, en la cima de las escaleras que conducen a la biblioteca Pública de Filadelfia, es un desafío a la pobreza, a la desesperanza, a las crisis, a la miseria y también a los miembros de la industria hollywoodense que habían rechazado el guion escrito por un actor semidesconocido que un buen día se dio cuenta de que si nadie iba a escribir una historia para él, él mismo tendría que hacerlo. La cinta fue un knock-out en el país. La gente en las salas de cine aclamaba al Semental Italiano como si ellos mismos se encontraran en el Spectrum de Filadelfia, viendo en vivo la más grande demostración de estámina y valor en la historia del pugilismo en la noche del Bicentenario de la Independencia de los Unites. Y la película no ha perdido nada de esa fuerza con el paso del tiempo.

Entonces, lo paralelo. En la odisea heroica que supone la pelea final por el título, llega a su punto máximo en el round 14, cuando Apollo Creed (el campeón), más cansado de lo que jamás ha estado en su vida, golpea y golpea a un Rocky que no se cae. Hasta que finalmente lo derriba. La música de Bill Conti acompaña al Italian Stallion luchando por levantarse, cuando hasta su entrenador le dice que se quede abajo, que ya fue suficiente. Pero no, él tiene que llegar hasta el final. Se pone de pie y aún reta al campeón, quién, para citar al comentarista, "no puede creerlo". Al final termina madreando a Creed de una forma brutal, pero pierde la pelea por decisión dividida y polémica que originó toda una saga de cintas que poco a poco fueron perdiendo calidad cinematográfica y ganado litros y litros de sangre falsa. El momento en el que se da el anunció casi no es perceptible, pero se entiende. Se sabía de antemano casi, casi. La escena muestra un pandemónium de reporteros y aficionados invadiendo el ring, cuestionando a un Rocky, quién no se distinguía precisamente por su habilidad frente a un micrófono, sobre si habrá o no revancha. Él grita desesperado, llamando a su chica. La chica corre desesperada hacia el ring. Luchando contra la corriente. Los reporteros preguntan. Él acaba de perder la pelea más importante de su vida, pero ganó algo más grande: auto respeto. Y el respeto de todo el país de paso. La escena, hasta ese momento es triste. Mucho. Sin embargo la chica esquiva a todo mundo y a empujones se abre pasó hasta llegar junto a su novio. Ella lo mira completamente desfigurado. Él la mira completamente angustiada. Y aunque esta más golpeado que un pobre diablo originario de Nueva York que no sabe pagar sus deudas, él solamente atina a preguntarle dónde está su sombrero. El sombrero rojo que perdió en su camino hacia el ring. El sombrero rojo que la hacía verse hermosa en los vestuarios, donde se había visto por última vez. Ella no responde, con eso acaba de reconocer al hombre que ama, al hombre que la hace reír, aún ahora. Ella ríe y llora (y nosotros también) y abraza a Rocky y le dice que lo ama, a lo que él responde de la misma manera. Una escena sencilla y en muchos sentidos perfecta.


Bueh, hay que recordar que esa noche estaba deprimido. Y desvelado. Pero me la pase muy bien viendo Rocky. Siempre puedes pasártela bien viendo Rocky. Como sea, voy a cancelar el Netflix después del mes gratis. Creo que no estamos lo suficientemente preparados para tanto poder, mi lic. 

Un post sobre aquello que Hallmark define como "Amor"

Pep

La anécdota va así: dos abogados muy cuarentones y muy trajeados salen de una comida, se detienen en un Yogurtland, pero solo uno de ellos pide su helado. El encargado del mostrador, muy amable, les pregunta si quieren una cuchara extra… para compartir. Uno de los abogados le reclama por la obvia insinuación de jotería; el otro también. Salen del lugar bastante encabronados.

Uno de esos abogados es casado. Todo el paquete: esposa, hijos, amante. El otro es soltero y sin hijos. Ambos son heterosexuales. Y acá viene lo interesante: el casado le reclama al soltero por el episodio del Yogurtland.

–Por tu culpa pensaron que somos putos.

–¿Por qué por mi culpa?

–Porque eres soltero.

