84rd Academy Awards

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Era como un episodio de La Dimensión Desconocida: el premio Oscar a la mejor película del 2011 fue para The Artist, la película muda en blanco y negro que parecía por demás humilde frente a las grandes producciones contra las que competía, pero que terminó ganando porque… bueh, porque es una película condenadamente divertida e impecable (próximamente mi reseña). Su victoria parece ser la vuelta de Hollywood a homenajear su esencia, por lo cual también fue una noche de humillación para Martin Scorsese. Una más.

 The Artist y Hugo fueron las grandes triunfadoras de la noche, pero El Artista ganó en las categorías principales de Mejor Película, Mejor Director (Michel Hazanavicius) y Mejor Actor. La Invención de Hugo Cabret, por su parte, arrasó en categorías técnicas –lo cual parece normal si consideramos que una de las más grandes fortalezas de la película es su tecnología en 3-D. Ambas películas evocan el pasado de Hollywood, la temática durante toda la noche de la premiación: la celebración por lo retro.

La mayor sorpresa de la noche la dio Meryl Streep al ganar su tercer Oscar por su impecable actuación como La Dama de Hierro (léase por favor con voz del Perro Bermúdez). Ella misma dijo que había escuchado a la mitad de Norteamérica diciendo: “¿¡Otra vez!?” Fue un premio merecido, claro, pero creo que la favorita de propios y extraños era Viola Davis por La Chacha (así le puso Artecinema, ¿no?). El franchute Jean Dujardin, ganador como mejor actor por The Artist, solo pudo decirle a los gringos: ¡”Me encanta su país!” Bien original el muchachote, ya ven. Como sea, agradeció la inspiración de la gran estrella del cine mudo Douglas Fairbanks, quién a la postre fue el host en la primera entrega de los Oscar.

Después de la caída de los últimos tiempos del rating de la ceremonia, en parte por host no muy afortunados, esta vez tuvimos una ceremonia bastante entretenida, una mejora sin reservas. Todo el espectáculo trataba de remontarnos a la época dorada de Hollywood, en un teatro vestido para parecer lo más cercano a un palacio del cine tradicional. El espectáculo en general tuvo un ritmo rápido (aunque la duración fue la tradicional), enriquecido por fragmentos de películas clásicas y adornado de más por capsulas en las que algunos actores hablaban de cómo el cine los había inspirado (lo cual no fue taaan inspirador. Para citar al maese Crystal: yo nunca he sentido eso viendo películas. Snif).

La presión estaba sobre el host de este año, Billy Crystal, quién le entro como bateador emergente, luego de la baja de Eddie Murphy. Y, como siempre, el tipo hizo un trabajo estupendo. Fue una conducción muy cagada, con un humor inteligente y con una improvisación envidiable. Al principio se aventó la puntada de improvisar un mini musical para cada una de las películas nominadas en la categoría grande (un pequeño gran giño que no decía por donde iban a estar los tiros). Después del letargo casi permanente en el que nos sumieron Anne Hathaway y James Franco el año pasado, el trabajo de Crystal fue como un balazo en la rodilla. Fue lo que es, el segundo mejor maestro de ceremonias de los Oscar (solo por detrás del legendario e insuperable Bob Hope), incluso llegando a superarse a sí mismo, año con año.

De vuelta a la premiación, el momento más emotivo de la noche fue el triunfo de Octavia Spencer como Mejor Actriz de Reparto por su personaje de La Chacha (¡qué así le pusieron!). Fue, sin duda, la mejor ovación de la noche. Y, claro, la señora Spencer dio un speach enternecedor, cortado solamente por su llanto incontrolable. Se ve que sí se emocionó. Por otro lado, el premio más pronosticado de la noche fue el Oscar como Mejor Actor de Reparto que se llevó en buen Christopher Plummer (nuestro Tolstoi favorito) por su trabajo en Beginners. Con sus 82 años cumplidos, se convirtió en el más estarrio ganador de la estatuilla, a la que le dijo en su discurso: “eres solo dos años mayor que yo, ¿dónde has e4stado toda mi vida?” Bueh, supongo que algunas cosas es mejor nunca saberlas. Como sea, el señor fue honrado con una ovación de pie, lo cual no es de extrañar; en la alfombra roja había bromeado con un reportero acerca de que si no recibía un aplauso de pie, lo exigiría. Es mejor así, supongo.

La querida Rango se llevó el Oscar por Mejor Película Animada; premio muy merecido para una gran cinta western dirigida por el responsable de la tres primeras entregas de Piratas del Caribe. El mejor documenta fue para Udefeated, la inspiradora historia de Bill Courtney, coach del equipo de americano de North Memphis, Tennessee. El tipo no es remunerado, solamente es un voluntario, quién no solamente se encarga de las cuestiones propias del deporte, sino que se preocupa por las vidas de sus alumnos fuera del emparrillado. Como se darán cuenta, no la he visto, pero le traigo ganas, eso que ni qué.

Woody El Maestro Allen ganó el Oscar por Mejor Guión Original gracias a su scrip de Midnight in Paris, su fantasía entretenida sobre un escritor mágicamente transportado al París de Hemingway, Fitzgerald y Dalí; que a la vez en su película más taquillera ever. El maese Allen ha sido nominado en 23 ocasiones al Oscar (en diferentes categorías), pero nunca va a la ceremonia. Esta vez no fue la excepción. Seguramente estaba tocando el clarinete en algún bar neoyorquino o viendo un partido (repetido) de los Knicks en casa. El tipo es mi héroe. El Oscar para Mejor Guión Adaptado fue para el crú de The Desendants, con Alexander Payne a la cabeza. No he visto la película, pero supongo que es, ya saben, buena.

