¿Sobre qué escribir?

Decía recientemente en un desayuno dizque pretencioso: “Para escribir ficción, hay que sentarse a escribir la acción, los hechos de la trama. No es necesario pensar demasiado en los personajes. Aquel que escribe la historia no necesariamente conoce todos los aspectos de sus personajes. Solo narra sus acciones, no los debe juzgar”. Luego, cuando me di cuenta de lo pretencioso que había sonado (todo un experto, jaja), me llegó la pregunta: ¿sobre qué escribir?

Bueh, no es tan complicado. Creo que la respuesta es: sobre lo que vemos a diario y sobre lo que nos alimenta a diario. Quizá trabajemos en una tiendita de la esquina, o vayamos a la universidad, o despachemos al público en general en una oficina de gobierno. Ese es nuestro presente, nuestro “aquí nos tocó vivir” y debemos ser agradecidos –o al menos bajo esa idea me gusta trabajar. No se trata de una cuestión de conformismo o de no querer tener un mejor empleo o un mejor auto o una mejor casa. Es la aceptación del hecho de que este es el presente, el pasado no sirve de nada y el futuro menos. Quizá podamos largarnos de nuestra ciudad provinciana e irnos a vivir a La Gran Urbe en busca de aventuras, o decidamos subirnos a un barco como marineros y darle la vuelta al mundo, o probablemente tengamos los medios para estudiar en Estados Unidos o Canadá, o en Europa o en Asia, o conozcamos a una persona que nos lleve muy lejos, a algún lugar insospechado donde no haya muchos mexicanos, como alguna isla del Pacífico o un tranquilo pueblito en Nueva Zelanda…

En lo que llega nuestro dream job y nuestra dream girl y nuestra gran aventura en el Amazonas, debemos escribir sobre nuestro presente. La gente con la que interactuamos. Los lugares que visitamos. Los pensamientos internos que fabrica nuestra mente sin parar.

Eso es lo que yo llamo “lo que vemos a diario”. Lo otro, les decía, es lo que nos alimenta a diario. Y con esto me refiero a: música, cómics, películas, videojuegos, novelas, cuentos, blogs. Todas esas fuentes que alimentan nuestro espíritu y que nos entusiasman tanto. Mezclando ese universo de referencias con nuestra realidad presente se hace la magia. Como cuando en Ratatouille Remy le dice a su hermano que combine sabores. La señora que va diario a la tiendita por queso y leche y tortillas y refrescos + un libro de Edgar Allan Poe que nos tenga obsesionados. Así brotan las historias, sí señor. Por supuesto, hay que tener cuidado con lo que leemos, vemos y escuchamos. Hay que buscar solo aquello que en verdad nutra el alma. Sobre todo cuando avanzamos en la vida: el niño quedó atrás, el adolescente quedó atrás. ¿Seguirás en las mismas lecturas o te moverás hacia adelante? Perder el tiempo es una lástima. Como leí por ahí alguna vez, ¿para qué comer carne cruda cuando la podemos comer cocida?

Eso es lo que yo llamo “lo que nos alimenta a diario”. De ese cruce surge todo, en serio. El Akira de Katsuhiro Otomo es una simple historia de pandilleros combinada con telépatas y conspiraciones gubernamentales. Matrix es la historia de un nerd de las computadoras que llega a ser una especie de mesías. E.T. es sobre un niño suburbano que tiene un contacto extraterrestre. Ejemplos sobran.

Finalmente, el consejo siempre es escribir sobre lo que nos gusta. Lo que nos hace felices. Isaac Asimov decía: “Yo lo que quería era escribir ciencia ficción. ¿Por qué iba a perder el tiempo leyendo a los pomposos griegos?”

 

Por eso escribo ficción. Casi a diario.

^_^

Cuando los hermanos se encuentran

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Sorpresa sumamente agradable de este fin de semana de casi-vacaciones fue ver, por fin, Warrior, una película altamente recomendada por algunos conocidos, pero que sin embargo no pude ver en el cine durante su corto paso por las salas mexicanas. Y sí, claro que fue un error.

Warrrior es una cinta sobre artes marciales mixtas que, mediante recursos de trama inteligentes, le da profundidad a la historia típica de Rocky y nos presenta al menos tres combates épicos (la palabra no queda corta) que le dan forma al desenvolvimiento de las penurias de los dos protagonistas: Brendan y Tommy Conlon, hermanos quienes en su juventud practicaron la lucha grecorromana entrenados por su padre Paddy, pero que sin embargo la vida los llevó por caminos muy diferentes. Ahora Brendan (Joel Edgerton) es un profesor de física en una prepa, casado y con hijas, pero también con muchos problemas económicos. Mientras que Tommy (Tom Hardy) es un Infante de Marina que sirvió en Oriente Medio y que parece estar más que xodido. Ambos, casi al mismo tiempo, se dan cuenta de que deben luchar para ganarse la vida.