“Guau” exclamé cuando me contaron la historia. Qué tal: en este mundo tan profano (parafraseando al maestro Carrillo), tan moderno, tan modelo 2012, ser cuarentón y soltero puede ser sinónimo de homosexualidad. Y de la del peor tipo: la closetera, la que se esconde por los rincones como la muñeca fea. Porque los gays, y esto se lo debemos a Andy Warhol, Boy George, Ricky Martin, Queer Eye for the Straight Guy, Sex and the City y Brokeback Mountain, son gente sensible y creativa. Es decir, NO SON ABOGADOS (estoy siendo sarcástico, idiotas). Somos proclives al cliché, ¿verdad?

No tengo que decirles que la revolución sexual de los sesenta fracasó con rotundo éxito: la mataron el sida y las ideas prefabricadas (esas que venden en convenientes paquetes en autoservicios, ajá). Ya saben, el modelo de la familia nuclear que se puso de moda después de la victoria Aliada en la Segunda Guerra Mundial, el american dream de la mamá el papá y los sonrosados y blondos críos –niño y niña por favor, nada como tener “la parejita”– en un picnic que incluye hasta hormigas caucásicas. Todo es perfecto. Siempre hay cerveza en la nevera. No se nos mueve ni un pelo. De preferencia somos católicos. Ricos. Conducimos autos extranjeros. Y estaremos. Juntos. Hasta. Que. La. Muerte. Nos. Separe.

Las ideas prefabricadas le hacen daño a la gente por la sencilla razón de que la realidad es superflexible, es supercambiante y está constantemente supermoviéndose, lo cual algunas personas encuentran superculero pues es difícil entender, por ejemplo, que en el día a día Novio Perfecto Que Te Llevó Al Altar quizá haya resultado borracho, jugador compulsivo, holgazán extremo, infiel u homosexual (ay Jesú). La falta de habilidad de la gente para simplemente observar la realidad de las cosas cómo son, sin juzgarlas, es fuente inagotable de sufrimiento, peleas y malentendidos. Algunas de mis ideas prefabricadas favoritas:

“Si vive solo y es cuarentón debe ser gay”.

“Si vive sola debe ser lesbiana. O no puede tener hijos. O es demasiado gorda para que alguien la pele. ¡Por eso tiene tantos perros!”.

“Seguro su ex le quita toda la quincena”.

 [Con solo 5 minutos de haber conocido a pareja equis] “Ella se lo trae de su pendejo”.

“Si la pareja que vive en el depto de arriba se dedica todo el día a su labrador es obvio que NO pudieron tener hijos. Son los pollos con hormonas. Las mujeres se hacen estériles, goei”.

“No te conviene alguien que ya tuvo hijos, mijita”.

“No te conviene alguien que ya estuvo casado, mijita”.

“¿35, no se ha casado y vive con su mamá? Es gay. Ooooobvio”.

Cómo somos chismosos. Amamos el chisme. No sorprende por eso que ese infame pedazo de caca llamado Facebook tenga tanto éxito, ¿no? Porque no se trata de “compartir” la vida como de “espiar” lo que hace el vecino. Mirar al ex y decretar sobre su vida, de preferencia lo que a nuestros ojos son “desgracias”: está gorda está fea está vieja está sola está amargada. Está tan arraigada esta idea que nadie se atreve a ver a un ex sin sacar los mejores trapos y sumir la panza para que nos vean lo menos jodidos que se pueda. Por eso admiro a muchos treintañeros. Ellos ya pasaron por algunas encrucijadas en su vida, y difícilmente están apenas casándose o viendo si ponen un departamento con alguien. Lo más probable es que ya se hayan casado, ya se hayan divorciado, ya hayan bautizado al chamaco, ya se hayan madreado con la suegra en la cena de Navidad. Heridas de guerra, mi lic. Así es que las cosas ya no son tan fáciles para una persona que ofrece sus experimentados servicios en el terreno del amor. Los veteranos del amor (suena a canción de Mijares) no suelen ser tan bien vistos, sobre todo por los más jóvenes. Es comprensible: la gente de veintitantos (cof, cof) queremos atravesar por todo el penoso proceso que abarca de Melrose Place a El Club de las Divorciadas. Lo que no podemos ver muchos veintiañeros, por supuesto, es que esas ideas prefabricadas sobre la forma de relacionarse con la gente son como paredes falsas, como utilería de un set de Hollywood, como esos horribles televisores de cartón de Dico (es Diconomía). Ya lo dijo El Príncipe: el amor acaba. La gran casa en la que inviertes tus desvelos y ahorros quizá después sea motivo de llanto y pleitos legales. Las fotos de la boda acaban arrumbadas en un clóset, o peor. Yo conozco a alguien que se casó apenas en el 2008 y no encuentra las fotos de su boda, por ejemplo… temo que hayan acabado tijereteadas en medio de un ritual como de la banda de El bebé de Rosemary.