La Mejor Canción Original fue para Bret McKenzie y su Man of Muppet de, ejem, la película de Los Muppets! Como sea, no es una de las mejores canciones de la historia ni mucho menos, pero por lo menos era mejor que su única competencia, la canción principal de Rio. Si, Rio, la película animada del año pasado. Sí, yo tampoco la vi. Hablando de música, tuvimos un espectáculo bastante padre de Cirque Du Soleil (así se escribe, ¿no?) en el que le rendían homenaje (¡¡¡uno más!!!) a la escena de Cary Grant en North by Northwest, con la música de Danny Elfman de fondo.

Este año el miembro de la audiencia detonante de la mayoría de los chistes fue Martin Scorsese. Y sí, fue otra noche de decepción, aunque no para él (supongo), sino de sus fans que esperaban verlo triunfar ahora sí en una noche de Oscar. Y otra vez no se pudo, snif. En mi opinión, Hugo es una mejor película que The Artist, pero eso es lo que menos tiene que ver a la hora de los premios.

Y todo lo anterior solo dejaron un tema que discutir en todos los desayunos de negocios en la industria de Hollywood de este lunes: ¿cómo caraxos podemos hacer el remake hollywoodense de una película muda en donde todos hablan inglés y en donde todos los actores, excepto 2, son americanos?

Eso los mantendrá ocupados un rato.       

I always wanted to be a gangster

Scorsese

Goodfellas es una película cabrona y no mamadas. Grandes diálogos, grandes actuaciones, una edición esquizoide, gran soundtrack (aunque, para la onda Scorsese, es mejor el de Casino), un guión derechito y hecho como Dios manda. Además, Scorsese en verdad no se tocó el corazón al glorificar y ponerle glamour al mundo de la mafia. A huevo, como Henry Hill (el personaje de Ray Liotta), todos salimos del cine con ganas de ser gángsters. A continuación, un gran diálogo entre Jimmy Conway (De Niro) y Tommy DeVito (Joe Pesci), luego de que el último le pega un tiro a un pobre diablo:

 

JIMMY CONWAY: What’s the fuckin’ matter with you? What – what is the fuckin’ matter with you? What are you, stupid or what? Tommy, Tommy, I’m kidding with you. What the fuck are you doin’? What are you, a fuckin’ sick maniac?
TOMMY DEVITO: How am I meant to know you’re kidding? What you mean, you’re kidding? You breaking my fuckin’ balls?
JIMMY CONWAY: I’m fuckin’ kidding with you! You fuckin’ shoot the guy?
HENRY HILL: He’s dead.
TOMMY DEVITO: Good shot. What do you want from me? Good shot. Fuckin’ rat anyway. Kid’s all rat. He’ll grow up to be a rat.
JIMMY CONWAY: You stupid bastard, I can’t fuckin’ believe you. Now, you’re gonna dig the fuckin’ thing now. You’re gonna dig the hole. You’re gonna do it. I got no fuckin’ line. You’re gonna do it.
TOMMY DEVITO: Who the fuck cares? I’ll dig the fuckin’ hole. I don’t give a fuck. What is it, the first hole I dug? Not the first time I dug a hole. I’ll fuckin’ dig a hole. Where are the shovels?



Lean el libro, si pueden. Se llama Wiseguy y lo escribió Nicholas Pileggi. Lo venden en Amazon.com. Al menos hagan la guarrada de leer pedazos con la función Search Inside. Vale la pena muy cabrón.


Goodfellas fue la primera vez que, de manera balcona, la Academia ignoró a Martin Scorsese (es el tipo de la foto, justamente durante la filmación de Goodfellas). Después, claro, le dieron un Oscar por The Departed, que, aunque merecido, apestó más a homenaje que a otra cosa. Este año, el maese Scorsese (salió verso sin esfuerzo) llega a la noche de los Oscar nuevamente multinominado gracias a una película impecable. Solo que, a diferencia de The Last Temptation of Christ o Taxi Driver, Hugo es para toda la familia. Una de esas cintas que históricamente han sido premiadas por Hollywood. Así que, quién sabe, quizá esta noche el neoyorquino sí arrase de verdad en la ceremonia. Lo cual sería por demás merecido. Solo por eso vale la pena ver los Oscars de este año. Por eso y por ver escotes hasta el ombligo. Ya se siente la primavera, mi lic.

Fantasías animadas de ayer y hoy

Lo confieso: muchos de los mejores momentos que pasé en mi infancia fueron cortesía de la caja idiota. Estas son 5 de las más memorables caricaturas de mis años mozos (y sus openings!), que han sido influencias en mi trabajo de ficción y que han contribuido a que, a partir de ellas, me haya convertido en un amante de la cultura pop. Que buenos tiempos, chingau.

Mazinger Z


Un anime más ochentero que un helado Danesa 33 en casquito de futbol americano, pero que vi retransmitido cortesía del canal 7, todas las tardes a las 4 p.m. Creo que no es necesario explicar la trama de sus más de 400 episodios, solo resta decir que fue la primera serie de mechas que me voló la tapa de los sesos y que me hizo ver que esos japoneses se pintaban solos para las batallas y las referencias un tanto hornys (Afrodita y sus proyectiles son inolvidables).

Los Caballeros de Zodiaco


Un grupo de adolescentes son mandados a diferentes partes del mundo para entrenar y convertirse en los protectores de la reencarnación moderna de la diosa Atenea. Okey, fuera de eso, este fue el primer anime que contenía mutilaciones, cráneos destrozados y baños de sangre que hubieran espantado al propio Bruce Campbell. La caricatura me regalo una no muy sana obsesión por la mitología griega (que derivo en otra obsesión por la historia antigua), un montón de figuras de acción que se perdieron en el Limbo y una desensibilización hacia la violencia grafica. Pasaba todas las noches, a las 7.30 p.m. (aunque después cambió de horario, a las 5.30 p.m.), también por canal 7 (la cancioncita sigue emocionandome, jeje).