El pasado de los dos protagonistas se nos va revelando de a poco, de manera pausada y meticulosa, con diálogos crudos que nos describen heridas que al parecer no han dejado de sangrar. En este punto, la figura de Paddy es el hilo conductor de la cinta. El tipo es un alcohólico en rehabilitación que sabe que ha cometido muchos errores en su vida y que ahora los está pagando y con creces. Y lo acepta, aunque no puede evitar desear el perdón que parece que nunca llegará. La actuación de Nick Nolte realmente es portentosa, con un rostro de piedra que parece sufrir desde el fondo por tratar de darle palabras a lo que no se puede describir.

Entonces, Tommy vuelve a encontrar a su padre, pero la relación entre ambos se da a cuentagotas. Y es que nos enteramos de que se avecina un supertorneo de artes marciales mixtas llamado Sparta, con un premio de 5 millones de dólares para el ganador. Solo 16 peleadores de todo el mundo pueden participar. Tommy gana su boleto al ponerle una madriza a un tipo llamado Mad Dog en una sesión de entrenamiento de su gimnasio. El tipo al final resulta ser el contendiente número dos para el cinturón de campeón de peso medio y el video de la putiza se convierte en un hitazo de TuTubo, por lo que Tommy se hace famoso. Sin embargo, sabe que para ganar el torneo, necesitará entrenamiento. Y decide pedirle a su padre que lo entrene. Pero ellos solo entrenan. Tommy no es precisamente un tipo en busca de componerla relación con su progenitor.

Mientras, Brendan está a punto de perder su casa debido a que su sueldo de pobresor no alcanza a cubrir sus deudas, por lo que una noche decide partirse la madre en un encuentro de artes marciales mixtas en el estacionamiento de un teibol (pura categoría, mi lic). Y aunque gana, termina siendo suspendido de su chamba por el altercado. Ya sin trabajo, decide dedicarse por completo a las peleas, entrenando en el gimnasio de su antiguo amigo Frank Campania (Frank Grillo) y mejorando de a poco, mientras escucha a Beethoven y se gana la chuleta a madrazos. Al final, debido al accidente de un compañero del gimnasio que tenía boleto para Sparta, Bredan logra entrar. Pero ni su esposa (la cumshoterita Jennifer Morrison) ni nadie en su sano juicio le dan la más mínima posibilidad de ganar. Y es que Koba, un ruso que se presume como el Messi de las artes marciales mixtas, va a participar en Sparta y al parecer va a terminar ganando cagado de la risa.

Nunca he sido un gran seguidor de las artes marciales mixtas, al menos hasta antes de ver esta película, pero déjenme decirles que he visto alguno que otro combate brutal. Y aquí los hay y vaya que con mucho. Filmados con adrenalina y cardiaca cámara en mano, los combates de la segunda hora de la película realmente nos hacen estremecer y emocionarnos. Tommy es un tipo sumamente parco, que sin embargo se gana el respeto de propios y extraños con sus entradas sin música ni patrocinadores, con sus KO brutales y con mandar al diablo aquella ceremonia en la que el réferi le alza la mano al ganador. Brendan, por otro lado, entra al ring con el Himno a la Alegría, resiste los golpes de manera casi sobrehumana y tiene mucha técnica y mucho corazón que derriten a los asistentes, además de regalarnos victorias que rayan en lo heroico. Ambos van por el objetivo del dinero, que para ellos representa más que algo puramente económico.

La confrontación final entre ambos es anticipada y esperada, pero llegamos a ella por un camino sumamente interesante, que incluso nos regala una que otra sorpresa de paso. Lo cual es bueno. Como ustedes pueden ver, la trama no tiene nada de original, o al menos no lo tendría con otro director menos talentoso. Pero aquí, más que nada, nos entretenemos con el choque brutal de dos figuras del cine que son por demás seductoras: el héroe y el antihéroe. Tommy es el antihéroe, un tipo de pocas palabras, del que no conocemos casi nada, que no sabemos cómo piensa y qué siente, pero que sin embargo tiene un propósito noble y hasta un hecho pasado que parece estar revestido del heroísmo más puro. Brendan, por otro lado, es el héroe, el tipo recto que parece estar inmerso en una empresa imposible. Pero que sabe que tiene que lograrlo, no por él, sino por aquellos que ama. Un tipo con carisma, con corazón, con coraje y con una yarbles que no caben en la jaula; quién le cae bien a todo el mundo. Un rudo y un técnico. Incluso vemos la diferencia en su forma de ganar sus combates y en vestir. La verdad es que esto la saca de la típica película de madrazos y la pone un escalón arriba. No cualquiera puede manejar estos elementos de manera exitosa.