Yo no digo que la gente no se case. Que no experimente la vida. Que no pruebe lo dulce y lo amargo. Ya habrá tiempo de meditar sobre las consecuencias de nuestros actos (en nuestra próxima vida: cuando seamos gatos). Solo doy un NO rotundo a las ideas prefabricadas. Ideas irreales sobre el amor eterno y las configuraciones familiares. El Inegi, basado en documentación de la ONU, estipuló hace varios años que hay cinco tipos de hogares en México: 1) el unipersonal, 2) el nuclear –que puede estar compuesto con una madre soltera con hijos, 3) el extenso –en el que participan otros núcleos, como tíos, abuelos y amigos, 4) el compuesto –básicamente, una comuna y 5) la categoría “inclasificable”. De estos cinco tipos de hogares se desprenden múltiples formas de relacionarse, tan caprichosas como “abuela cría a nieto huérfano mientras la tía trabaja” o “mujer gay sin pareja cría a hijo con tío, tía y abuelo”. La realidad a veces no es tan glamorosa: se mueve entre mujeres solteras que trabajan jornadas dobles y triples y que deben salir corriendo de la oficina para recoger al chamaco de la guardería, y hombres solteros heterosexuales que no tienen la menor intención de tener hijos y prefieren su clase de yoga, su sexualidad promiscua, sus catas de vino y sus viajes al extranjero a pagar pañales e idas al dentista. Hombres que increíblemente son censurados porque otros hombres, los que han seguido el cliché de esposa-hijos-amante, no se sienten a gusto con la libertad que estos gozan. Un hombre casado con hijos tiene todos los pretextos para faltar al trabajo; un hombre soltero sin hijos, por default, se considera idóneo para trabajar en fines de semana y días festivos.

“Es que tú no sabes lo que es que te moleste la brujer, mi lic”.

La realidad del mundo de las relaciones es tan cambiante que, quizá, todos practicamos modos alternativos de juntarnos con otras personas. En mi modo de ver, la familia tradicional se ha desmoronado estrepitosamente, y lo único que queda es una idea de “cómo se deben de hacer las cosas”. Pero en la vida real, la gente las hace como puede, no como quiere. American Beauty nos enseñó que los suburbios son sitios carrollianos de gente disfuncional con ideas disparatadas –como mantener la apariencia de las estructuras familiares cuando todo alrededor en realidad está valiendo madres. Quienes tienen la cabeza más fría prefieren adaptar la estructura familiar a la realidad –quien lo intenta al revés, es decir, adaptar la realidad a la estructura familiar, solo tendrá enfrente un largo, largo trip de frustraciones y dolor.

Celebremos, pues, las múltiples y diversas maneras que tiene la gente de relacionarse y formar sus núcleos familiares. Celebremos a aquellos que han optado por vivir con sus viejos. A aquellos que viven con sus amigos. A aquellos que viven solos o “solo con su pareja”. A aquellos que viven enmueganados y orquestan sus actividades como panales. Y a aquellos dementes que prefirieron perpetuar la especie y ahora tienen niños ruidosos y olorosos, caros de sostener, que no te dejan dormir los fines de semana y que siempre andan con las rodillas raspadas, las caras y las manos tiznadas y pegajosas, y que a pesar de ello los proveen de una felicidad luminosa, que los demás (los veinteañeros solteros en busca de exploración o los veteranos sin lazos emocionales) ni siquiera imaginamos pueda existir. La mejor parte de su día. La mejor parte de su semana. La mejor parte de su año.