Animaniacs


Una caricatura más gringa que las Big Mac, producida y creada por Steven Spielberg y claramente influenciada por el anime, que me hacia cagar de la risa todas las noches a las 7 p.m. por Canal 5. Claro que cuando la veía no entendía ni la mitad de las referencias de cine, literatura y arte en general, pero su humor clásico muy de la Warner era suficiente para entretener. Más tarde entendí, ahora sí, las referencias y la amé aún más. Quizá nunca tuvo el éxito de Los Simpson o el culto de Darla, pero es inolvidable. Para muestra, sus parodias de West Side Story, Goodfellas, Rocky, los Power Rangers, Sunset Boulevard y los clásicos Pinky y Cerebro (dignos supervillanos de James Bond). Pura cultura, mi lic.

Los Super Campeones


Completaba junto con Animaniacs el horario estelar de las caricaturas en Canal 5 (esta pasaba a las 7.30 p.m.). También era ochentera, pero según mi hermano nunca tuvo éxito durante esos años, por lo que se retransmitió durante los primeros años de los noventa. Un tanto repetitiva y muy fumada, contaba la historia de Oliver Atom, un jugador de futbol sobresaliente que comanda al Niupi, equipo de su escuela que competía en diferentes torneos de pambol por todo Japón. O algo así. Como sea, siempre fue entretenida e interesante, por más que sus acrobacias apelaran cada vez más a nuestro sentido de la incredulidad. Tuvo muchas ramificaciones y hasta donde sé, incluso se hizo una versión especial cuando el Mundial del 2002, pero la original siempre fue mejor, creo. Recomendado sobre todo por las pericias del Furano, equipo que tenía el mejor juego de conjunto pero que nunca ganaba nada (como el Atlas de los noventa que me conquistó), y la eterna rivalidad entre el bueno de Oliver y el malo de Steve, tipo rudo y de pocas palabras, pero buen corazón para con sus carnales menores. Ajá, como la rivalidad entre Steelers y Cowboys.

Dragon Ball


¿Qué podemos decir de Mister Pelos de Araña que no se haya dicho antes? La obra maestra del Inmortal Akira Toriyama  llegó a territorio azteca en el verano de 1994 (poco después de la Copa del Mundo de ese año), en el modesto horario de las 2 p.m. (a las 2.30 pasaba esa otra grande retro llamada Transformers, solo que no tenía una versión animada de Megan Fox). Y aunque su rating no fue muy bueno al principio, pronto conquistó a los que seriamos su fans incondicionales por más de 5 años. Dragon Ball contaba la historia de Goku, niño con cola y pelos parados y extremadamente fuerte, quién en compañía de sus amigos trataban de encontrar las Esferas del Dragón, objetos legendarios que si se juntaban todos (eran 7), invocaban a un Dios, ejem, Dragón que podía cumplir cualquier deseo. Goku, a pesar de su extraño parecido con un mico, tenía buen corazón y un gusto inusitado por las peleas, por lo que además de participar en diferentes torneos de artes marciales (que parecía nunca iba a ganar), trataba de impedir que los malos se apoderaran de las Esferas. A lo largo de las tres primeras temporadas, las Esferas fueron el MacGuffin de la historia, pero pronto le fueron dando más protagonismo a las peleas que, supongo, todos identifican. El del Peinado a la Robert Smith pronto fue creciendo, las tramas pronto se hicieron más complejas, pero nunca se perdió el humor de la serie, los chistes un poco picantes (sobre todo si los ves a los 6 años), los momentos lacrimógenos (este fue el primer anime que me hizo derramar las de cocodrilo) y claro, las escenas épicas. Ya después vino la fama, las figuras de acción, los albums de estampas ($1.50 costaba el sobrecito con 5) y las sagas Dragon Ball Z y Dragon Ball GT aterrizando en el horario estelar y teniendo más audiencia que las propias telenovelas del canal de las estrellas. Y aunque siempre fui fan (y aún lo soy), creo que mi parte favorita es la primera, la simple Dragon Ball con el Goku niño, Bulma que fue el despertar sexual de muchos, los militares de la Patrulla Roja, el gato y el puerco que podían transformarse en lo que fuera (en teoría y solo por poco tiempo), la primera batalla contra Pikoro, el mejor opening en mi opinión (grande en el karaoke, mi lic) y los inolvidables torneos de las artes marciales. Goku parecía ser el eterno perdedor en ellos, ya que no pudo ganar la final en dos ocasiones (y de maneras por demás pendejas), pero pronto demostró que él y solo él era el guerrero legendario. Aprende, pinche Neo.

 

My Way, by The Sex Pistols

(download)

Del episodio Donnie Fatso, perteneciente a la temporada 22 de The Simpsons:

Home Simpson never again worked
for the FBI. Though he continued to play
in the Mafia softball team.

Moe developed a taste for burning buildings
and became a serial arsonist. He was
never caught... no, wait. They just got him.

Lenny and Carl opened a shave ice stand
on Maui. The most popular flavor was
banana-mango. They earned a meager
but sufficient living for the rest of their days.

Goodfellas writer Nicholas Pileggi had
nothing to do with this episode. He is
currently serving a life time on marriage to
Nora Ephron without possibility of parole.


No son los mejores años de la serie, por mucho, pero es bueno saber que todavía pueden hacer cosas buenas. El episodio es una joya. Para verlo, den clic aquí.  
Una rola digna de un funeral punk.