Warrior es una película sumamente interesante, pero más que nada está llena de testosterona. Es una película de hombres y para hombres (aunque supongo que puede llegar a gustarle a las jevas), con drama, sí, pero con la clase de drama terrible y crudo de quién no sabe cómo reparar sus propios errores o cómo encontrar la salida de su infierno personal. Llena de actuaciones increíbles y momentos memorables, Warrior se quedará con el espectador por un largo tiempo. Y, quién sabe, quizá hasta se convierta en una referencia cultural. Mínimo va a ser una de esas películas que amaremos encontrar en la tele, un sábado por la tarde en el que no andemos de pretenciosos (bueh, es imposible andar de pretenciosos un sábado por la tarde).

Warrior es El Bueno, El Malo y El Feo de las artes marciales mixtas. Y creo que eso lo dice todo.

Algo sobre Dios y Se7en para iniciar Semana Santa

Seven

Alguna vez la gente miró con terror las cosas de Dios en la Tierra y, sobre todo, cómo se las decían sus representantes divinos, a saber, los padres de la Iglesia Católica. Si nos asomamos a un templo católico tradicional es muy probable que hallemos representaciones cuasigore de la Pasión de Cristo, o de perdida un Jesús camorreado, sangrante y con corona de espinas. No debe sorprendernos que así sea cuando los fieles de la Iglesia durante siglos fueron una masa de gente sin ningún tipo de educación formal. Y no lo digo peyorativamente: imaginen la Francia del siglo IX, donde sólo un reducidísimo porcentaje de la población sabía leer y escribir. La única manera en que podía evangelizarse era echando mano de métodos audiovisuales. Música sacra. Imaginería clasificación C. Iglesias espectaculares. Cuando era católico, me quejaba de que antes la Iglesia se tomaba con seriedad la construcción de sus templos de adoración. Se trataba de sitios meticulosamente pensados para inspirar el misticismo y el temor a Dios; ahora todos parecen Vips.

Sí, el temor a Dios. De ahí emana un concepto tan bizarro y caduco como el de los siete pecados capitales. Lujuria (luxuria), glotonería (gula), avaricia (avaritia), ira (ira), envidia (invidia), orgullo (superbia) y pereza (acedia). La idea parece venir del monje italiano Evagrio Póntico, quien en el siglo IV escribió sobre los ‘ocho pensamientos de maldad’. El papa Gregorio I (540-606) le dio un tratamiento más formal como parte de la doctrina cristiana, y también como una suerte de código moral de alto nivel que todo creyente debía seguir para mantener la rectitud en su vida y, con suerte, alcanzar el Paraíso. Aquella Iglesia Católica medieval mantenía muy bien delimitados los pecados en los que podía incurrir una persona: estaban los veniales (cosas menores, como decir ‘mentiras blancas’), los mortales (cosas mayores, como matar a golpes al prójimo) y los capitales, que tenían su contraparte en las siete virtudes (castidad, templanza, caridad, diligencia, paciencia, bondad y humildad). Supongo que, en estricta teoría, la cosa no suena mal: se asemeja, al menos desde el aspecto moral, a las Cuatro Nobles Verdades del budismo: la naturaleza del sufrimiento, el origen del sufrimiento, el cese del sufrimiento y El Octuple Camino para deshacerse de él. En este punto, sin embargo, la doctrina budista se separa a 10 mil millones de años luz de la cristiana; mientras que en ésta última hay amenazas y un truculento contrato lleno de ‘letras chiquitas’ (si te pasas de lanza, te irás al Infierno; un agente externo, Dios, te condenará para siempre), el budismo logró mezclar el pensamiento lógico con el mágico (si te pasas de lanza, habrá consecuencias; no hay agentes externos, tú eres el responsable de tu destino).