Hey, felíz 14 de febrero. :)

El ronin

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Un samurái sin amo. La idea es increíble, considerando que todas las habilidades del samurái siguen intactas –sobre todo aquellas que más nos llaman la atención, como decapitar y/o mutilar enemigos con su espada–, por lo que el ronin se convierte en un personaje mucho más dinámico y con más posibilidades que un samurái-entregado-al-honor. Por ejemplo, un ronin resucitado (¿o es reencarnado?) en un distópico futuro cyborg presentado por Frank Miller. O los siete samuráis caídos en desgracia que ayudan a la desvalida aldea en la película de Kurosawa. O los matones y hombres internacionales de misterio del filme de John Frankenheimer. Detrás de la cara de piedra, el ronin guarda una tristeza muy particular y también un secreto. El secreto, me gusta pensar, es que se trata de un hijo de puta que te puede rebanar el cuerpo en dos segundos. Sus habilidades lo hacen un crío particularmente atractivo para los “trabajos sucios”, pero no todos alcanzan a leer del todo las verdaderas intenciones del ronin. Un ejemplo supremo es El Hombre Sin Nombre de Clint Eastwood en A Fistful of Dollars. El cabrón es un bastardo hijo de puta con el revólver, pero su andar lento, el cancro en la rota y el ponchou ocultan su verdadera naturaleza. Tan es así que este ronin, este yojimbo, que termina chambeando para bandos opuestos y ninguno de los idiotas se da cuenta de golpe. En Los siete samurái, los ronin prestan sus habilidades guerreras para ayudar a los pobres campesinos que son atacados por un grupo de bandidos (sí, como en A Bug’s Life). Uno de ellos, interpretado por Seiji Miyaguchi, es un espadachín impresionante. En cierta escena el tipo abandona su puesto de combate para ir a putearse a los bandidos. En realidad no vemos cómo lo hace, sólo esperamos durante varios segundos (¿o minutos?) a que regrese. El ronin vuelve, en una pieza. Y así es la maestría de Kurosawa: nos hace sentir lástima por los pobres diablos que fueron muertos por ese ronin virtuoso que (de paso) es un hijo de puta. El ronin de Toshiro Mifune en el filme en realidad no es tal: es más un payaso con muchos yarboclos. Pero está pocamadre. Así de posibilidades tiene el personaje del ronin.

Si aceptamos que el amo o el castillo del amo representan el honor –y las raíces– del samurái, quizá se entienda la melancolía inherente al ronin. Al final de Los siete samurái, a pesar de haberse madreado a los bandidos, el jefe de los ronin no siente que hayan ganado. Es un guerrero que se jacta de nunca haber ganado una guerra. El ronin como metáfora, por eso, es algo peligroso: alguien podría argumentar que Nicolas Cage en Leaving Las Vegas es un ronin es un estado tan, pero tan melancólico por aquello que ha perdido, que se dedica a chupar hasta que el hígado le quede como uva pasa. Para el caso, prefiero quedarme con los ronins modernos de Frankenheimer: special-ops que pelean hasta la muerte por ir detrás de un MacGuffin que nunca es revelado.

Post de domingo por la noche

Letrerosestupido

En el primer fin de semana post-NFL me puse a ordenar alguna que otra cosa pendiente del trabajo, vimos el partido de los Pumas (hay problemas ahí, mi lic) y me cagué de la risa con los comerciales ardillas que se aventaron los compadres de Canal Plus Francia, con relación a la escandalosa sanción por dopaje que le cayó al poco o nada cándido Alberto Contador. Lady Fer me arrastró a misa, lo cual fue raro en muchos sentidos: hacía mucho que ni iba, pero las cosas no han cambiado por ahí, lo cual es bueno en algunos sentidos. Pero es raro que esas palabras del ritual que me sé de memoria, en latín y en español, ya no le dicen nada a mi corazón. Y eso que en su día significaron mucho para mí (aunque, como se ve en la imagen, se ve que se mantienen al dia). Pero bueno, nuestro día estuvo, claro, bajo un intenso soundtrack de Whitney The Voice Houston, que ayer por la tarde se nos adelantó en el camino, caray (me encanta esa frase). Ah, y sí, vimos en el cine The Iron Lady. Y he aquí que la verdad no me gustó.