The Zoocial Network

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Aunque no llevo mucho tiempo, les manejo que estoy en el negocio de la comunicación y me siento orgulloso de ello. Me obsesioné en su momento con la new media, los predicamentos de McLuhan, Toffler, Negroponte y de Kerckhove; vi el auge del reality, la anunciada y nunca concretada muerte de la estrella del radio y la burbuja noventera del internet inflarse y estallar; he podido ver cómo funcionan de cerca las tripas del medio escrito, la web, la radio y la televisión, y he participado en ellas desde la universidad. Lo cual me encanta, claro, pues ese es mi day job; mi night job es escribir ficción. LOL.

Y… nada tan raro como las redes sociales. Las redes zoociales. Recuerdo que entre 2006 y 2007 nos fileteábamos el cerebro pensando cómo agregar esos nuevos animales a nuestra programación diaria de hacer revistas, nosotros, los (futuros) pobres editores de medios impresos en medio de la migración de lectores a los medios online. Todo era un caos. No sabíamos hasta qué grado podría llegar la participación del público. En 2005 acudí a una conferencia en la Sociedad National Geographic sobre el “long tail“, aquella visión que separaba la relevancia del broadcaster establecido (los grandes medios de comunicación) contra millones de mini-broadcasters en blogs (los pequeños usuarios de internet, pero que son un chingo). Hoy a esto se le conoce como “consumer-driven content” (contenido impulsado por el consumidor) y, no sé si sea bueno o malo, pero es esencialmente el gérmen de los memes y demás pendejadas que nos damos a diario en la red.

Algo tuvo que ver ese animal horrible llamado “periodismo ciudadano”. Alguna vez lo dije a manera de símil: la medicina ciudadana no existe, bueh, solo en casos de extrema urgencia, y no es propiamente un asunto médico que un desconocido te atienda una herida porque no hay de otra, es solo LA VERDAD DEL MOMENTO. No suelo escribir en altas porque es feo, maleducado, oloroso y poco respetuoso a las reglas de la lengua, pero sentí que venía al caso. LA VERDAD DEL MOMENTO te puede rebasar si tienes las tripas derramadas en el periférico luego de un accidente automovilístico. No importa si eres rico o pobre, estúpido o inteligente. Te vas a aferrar a lo primero que veas, ¿no? Bien puedes decir “venga de ahi mi médico ciudadano, quiero sujetarle de la mano”. LA VERDAD DEL MOMENTO no es que ese buen hombre sea un médico, es lo único que hay, quizá la última persona con la que hables en esta Tierra. Lo cual es… patético. LOL.

Pero vuelvo al tema. ¿Qué pasa con los periodistas ciudadanos? Cuando sucedió el infame ataque de Atocha en Madrid, el 11 de marzo de 2004, fue sorprendente la cantidad de fotografías de usuarios de teléfonos móviles en los sitios del atentado. Antes que cualquier televisora o periódico, antes que la BBC, el UK Telegraph, Le Monde, El País, The New York Times, CNN y Antena 3, la gente tomó fotos, se las mandó a otras personas o corrió a subirlas a la red. En 2004 la web móvil no estaba tan avanzada como ahora —ni la resolución de los teléfonos—, pero aquello fue un hito. ¡Periodismo ciudadano!, gritaron muchos en su momento, y otros tantos se escandalizaron pensando quizá que el oficio se iba a banalizar y que muchos perderían su trabajo. Lo único que sucedió fue que mucha gente en ese momento iba pasando con un móvil con cámara fotográfica en las manos. Esa fue LA VERDAD DEL MOMENTO. No que fueran periodistas. Quizá sí eran ciudadanos, pero la mayoría no eran periodistas. Igual su aportación a los hechos noticiosos consternó en buena medida a la industria de la comunicación. Sobre todo a los que predecían que nos ibamos a quedar sin chamba porque gracias al internet una masa anónima de usuarios iba a hacer nuestro trabajo.

Creo que muchos comunicadores no se quedaron sin empleo. Y también creo que llegó mucha gente sin oficio a hacerse pasar por comunicadores. LOL.
Entran las redes sociales. El sorprendente mundo de “quiero conocer gente” de aquel horroroso Hi5 dio paso al aún mas sorprendente mundo de “quiero conocer gente + quiero que todos sepan lo que estoy haciendo” de Facebook. En el camino, Facebook agregó granjas digitales, pésimas costumbres gregarias —como “pega esto en tu muro…”— e historias horrendas de depredadores sexuales, gente que pierde su empleo por postear pendejadas y mujeres embarazadas que abren el Facebook de su feto varios meses antes de que nazca —y se edpresan como idiotad podke todod sabemod que loz fetod tienen pobemas de habla. ROTFLOL.

Pero este no es un post sobre la fauna facebookera. Tampoco sobre la fauna tuitera, de eso —del ego, la obsesión por el sobrevaluado número de followers, los “tweetstars”, las prácticas malsanas en torno al hashtagueo ridículo o el erreteo mongólico— me quejo casi todas las semanas. Ja. No voy a profundizar en ello, pero sí tiene que ver con el simple y bello hecho de que no todos los seres humanos fueron llamados a ser comunicadores. Es decir, cualquiera lo puede hacer, y vaya que pasamos buena parte de nuestra vida comunicándonos con otros seres humanos. Twitter y Facebook, entre otras tres docenas de redes sociales, son el espejo de nuestra forma de hablar por teléfono, redactar un mail, mover las manos y las nalgas, coquetear y hacer sentir nuestra presencia en una habitación. Al mismo tiempo, y por muy contradictorio que suene, ese espejo es una torcida visión de nosotros mismos. Cuánta gente no exhibe una personalidad extrañamente extravertida y explosiva en la red social, gente que conocemos en persona o con la que convivimos y sabemos que no todo el tiempo es así. Y al revés también sucede: tipos exitosos y socialmente afables en el ambiente oficinil pueden ser inexistentes en sus redes sociales. Lo cual, me parece, es perfectamente normal. Un hombre puede ser un gran amante a la hora de comunicarse proxémicamente con su mujer en el colchón, y un perfecto estúpido a la hora de escribir un correo. Y viceversa. El mundo de los geeks está lleno del ejemplo en “viceversa”, BTW :D

Sin embargo, la mayoría del mundo no tiene el don de la comunicación. Y además, depende de qué tipo de comunicación estemos hablando, claro. Están los que hablan bien. Los que escriben bien. Los que se ven bien —oh sí, eso también tiene que ver con el ámbito de la comunicación— a cuadro o solo “fotografían bien”. Pffff. Y no me parece mal que las redes sociales “empoderen” al individuo y le den voz y voto. Independientemente de lo que yo piense al respecto, eso está sucediendo. Los usuarios dan su opinión todo el tiempo, se envalentonan, formulan hashtags, reclaman, pelean. Pero ese no es el tema del post. No insistan.