Dante Alighieri, en el siglo XIV, tomó los ya muy digeridos pecados capitales y escribió poesía de una belleza incomparable. El pecado capital más memorable es el de la lujuria: Francesca da Rimini, una florentina obligada a casarse con un acaudalado pero deforme personaje, terminó cometiendo adulterio con su guapetón hermano. El deforme los acuchilló, y como Dante conocía de primera mano la historia, los agregó al círculo infernal de los lujuriosos, donde estas pobres almas desnudas son azotadas por vientos. Dante escucha el relato de la acongojada Francesca, y se siente tan triste por la tragedia de la mujer –juzgada con dureza por el propio autor, que no le dedica ni una tortura de un diablillo cojuelo al marido homicida–, que se desmaya. En italiano, el verso es hermoso: “E caddi, come corpo morto cade” (“y caí, como cae un cuerpo muerto”). He ahí los siete pecados capitales al servicio de las bellas artes.

La modernidad fue despojando a los pecados capitales de su sensacionalismo. Del mismo modo en que las iglesias de antaño lentamente se convirtieron en templos con arquitectura de cafetería, el tema fue perdiendo seriedad y peso. El pecado se transformó en un ambiguo (o al menos así me lo enseñaron a mí en el Catecismo) “alejarse de la presencia de Dios” y los conceptos tradicionales de Paraíso, Purgatorio e Infierno se erosionaron hasta llegar a ser, casi, ideas fantasiosas. La moral del mundo cambió, y las palabras también. Los psicoanalistas y expertos en imagen personal tomaron el rol de los sacerdotes, y el valor práctico de ser ‘cívicos’ o ‘ecologistas’, en aras del bien común, impera sobre las ideas sobrenaturales. Hace mil años el pecado de la gula podía quitarle el sueño a un parroquiano que quizá se imaginaba ardiendo en el inframundo; hoy, lo que le puede quitar el sueño a alguien es pensar que, si no deja de comer desenfrenadamente, quizá se le tapen las arterias y deban intervenirlo quirúrgicamente. ¿Los lujuriosos? A la salida de un motel de paso deben pensar antes en las posibles consecuencias legales y el golpe emocional de una separación que en haber ofendido al Creador. Todos cometemos a diario esos siete pecados, y buscamos la manera de autoredimirnos rápida e indoloramente. Somos más prácticos que aquellos atemorizados creyentes medievales, sí, pero también más vulgares. Pero en el fondo, nos llena de terror que alguien como el asesino de Se7en decapite a Gwyneth Paltrow y le mande a su esposo la cabeza en una caja de FedEx… o quizá lo único que nos asusta es que aún haya gente que se tome las cosas tan en serio.

Ceremony, by New Order

(download)

This is why events unnerve me,
They find it all, a different story,
Notice whom for wheels are turning,
Turn again and turn towards this time,
All she ask's the strength to hold me,
Then again the same old story,
World will travel, oh so quickly,
Travel first and lean towards this time.

Oh, I'll break them down, no mercy shown,
Heaven knows, it's got to be this time,
Watching her, these things she said,
The times she cried,
Too frail to wake this time.

Oh I'll break them down, no mercy shown
Heaven knows, it's got to be this time,
Avenues all lined with trees,
Picture me and then you start watching,
Watching forever, forever,
Watching love grow, forever,
Letting me know, forever.

La grabadora

Grabadora

Una grabadora de audio es un instrumento potente para estudiar historias. Haciendo las preguntas correctas, quien las responda puede soltar ahí una historia con paredes, pisos y techos. Hay quien no necesita preguntas: le basta enfrentarse al micrófono de la grabadora para aflojar la historia que guarda en su cabeza y en su boca. En mi casa teníamos una grabadora como la de la foto, con manija y todo. De casette. La particularidad de ese tipo de grabadoras era que, al mover circularmente las cabezas de la cinta, te hacían sentir que las cosas estaban sucediendo, literalmente, que las ruedas se estaban moviendo. Con una grabadora de ese tipo sentías que algo se estaba capturando. El momento, ya saben. El botón doble, el REC, el estrés de saber que el sonido análogo se estaba guardando en una cinta magnética. Es una sensación difícil de hallar en los equipos digitales. Los relojitos de las pantallas y otros efectos sutiles hechos para las computadoras no atrapan esa sensación. Es más que algo retro. Es sentir, de nuevo, que las cosas están sucediendo. Una grabadora de casette. Una persona contando su historia frente a una grabadora de casette. Es un momento de honestidad. Eso: es un momento de honestidad.

Los dejo con el Cuarteto de Liverpunk. Ya es jueves.