Me parece que es una película que nunca está a la altura de Meryl Streep. La directora y la guionista nunca supieron qué era lo que querían hacer o decir con su Margaret Thatcher, ya que para empezar nunca entendieron a la verdadera Primer Ministro Británica (que ocupó el cargo por un tiempo sin precedentes de tres periodos completos), lo que ocasiono que una Streep emperifollada y, eso sí, impecable, estuviera deambulando extrañamente a lo largo de la cinta.

Thatcher es retratada con los lugares comunes, como el origen humilde y la lucha política desde lo más bajo, siempre hacia adelante. A ella le tocó enfrentar un conflicto difícil que dividió a la opinión británica sobre Las Islas Malvinas (tan de moda otra vez, fíjense), en la que ambos bandos (Argentina e Inglaterra) derramaron sangre que el mundo y, sobretodo, los familiares de las víctimas, vieron como una perdida inútil. Ese, en mi opinión, es el momento que define por excelencia a la Thatcher: una mujer férrea, con una voluntad a prueba de balas y terca como los indios.  Claro que Argentina comenzó la guerra con la invasión de las Islas, así que ella ¿qué podía hacer? Sin embargo, la película no hace hincapié en el momento dramático e histórico que fue su postura en el conflicto.

Los creadores de la cinta se acercan a la figura de Thatcher con una neutralidad que raya en la indiferencia. Estoy de acuerdo que una cinta debe serlo, pero creo que el personaje principal tenía más tela de donde cortar. ¿Era un monstruo? ¿Una heroína? La película no tienen ninguna opinión y, lo que es peor, no nos invita a formarnos una propia. El uso de los flashbacks y de imágenes de época es pobre y débil. Otra vez, Meryl Streep esta impecable en su papel, pero esta película, al igual que un fan que de casualidad se la encentra en la calle, no sabe cómo acercarse a ella.

 

Total, fue un domingo yo diría que aburrido, en el que tambien parece que el Madrid ha empezado a cantar el campeonato de la LPF. Dios, extraño el futbol. Lo bueno que el clima fue otra vez benigno. Genial para escribir sobre ronins, caritas cumshoteras y música de Compay Segundo.


:)       

No Surprises, by Radiohead

(download)

Esta canción es el equivalente musical a una mamada en el cine: un clásico que siempre cae bien. Y se agradece.

 

A heart that's full up like a landfill
A job that slowly kills you
Bruises that won't heal

You look so tired and unhappy
Bring down the government
They don't, they don't speak for us
I'll take a quiet life
A handshake of carbon monoxide

No alarms and no surprises
No alarms and no surprises
No alarms and no surprises
Silent, silent

This is my final fit, my final bellyache with

No alarms and no surprises
No alarms and no surprises
No alarms and no surprises please

Such a pretty house, such a pretty garden

No alarms and no surprises (let me out of here)
No alarms and no surprises (let me out of here)
No alarms and no surprises please (let me out of here)

La cuchara no existe

Era 1999 y yo fiesteaba como si fuera 1999 (bueh, más o menos), y en aquel año supe por primera vez del dharma. Me parece (“me parece” porque ya no me acuerdo) que fue un accidente predecible porque en esa época a) leía un libro de religión comparada, b) padecía de un entusiasmo severo por el hinduismo, cuyo siguiente “paso natural” es el budismo y c) también leía el famoso 7 noches de Borges, de donde se desprende la conferencia titulada “El budismo” (una transcripción con erratas, aquí).
 

En 7 noches, Borges explica algunos conceptos clave como el Buda, la sangha, el dharma y el karma. “¿Qué significa llegar al nirvana? Simplemente, que nuestros actos ya no arrojan sombras”, dice Borges. “Mientras estamos en este mundo estamos sujetos al karma. Cada uno de nuestros actos entreteje esa estructura mental que se llama karma. Cuando hemos llegado al nirvana nuestros actos ya no proyectan sombras, estamos libres (…) Parece imposible que la palabra nirvana no encierre algo precioso. ¿Qué es el nirvana, literalmente? Es extinción, apagamiento. Se ha conjeturado que cuando alguien alcanza el nirvana, se apaga. Pero cuando muere, hay gran nirvana, y entonces, la extinción. Contrariamente, un orientalista austriaco hace notar que el Buda usaba la física de su época, y la idea de la extinción no era entonces la misma que ahora: porque se pensaba que una llama, al apagarse, no desaparecía”. Me encantaba leer a Borges hablar sobre budismo. Me devoré ese texto una y otra vez. Me puse a buscar más y más sobre el tema y, bueh, supongo que era inevitable caer en una clase de meditación. La tomé pero no me gustó nada. A pesar de lo que había leído sobre budismo, todos los estereotipos funcionaron en mí: meditar es relajarse, meditar es poner la mente en blanco, meditar es convertirse en un guey ahuevado e impasible… así es que me dije “yo no necesito esta mierda” y me alejé. Además, decidí que todo el asunto del dharma no era para mí, y continué por mi camino ganeshil que era más “seguro”, más “confiable” y definitivamente más idólatra.
 