En las principales redes sociales de hoy no se admite el rich text —Google+ medio toma algunos recursos de Gmail para este fin— así es que la gente debe valerse de sus propios métodos en texto plano para decir las cosas. Como gritonear ESCRIBIENDO EN ALTAS QUE ESTUVO DE SUPUTAMADRE EL CONCIERTO. O abusar de los signos de exclamación!!!!!!! O agregar un emoticón —Ò_ó— bien chispa cada vez que se dice algo. O abusar de: LOL.
Las tipografías en bold e itálicas enfatizan una frase o palabra, pero su uso depende del contexto y, duh, la frase o palabra. El uso diario nos da pistas de cuándo sí y cuándo no emplearlas. La tipografía en mayúsculas, por regla, antecede a un nombre propio —cosa que el beato Steve Jobs destruyó cuando lanzó el iPod. Redactar en mayúsculas distrae y molesta, a menos que se trate de una frase corta o unas siglas. De otro modo está F.U.B.A.R. Los puntos suspensivos son tres, y en ese sentido no deberían de insistir en usar más de tres: en realidad se trata de un signo con tres puntos (comando + punto en una Mac), no de tres puntos tecleados consecutivamente. Su nombre clásico es elipsis y denota una pausa. Por eso, poner diez puntos suspensivos es tonto e innecesario. No quiere decir nada.

La diagonal esencialmente sirve para separar. Con una que usen, de nuevo, es suficiente. Esto es innecesario: //. Menos aún cuando no están separando nada, genios.

No soy un sibarita de la lengua, para nada. De hecho, soy bastante pocho, les manejo el spanglish y el uso —y abuso— burdo y coloquial de las palabras. Sin embargo, tengo mis límites. O los observo con cuidado. No me molesta que la gente escriba como se le pegue la gana, o como Dios les dé a entender, sobre todo en espacios públicos como las redes sociales, pero no puedo dejar de elevar las cejar cada vez que leo una burrada. Y no me refiero al lolspeak o al padonki, que son auténticos lingos procreados espontáneamente en internet.

Creo que mis cejas elevadas tienen que ver con que para mí escribir es algo bello, es algo inherente a mi oficio. No tengo los speaking skills —soy tartamudillo—, pero sí los writing skills. Igual no soy tan reclamón por el hecho de que no todo mundo sepa usar medianamente bien el lenguaje escrito. Primero porque no es algo que me quite el sueño. Y segundo porque la esencia de por qué el “periodismo ciudadano” es una jalada, es porque el mundo aún necesita verdaderos periodistas que reporten la nota y produzcan la información. Esa es LA VERDAD DEL MOMENTO. El mundo necesita gente que sepa fabricar mesas. Reparar y cambiar neumáticos. Fabricar buenas playeras. Ensamblar juguetes. Cosechar jitomates cherry. Enseñar yoga. Cuidar enfermos. Dibujar letreros de salidas de emergencia. Tocar el piano. Cortarle el pelo a los perritos. Meter goles. Limpiar ventanas desde un piso 35. Volar aviones. Darle de beber a la gente que viaja en esos aviones. Sacar cuentas. Escribir poemas. Escribir guiones de películas. Escribir cuentos para niños. El mundo es tan hermoso porque es tan diverso. ¿No lo creen? ^_^

Porque hay lugar para todos. Para los que escriben respetando las reglas. Y para los que se cagan encima de la lengua de Cervantes en cada tuit. LOL.

Telequinesis

Tetsuo

La primera vez que vi un trabajo de ficción sobre telequinesis y dije “guau” no fue en Carrie –aunque me la pasé muy bien cuando la vi por primera vez–, sino con Domu de Otomo: la niña recién llegada y el viejito loco partiéndose el queso en una unidad habitacional de Tokyo me rompió la madre. Después de ver al maricón de Sylar en Heroes haciendo ademanes Jedi para aventar al aún más maricón doctorcito hindú por la habitación, recordé los verdaderos placeres de dos seres telequinésicos arrancando cimientos de edificios o aventando “esferas psíquicas invisibles” a sus enemigos, y dejando detrás de sí la hondonada en la pared… seguro, la telequinesis debe servir para hacer trabajos que implican coordinación motriz fina (y no me refiero a ese otro joto, Hayden Christensen, pasándole a su novia un durazno nabooeño del otro lado de la mesa), pero lo que pone duros los pezones de los fans es ver las madrizas a gran escala. Con sus limitantes, claro. Neo despegando y dejando el pavimento hecho chicharrón: cool. Neo y el Agente Smith hechos de hule y peleando entre las nubes: no cool. No puedo estructurar las muchas variantes de la telequinesis: ¿gracias a ella se puede volar? ¿Explotarle el cerebro por dentro a un enemigo? ¿Apuntar con precisión objetos punzocortantes? ¿Quitarle la ropa a una chica? ¿Incluso leer mentes y comunicarse mentalmente, como lo haría un, ejem, “telépata”? ¿No es una mamada que la telequinesis de repente tenga tantas variables, cuando esencialmente es el poder para apachurrar y mover objetos con la mente, con suerte con fuerza bruta?
 
Como sea, la telequinesis es mi poder favorito de la ficción nerd. Amo que Katsuhiro Otomo haya puesto a los niños como el objeto del poder desatado de la mente; en Carrie, Stephen King intuyó que una adolescente –llena de hormonas y energía– sería el caldo de cultivo ideal para el poder telequinésico. Y Tetsuo de Akira es justamente eso, un postpuberto que acaba de descubrir que puede hacer pinole un tanque. No obstante, la onda de Otomo está en los niños. ¿Por qué los niños?
Un héroe o villano con poder telequinésico es adorable porque, por lo general, carece de fuerza física o de dominio de algún tipo de armas. Su poder radica en su habilidad para aventar las cosas que le rodean del mundo –o simplemente en alejarlas de él.

Happiness (y no, no es un post sobre la película de Todd Solondz)

George S. Scott en Taps tiene una gran línea al describir el honor: “Es a prueba de ladrones, a prueba de tontos, a prueba de cualquier clima”. La letra chiquita del contrato de la felicidad debería contener palabras similares o al menos la promesa de un elíxir que, por muy xodidos, apachurrados o mojados que nos sintamos, es a prueba de todo. DE TODO. Evidentemente, es más simple medir nuestra felicidad cuando la ponemos contra los momentos xodidos de la existencia. En este sentido, la felicidad debería ser una especie de gadget de bolsillo que nos ayudara a paliar esos momentos tenebrosos en los que nos sentimos como Frodo recién picoteado por Ella-Laraña (hey Peter Jackson, las arañas muerden, no tienen aguijón). El dólar sube. El dólar baja. Mi esposa/novia me dejó. Me pisaron (y me agarraron las nalgas) en el metro. El estúpido de mi jefe me dedicó una laaaaaarga perorata sobre lo imbécil que soy y lo inteligente –y guapo– que es él. Venga de ahí la felicidad, ese pedacito celestial que ayuda a sentirse mejor.

Bah, pero no es así, claro, las cosas nunca son así. No puedo dejar de decir que alguna vez pensé, en mi febril juventud (que se va para no volver), que era feliz. Alguna vez me dije “epa, soy feliz” o quizá fue “epa, me siento feliz”, ya no lo recuerdo. Estaba yo con una mujer, y pensé que era feliz. Que ella me hacía feliz. Luego nos peleamos. Y luego nos separamos. Y ya nunca nos vemos. Y sí, en aquel momento, si mal no recuerdo (aunque haya olvidado las palabras exactas), me sentía feliz. El tipín casi veintiañero que se sentía feliz en aquel momento, sin embargo, ya no está aquí. Le sucedió a un Gerardo (hey, that’s me!) con unos kilos menos y un montón de experiencias agrias y amargas menos. Acordarse de quiénes fuimos alguna vez es un acto de despedida: ese que fuimos ya no volverá. Oh sí, es melancólico y es raro y es cursi, pero así es. Las cosas que te hacían feliz antes ya no te hacen, quizá, feliz ahora. Puedes haber mantenido esos placeres de antaño, como ponerle limón a los Doritos Nachos (qué sé yo, caramba), pero la edad te ha hecho, y si aún no tienes dicha edad créeme, los años te harán pensar lo siguiente: hay una gran diferencia entre un placer y un momento de felicidad. El cigarro del break del cigarro de las 12 del día, ea, quizá eso sea un placer personal y privado (sobre todo en estos días donde los fumadores son satanizados y cuasiperseguidos por la ley). Pero no es un momento de felicidad. Poder salir a fumar un maldito cigarro luego de soportar a tus tres hijos menores de edad brincarte a la cara todo el (también) maldito domingo, ea… lo siento, no es un momento de felicidad. Es otro placer personal y privado, quizá uno provisto de ansiedad, pero hasta ahí llega. “Qué felicidad, al fin vi que a ese pendejo lo corrieran.” “Qué felicidad, ganó el ManU (¿sí ganó, verdad?)” “Qué felicidad, mi mujer no ha usado la tarjeta de crédito en todo el mes.” Oh, con qué facilidad empleamos la palabra ‘felicidad’, con qué modos tan tersos e ingenuos la trivializamos y la convertimos en algo frívolo. ¿Será?