No es sorpresa que, por mucho que leyera sobre budismo, continuara siendo presa de mis prejuicios. Cualquier tipo de espiritualidad se nutre de nerds de biblioteca que documentan todo, sin duda, pero sobre todo es praxis. Sin la práctica, la espiritualidad no se mueve a ningún lado. Una frase inmortal de Full Metal Jacket, como me recordaba el otro día, resume esta idea: “You can talk the talk, but can you walk the walk?”
 

A veces, la vida se mueve bipolarmente, baja y sube entre superlativos y comparativos: yo tengo más, tú tienes menos. Mi información es mejor que la tuya. Star Wars es mejor que Star TrekStar Trek es mejor que Star WarsBattlestar Galactica es mejor que cualquier cosa. Burroughs era un fresa moralino para Bukowski. Escribo mejor que cualquiera. He leído más cómics que nadie. Mi revista vende más que la tuya. Mi novia es más cumshotera que la tuya. Y más loca. Sufro más que tú. Mientras tú vas yo ya vengo. El disco duro en mi Mac es más amplio que en la tuya. Y mi auto tiene más caballos de fuerza. El día que hagas el 5% de lo que yo hago… hablamos. Soy lo máximo. Lo más duro. Soy hardcore.
 

Si eso es ser competitivo, debo decir que esta vida moderna tan competitiva tiende a ser aburrida. Sé que lo que aburre no es competir, sino competir por pendejadas sin valor, como “mis jeans de diseñador cuestan más que toda la ropa que usas en una semana”. Pero el materialismo (esa palabra arde: ma-te-ria-lis-mo) no es exclusivo de esto, de hecho el Sindicato Geek está retacado de gente que no compite por dinero, sino por, ejem, “conocimiento nerd”. Como en “yo sé 50 factoides oscuros más de Batman que tú, eres un maldito n00b”.
 

También sé que hay gente a la que no le aburre este tipo de competividad, sobre todo cuando lo mezcla con cotilleo. Pero a mí sí me aburrió. Además: sufres.
 

Ser un pendejo en este mundo podrá ser un negocio a la alza, pero al final no es un buen negocio porque tiene ingredientes de ansiedad, angustia y depresión. La ansiedad por el status es una bomba. Gente enferma de prestigio. Sea por tener más lujos y amistades de renombre, o por ser 25% más early adopter que su vecino early adopter.
 

Ahora, vuelvo a mi caso: sé que me precede una fama de vinagre punk, pero debo decir en mi defensa que he tratado de dejar de ser así: de hecho, tengo ya algunos años peleando constantemente contra mí mismo en casa, en la oficina, en el tráfico y hasta en Twitter. La pelea consiste en observarme tal cual soy, en mi forma más cruda, sin elaborar grandes juicios sobre mí mismo. De ese modo no permito que mi lado oscuro avasalle a “los buenos ángeles de mi naturaleza”. Me explico: Darth Gerardo es un personaje bien estúpido, pero cuando lo observo tal cual es le quito su poder o parte de su poder, al menos. Menos amargura, menos conflictos, menos gritos y sombrerazos. La verdad es que ya no me interesa. Pelear conmigo mismo ha probado ser bastante más interesante y cansado que andar por la vida peleándome con el resto del mundo. De por si tengo mal genio. En el trabajo (o anteriormente en la universidad) hablo con una voz que parece estar permanentemente encabronada. Y así es esto de ser jetón: aunque trates de ser buena onda, inevitablemente habrá quien te vea como un ogro hijuepú.
 