Quizá todo el asunto de la felicidad tiene que ver con los momentos de gravidez, de seriedad, de adultez, de estatura intelectual. Recuerdo aquel cuento de Robert Bloch en el que a un tipo le es dado un reloj por el mismísimo Lucifer Príncipe de las Tinieblas©. El reto del diablo es el siguiente: sácale el perno al reloj en el momento en el que sientas la verdadera felicidad. Cuando esto sucedió, que fue curiosamente junto a las vías de un tren, el tipo del cuento era un jovencillo. Luego, durante un par de páginas, el autor nos receta a manera de elipsis las cosas bondadosas que le sucedieron en la vida al fulano aquel: estudió, se casó, tuvo hijos. Buenos tiempos, malos momentos, un poco de sal y pimienta, ya saben, una vida perfectamente normal y aburrida con ratos en los que, metido entre las sábanas y con las cosas relativamente en control, el tipo se sintió tentado a sacar el perno y (detalle que olvidé aclararles) detener para siempre, como en un freeze-frame, ese perfecto momento de felicidad. Aquello nunca sucedió, y como en los buenos cuentos del diablo, el Rey del Averno volvió a encontrarse con nuestro héroe, quien ya era un anciano y que, curiosamente, caminaba junto a las mismas vías del tren donde se cruzaron por primera vez décadas atrás. Nunca se atrevió a sacar el perno así es que (esto también es predecible) el diablo se cobró la deuda… su alma, pues. Lo llevó al tren que va al infierno, y ahí el tipo del cuento se vio en medio de la más encantadora compañía: los que pierden el tiempo jugando a las cartas y a los dados, las prostitutas, los borrachos, los que desafinan en el karaoke… en ese instante –y por alguna razón que desconozco el diablo se había olvidado de quitarle el mentado reloj–, el tipo sacó el perno. Así es que el demonio se triplecagó por la ocurrencia: a causa de eso, estarían condenados a vagabundear en aquel tren por toda la eternidad. El tipo replicó: “En este momento me siento feliz. En compañía de estas personas”. Así es que de esta manera tan liviana echo por el traste todas mis teorías sobre la pesadez de sentirse feliz, el instante definitivo en el que una persona, con toda la gravidez y seriedad que amerita la ocasión, puede decir: “Xoder, soy feliz”. Quizá es un poco de ambos casos: una mezcla de las cosas triviales con las cosas importantes. Nadie lo ha expresado mejor que Kevin Spacey en American Beauty: “Siempre escuché que tu vida pasa frente a ti el segundo antes de que mueras… para mí, fue estar acostado de espaldas en el campamento de los boy scouts, viendo las estrellas fugaces… y las hojas amarillas de los árboles de maple… o las manos de mi abuela, y la manera en que su piel parecía hecha de papel… y la primera vez que vi el nuevo Firebird de mi primo Tony… y Janie… y Janie… y… Carolyn”. Kevin tenía razón: la felicidad se mide y sólo se puede medir contra qué tan cerca hemos estado o estamos de la muerte. Y el ingrediente secreto, claro, cómo olvidarlo, es el siguiente: ¡Xoder, no se tomen las cosas tan en serio!


Feliz inicio de semana, vaclayos y devoschkas.


Yesterday… (y no, no es un post sobre la canción de The Beatles)

Lenin

Los ecos del examen profesional de quién esto escribe, acaecido la tarde de ayer…


Ø  “Casi no llegamos a tiempo. Es que es bien difícil encontrar la entradita a la universidad, escondida como está detrás de tres cantinas, una tienda de licores, una gasolinera, una tapicería, un azulejero y dos hoteles de paso…”

Ø  “¿Te sobran boletos para el examen, güero?”

Ø  “¡Mira papá, en esta universidad ofrecen titularte en tres meses o tu pizza es gratis!”

Ø  “Lo que sí creo que es excesivo e insultante es dividir el área del público en zonas Gold, Preferente, Porra Rebel, Plateas, Familiares y Xodidaje…”

Ø  “¡No puede ser! ¿OTRO retén de seguridad?”

Ø  “Jamás había visto una tesis ‘para colorear’…”

Ø  “No, en serio, ¿quién le dedica una tesis a ‘el hombre más influyente de mi vida, mi modelo a seguir y un mexicano ejemplar: el diputado Julio César Godoy’?”

Ø  “Mmmmta… ya lo jodieron. Uno de los miembros del jurado es Diego Schoening.”

Ø  “Tesis no se escribe con ‘z’, ¿o estoy mal?”

Ø  “Y sí, la tesis es de 240 páginas… pero hay que tomar en cuenta que una es la de la portada, otra es la dedicatoria, otra más es el índice, tres son de contenido y el resto son fotos de lesbianas besándose…”

Ø  “Pensé que nos íbamos a tener que chutar una de esas horribles presentaciones en Power Point. Qué bueno que Gerardo eligió hacer la suya en teatro guiñol.”

Ø  “Con esta ya van cuatro preguntas de los sinodales que se ha negado a contestar diciendo que no habla sin su abogado presente…”

Ø  “Esto va para largo. Ahora que vuelva a pasar el señor de las Maruchan pídele que te venda dos, por favor…”

Ø  “En mi papel de presidente del jurado, tengo el deber de informar al sustentante que decir ‘está escrito en la tesis y así’ no es considerado una respuesta válida…”

Ø  “¿45 pesos por una cerveza? Ya qué, déme dos…”

Ø  “Hagas lo que hagas, NO vayas a entrar a los baños. Acabo de ver a la Chica Dorada inhalando rayas de coca sobre la taza del excusado, metiéndole balas a un revolver…”

Ø  “No, el sustentante no puede llamar a un ‘testigo sorpresa’, pues no estamos en un juicio. Y no importa que el testigo sorpresa sea César Bono. Lo siento mucho, señor Bono, le suplico abandonar el presidium…”

Ø  “Pues yo creo que tendría muchas más posibilidades de aprobar si usara las manos para gesticular con ademanes de orador, y no para rascarse la entrepierna cada once segundos…”

Ø  “No, señor Bono, no tengo cambio para el estacionamiento. Abandone el presidium, por favor…”

Ø  “Se le informa al sustentante que una foto suya donde aparece sacando a un minero chileno de la cápsula Fénix no le acredita ninguna clase de puntos a favor. De hecho deberíamos restárselos, pues se ve claramente que es un inepto para hacer montajes en Photoshop…”

Ø  “Hubiéramos acabado hace horas si no interrumpieran al Gerardo cada dos minutos para entregarle demandas de paternidad.”

Ø  “Por enésima vez, el sustentante no puede negarse a responder amparado por un fuero constitucional que de por sí no tiene…”

Ø  “¡Aistálasudaderalagorralaplayeraaaaa!”

Ø  “Señor secretario, le agradeceré me asista para remover al señor César Bono del presidium. Aquí tiene unas monedas, por favor cómprele un Boing de durazno y unos Chocorroles de la máquina del pasillo y pídale que no regrese…”

Ø  “Había visto que le echasen porras a alguien para apoyarlo en su examen profesional, pero nunca había escuchado tantos abucheos. Y menos aún de la familia del sustentante…”

Ø  “¿Cómo? ¿Se puede alegar demencia temporal en estos casos?”