El año pasado, mientras progresaba lentamente, una jeva que cayó accidentalmente en mi vida, sin proponérselo me mostró de nuevo el camino del dharma, y una y muchas formas de mejorar en mi madriza diaria conmigo mismo. Esta persona, que en un sentido funcionó en mí como un kodama, me enseñó otro acercamiento al budismo, el de Chögyam Trungpa Rinpoche, el autor de la visión de Shambhala. La secuencia fue la siguiente: mi kodama me prestó un libro, yo leí el libro, entendí un chingo de cosas. Mi kodama me explicó el libro y entendí aún más cosas. Entre las ideas que kodama me clarificó se incluía una realmente esencial: que no iba a moverme a ningún lado si no iniciaba una práctica constante de meditación. Mi kodama me invitó, pues, a una clase de meditación.
 

Y así, gracias al sensei de la clase y gracias a mi kodama, comencé a meditar. Poco a poco y sin entender mucho, pero me esforcé por seguir haciéndolo. Pasaron los meses y empecé a darme cuenta que mi único problema no era Darth Gerardo, El Culero, sino los otros personajes que me permiten hacerme pendejo en esta vida, como Gerardo Chantajista, Gerardo Huevón, Gerardo Con Baja Autoestima, Gerardo Presa Fácil De La Ansiedad, et cetera, et cetera, et cetera.
 

A medio año de haber iniciado en la práctica de la meditación, veo que no me ha dado superpoderes: no puedo mover objetos con la mente, no puedo manipular a la gente con el viejo y estarrio truco Jedi (“you don’t need to see my identification”), no consigo a la chica que quiero con solo tronar los dedos, no puedo lograr que Gorillaz venga a México (aunque Mark Lanegan sí va a venir, pero no creo que tenga mucho que ver en eso), ni que mi perro Pifas II aprenda a jugar Halo Reach en dificultad Legendaria. Ni siquiera creo ser “mejor persona”, mucho menos sentirme más cerca del “despertar” o de la pedorra “iluminación”, whatever than means… de hecho sigo jetón, mandón y con problemas emocionales. ¿Qué ha cambiado entonces? Es difícil decirlo. No voy a convertirme en un militante del budismo en alguna de sus múltiples denominaciones. No voy a participar pronto en un Dathün, un retiro de un mes entero para dedicarlo casi exclusivamente a la meditación. Estoy muy lejos. Lejos, lejos. Quizá, para mí, de momento se trate solo de aquello que Sócrates llamaba gnothi seauton. Y, cada día, tratar de recordar que la puta cuchara no existe. Es suficiente por ahora.
 

¿Y el dharma? Ahí está, con su vibrante presencia, de nuevo en mi vida. Esa jeva, ese kodama duendecil me hizo un gran regalo que espero pagar en el futuro. Sé que lo haré.

Hugo

Hugo-2

 

Hugo es diferente a cualquier otra película que Martin Scorsese haya hecho nunca, y sin embargo es, posiblemente, la más cercana a su corazón: tienen un gran presupuesto –es una épica en 3-D impecablemente filmada y para toda la familia- y es, en cierto modo, un espejo de su propia vida. Es la obra de un gran artista al que se han dado las herramientas y los recursos que necesitaba para hace una película sobre… eh, las películas. Que también es una fabula fascinante para (algunos, no todos) los niños que verán mejor que ningún otro espectador la profundidad sentimental de la obra.


En términos generales, la historia de su héroe Hugo Cabret es la historia de Scorsese. Todo ocurre en París, en los años 30 del siglo pasado, donde la escolarización sirve como el parámetro para el funcionamiento de los mecanismos artísticos que se ejecutan en la familia. El tío de Hugo está a cargo de los relojes en una cavernosa estación de tren en París. Y el sueño de su padre es completar un autómata, un hombre automatizado que encontró en un museo. Él muere sin haberlo perfeccionado.


En lugar de ser tratado como huérfano, el niño se esconde en el laberinto de escaleras, vestíbulos, pasillos y engranajes de su propio mecanismo de relojería en el que se ha convertido su mundo, manteniéndolo en movimiento, en el momento justo. Se alimenta de croissants robados de las tiendas de la estación y comienza a escabullirse a las películas.