Ø  “No sé qué es peor: el examen que está presentando este idiota o que los derechos de transmisión de la NFL hayan sido vendidos a TV Azteca, y que Enrique Garay esté narrando…”

Ø  “Pues el jurado ya lleva una hora y media deliberando. No se ve bien la cosa. Uno de los sinodales se asomó para preguntar si alguien tiene una soga a la mano…”

Ø  “¿Gerardo ya es licenciado? Díganle a Marcelo Ebrard que contacte a los de los récords Guinness para decirles que en el D.F. se acaba de lograr el fraude más grande del mundo.”

Ø  “Por última vez, señor César Bono, me consta que usted NO me cuidó el coche…”

Ruby Tuesday, by The Rolling Stones

(download)

She would never say where she came from
Yesterday don't matter if it's gone
While the sun is bright
Or in the darkest night
No one knows
She comes and goes

Goodbye, ruby tuesday
Who could hang a name on you?
When you change with every new day
Still Im gonna miss you...

Don't question why she needs to be so free
Shell tell you it's the only way to be
She just can't be chained
To a life where nothings gained
And nothings lost
At such a cost

There's no time to lose, I heard her say
Catch your dreams before they slip away
Dying all the time
Lose your dreams
And you will lose your mind.
Aint life unkind?

Goodbye, ruby tuesday
Who could hang a name on you?
When you change with every new day
Still Im gonna miss you...

Los zombies no corren

Zombiland

Diosito, en su infinita sabiduría, no le dio alas a los alacranes (¡ningún arácnido vuela!) ni permitió que los zombies corrieran. Por lo segundo, la explicación es bastante simple: si bien persiste la masa muscular, la coordinación motriz del zombie es tan reducida que es incapaz de llevar a cabo tareas como a) subir las escaleras, b) saltar, c) nadar, d) correr de una manera sostenida y enfocada en un objetivo. Max Brooks en su legendario libro The Zombie Survival Guide: Complete Protection From the Living Dead dice que al parecer “los zombies son incapaces de correr. Los más rápidos que se han observado se mueven a un rango de 1 paso por 1.5 segundos”. Sin embargo, Brooks hace la aclaración pertinente, y vaya que es cosa que debemos tomar en cuenta si queremos sobrevivir al inevitable holocausto zombie: “La ventaja de los muertos sobre los vivos es que son infatigables”.

Los “zombies” en 28 Days Later en realidad son tipos infectados. Están vivos, lo único que tienen es que están enfermos. Ejem, MUY enfermos. Los zombies en Zombieland (que recien adquirí en glorioso rayo azul este fin de semana) rompen por completo con el cánon. Tienen coordinación motriz fina (abren puertas, por ejemplo), saltan encima de sus presas, corren como maniáticos… el resultado es encabronadamente divertido, como el gordito de la foto siendo perseguido por una stripper zombie que en vida se caía de buena. El recurso comédico funciona, pero yo soy una persona de principios y a mí mis zombis me gustan lentos y sin ir a las carreras.

El zombie clásico de Resident Evil es suficiente para erizarme los pelos, y creo que a ustedes también: piensen en un sujeto semipodrido con las ropas roídas gimiendo en un callejón oscuro y les garantizo que se harán de la popis en menos de lo que puedan decir “staaaaaaaaaaaars”. Ya  ya, las baratijas pedorras como el Némesis con su lanzacohetes, los lickers y esos imbéciles zombies cararroja del remake del primer RE para el GameCube son, de nuevo, buenos recursos para entretenerse, pero NO son el maldito cánon. Que los zombies corran me parece mamón e innecesario. Sin embargo, hay que admitir que una película como Zombieland funciona mejor con zombies correlones y, bueh, quién soy yo para decir que no se rompan las reglas de vez en cuando. Y sin hacer sesudas críticas sociales, joder. No comparto mucho eso porque me interesan los zombies que se comen a la gente, no los que simbolizan a la gente alienada  y por eso se comen a la gente. Bah.

Dicho lo anterior, además de considerarme un hombre de principios, soy un hombre que gusta de los contrastes (y las caritas cumshoteras). Lo que voy a decir es uno de esos contrastes disfrutables en la vida: ir en un vuelo junto a una dama cumshotera, de esas que usan anteojos Cartier y bolsas Burberry, y responder a la inevitable pregunta de “¿qué lees?” y voltear y responder “una guía de supervivencia en caso de holocausto zombie” es un gran momento, un momento iluminado. Lo más probable es que la jeva te vea compasivamente y a sus ojos te hayas convertido en un adolescente obeso con acné y que perderá la virginidad a los 43. Si tiene sentido del humor, te hará más preguntas. Una de ellas, claro, ser á “pero los zombies corren, ¿no?”

— “No no, diosito, en su infinita sabiduría, no le dio alas a los alacranes ni permitió que los zombies corrieran”.

 — “Pero hay una película en la que sale el tipín este wapo…”

— “¿Cillian Murphy?”

 — “¡Sí, sí, ese!”

— “Ah, esa es 28 Days Later de Danny Boyle, y no son zombies, en realidad son tipos  infectados…”

Y así uno empieza hablando de zombies y termina hablando de caritas cumshoteras.

Mis mejores deseos para que la próxima vez que viajen en avión, autobús, trolebús, metrobús, metro, tren ligero, taxi pirata compartido, panga o ferry con paisaje canadiense de fondo, y se encuentren con una carita cumshotera, la conversación fluya. Me gustan las caritas cumshoteras. Me importa un pito si usan o no Cartier o Burberry, si son fresas o papayas (o simple mermelada), azules o rojas, Covenant o Spartans. A mí me basta con que sean un poco nerdáceas. Sí.