Su vida en la estación se complica gracias al dueño de una tienda de juguetes llamado Georges Mélies. Sí, ese viejo gruñón (interpretado por Ben Kingsley) no es otro que el Inmortal pionero del cine francés. Y también es el inventor original del autómata. Hugo no tiene ni idea de esto. El Mélies real era un mago que hizo sus primeras películas para jugar malas pasadas a sus audiencias.


Martin Scorsese ha hecho su primera película en 3-D y se trata nada más y nada menos sobre el hombre que inventó los efectos especiales. No podría ser de otra manera.  Y es que hay un paralelo entre la historia de su película y la del pequeño Martin asmático, observando su barrio de Little Italy desde la ventana de su apartamento, tomando la esencia del cine de la tele y los teatros locales, tomando a los grandes directores como sus mentores.


La forma en la que Hugo se ocupa de Mélies es encantadora por si misma, pero la primera mitad de la película está dedicada a las aventuras de su joven héroe. La cinta utiliza CGI y otras técnicas  para crear la estación de tren y la ciudad; todo visualmente es impresionante. El primer shot abre con el paisaje urbano de París en su vasta longitud y termina con Hugo (Asa Butterfield) mirando por un agujero en una esfera de reloj muy por encima del suelo de la estación. Seguimos pues sus aventuras, muy a la Dickens, viendo cómo siempre se mantiene delante del colérico inspector de la estación (Sacha Baron Cohen) en las secuencias de persecución a través de multitudes de viajeros. Hugo siempre se las arregla para escapar de vuelta a su refugio detrás de los muros y por encima de los techos de la estación.


Su padre (Jude Law), visto en flashbacks, le ha dejado sus apuntes, incluyendo entre ellos sus planes para terminar el autómata. Hugo parece una clase de genio de los engranes, tornillos, resortes y palancas, y el hombre mecánico mismo es una obra maestra del impresionismo, de brillante y acero y de latón.


Un día Hugo es capaz de compartir su secreto con una chica llamada Isabelle (Chloe Grace Moretz), que también vive en la estación y fue criada por el viejo Mélies y su esposa. Ella se introduce en el mundo secreto de Hugo y él en el suyo: los libros de las cavernosas bibliotecas que gusta de explorar. Estos dos niños brillantes están a kilómetros de distancia del estereotipo tierno y pequeño de los niños en la mayoría de las películas familiares.


Para un amante del cine las mejores escenas vienen en la segunda mitad del film: una colección de flashbacks que trazan la historia y la trayectoria profesional de George Melies. Ustedes pueden haber visto alguna vez su cortometraje más famoso, Un viaje a la Luna (1902), en la que viajeros espaciales entran en un barco que recibe un disparo de cañón hacia la Luna. Scorsese ha hecho documentales sobre grandes películas y directores y aquí aplica esas habilidades para contar historias. Vemos a Mélies (que fue el primero en construir un estudio de filmación) utilizando conjuntos de trajes fantásticos y extraños para hacer películas con efectos mágicos –todas ellas entintadas a mano, cuadro por cuadro. Y a medida que la trama hace conexiones poco probables, el anciano  es capaz de descubrir que no es olvidado, y que merece estar por siempre y para siempre en el Olimpo de los artistas.


La mayoría de las películas actuales en 3-D usa esa tecnología de un modo más bien ingenuo. Pero Scorsese utiliza el 3-D aquí de la forma en la que siempre debería utilizarse: no como un truco publicitario, sino como una forma de intensificar el efecto total. Observen en particular su recreación del famoso cortometraje de los hermanos Lumiere Llegada de un Tren a La Ciotal(1897). Ustedes probablemente hayan escuchado la leyenda que envuelve esa película: como un tren corre hacia la cámara y la audiencia entra en pánico tratando de salir de su camino. Esa es la muestra de un buen uso del 3-D, que los Lumiere podrían haber utilizado de haber estado disponible en sus días.


Hugo celebra el nacimiento del cine y dramatiza la cruzada personal de Scorsese: la preservación de películas antiguas. En una escena desgarradora, nos enteramos de que Mélies, convencido de que su tiempo había pasado y su obra había sido olvidada, fundió incontables películas suyas para que su celuloide se usara en la fabricación de tacones de zapatos de mujer. Pero no todas fueron fundidas y al final de Hugo vemos que, gracias a ese chico, nunca lo serán. Ahora, un final feliz hecho especialmente para ustedes.

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