Super Mario Bros.: the graffiti animation
<p>Super Mario Bros. from Andreas Heikaus on Vimeo.</p>
<p>Super Mario Bros. from Andreas Heikaus on Vimeo.</p>
Gatito Orgullo!
Buen fin de semana!
Her name is Yoshimi
she's a black belt in karate
working for the city
she has to discipline her body 'Cause she knows that
it's demanding
to defeat those evil machines
I know she can beat them Oh Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots eat me
Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots defeat me Those evil-natured robots
they're programmed to destroy us
she's gotta be strong to fight them
so she's taking lots of vitamins 'Cause she knows that
it'd be tragic
if those evil robots win
I know she can beat them Oh Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots defeat me
Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots eat me
Yoshimi 'Cause she knows that
it'd be tragic
if those evil robots win
I know she can beat them Oh Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots defeat me
Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots defeat me Oh Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots eat me
Yoshimi, they don't believe me
but you won't let those robots eat me Yoshimi
"Old age ain't no place for sissies"
- Bette Davis
El shot de apertura de Amour muestra a un grupo de bomberos irrumpiendo por la fuerza al interior de un elegante departamento parisino. No sabemos nada de quienes viven ahí ni de lo que está pasando, excepto la pantomima de un bombero que se cubre la nariz. Entonces, la vemos: en el dormitorio, sobre la cama, yace el cuerpo de una mujer mayor, rodeada de flores disecadas.
Esto es a lo que se reducen los restos mortales y la belleza. Esto es cierto ara todos, para los espectadores, para los bomberos, para los muertos. Y mientras viven, cada uno es un miembro de la audiencia. Un shot posterior nos muestra la visión de un público que poco a poco llena los asientos de un teatro, en el que se presentará un recital de piano. Nunca vemos el escenario. La música es apasionada, el público se nos muestra agradecido y sus miembros parecen entender perfectamente por qué están ahí y lo disfrutan al máximo. Durante toda su vida se han ganado el privilegio de estar en esa audiencia. Y ahí, casi perdidos, se encuentra ellos, una pareja mayor que llama nuestra atención sin ninguna razón más que la maestría de Michael Haneke para ponerlos precisamente ahí. Donde podrían perderse, pero jamás se perderán. La pareja es interpretada por Emmanuelle Riva Y Jean-Louis Trintignant, ahora de 80 años y auténticos actores de leyenda dentro de la filmografía francesa. Personalmente, yo los reconocí con otros rostros. Sus rostros anteriores, en aquellos tiempos (¡Y vaya que fueron buenos!) en los que eran gigantes. Sin embargo, a esta edad, lucen más admirables si cabe. Admiré el dominio de su persona, su paz interior reflejada al exterior, y aquella sensación de saberse merecedores del hecho de estar juntos porque se lo han ganado.
Ellos son Anne y Georges. Poco después nos enteramos de que han pasado la vida tocando y enseñando música. Más tarde nos enteramos de que el concierto fue realizado por un joven maestro (Alexandre Tharaud) que fue alumno de Anne. En cierto sentido, son sus vidas quienes han dado a luz esta belleza.
Amour, que ganó la Palma de Oro en Cannes el año pasado, es una inesperada obra maestra realizada por Michael Haneke, responsable, entre otras, de Caché, Funny Games (amabas versiones, pero, por favor, quédense con la original) y otra ganadora del máximo galardón en Cannes, The White Ribbon. En esta ocasión, el director deja de lado el magistral manejo del suspenso que lo ha caracterizado y se inclina por llenar su cinta de una serenidad inquebrantable, de profundidad en el más exacto sentido de la palabra. Aquí no tenemos el obsesionante misterio de Caché; aquí sabemos cómo termina la película desde la primera escena.
Ahora vemos a Anne y Georges durante el desayuno, un poco después. Y entonces… algo pasa. Al principio él no nota que ella de pronto se ha congelado. Ella ya no está ahí. Ella está en otro lugar, aunque su cuerpo siga sentado en la misma mesa. Los shots específicos de esta secuencia son verdaderamente magistrales. Y entonces, ella regresa sin darse cuenta siquiera de que algo ha sucedido. Pero algo ha sucedido. Y ese algo es el principio del fin de su historia juntos.
En escenas que son esencialmente flashbacks de la escena de los bomberos, vemos a Anne y a Georges durante la visita de su protegido Alexandre y más tarde cuando su hija Eva (Isabelle Huppert) se revela a sí misma como alguien más interesada en los problemas enteramente médicos que en la angustia que el derrame cerebral ha causado en sus padres. En ambos. Georges y Anne han compartido un gran amor y ahora Georges, durante una serie de escenas implacables, se convierte en un miembro más de una audiencia. Aquella audiencia que está viendo el final de lo que él y Anne han construido y se va perdiendo.
La vejez no es para cobardes, y tampoco lo es esta película. Trintignant y Riva asumen sus roles valientemente, dejando de lado el glamour que sus largas carreras les han otorgado (él protagonizó A Man and a Woman, ella protagonizó Hiroshima, Mon Amour; amabas cinta elevadas al pedestal de culto desde hace más tiempo del que ustedes tienen de vida), Aquí, su belleza se ha desvanecido, pero brilla desde el interior. Ambos aceptan sin pestañear las realidades de la edad, el fracaso y la desintegración del ego.
Amour nos invita a nosotros (la audiencia,) a aceptar lo mismo también. Aceptar que los bomberos van a venir a buscarnos a todos nosotros, uno de estos días, más pronto o más tarde.
Y sin embargo, ¿por qué querríamos ver una película que nos recuerda una realidad a la que muchos le temen, por más brillante que sea? Creo que la razón es que una cinta como Amour contiene una lección que solo el cine puede enseñar. El cine, que puede dramatizar lo que significa ser un miembro de la eterna audiencia que es la humanidad.
El que tenga oídos, que oiga.
No sé muy bien cómo comenzar el post. Cómo calificar el resultado del Super Bowl XLVII, que desde ayer pertenece a la Historia (así, con mayúscula). ¿Fue una sorpresa? En parte sí. Los Niners eran favoritos por un margen de 3 a 1 en las casas de apuestas, en los paneles de expertos y en las eternas discusiones de los villamelones; así que la victoria de los Ravens fue un revés doloroso y vergonzoso en muchos aspectos para muchas personas. O quizá no. Y es que, la verdad, más allá de los análisis y las predicciones, el juego lucia muy parejo de entrada. Y en dichos escenarios, los apostadores serios suelen dividir su acción en ambos frentes, otorgándole a cada bando una victoria de tres puntos. El safety en los últimos segundos, otorgado por el mayor de los Harbaugh, cubrió el pronóstico: 34 a 31 fue el resultado final. Y muchos contadores suspiraron aliviados.
Ah, y por cierto, yo no aposté así. Yo iba Niners, completa y pendejamente. Y gracias por su sincero pésame.
Pero bueno, no estoy aquí para llorar sobre mis finanzas personales, sino para hablar del cerrojazo final de otra temporada en la mejor Liga deportiva de esta galaxia y sus alrededores. El Super Bowl XLVII quizá pueda ser calificado sencillamente como espectacular y todos quedarían conformes. Aunque también fue muy, muy bizarro. Digamos que fueron dos juegos por el mismo boleto y en la misma sentada. En el primer juego, los Ravens, literalmente, aplastaron a unos irreconocibles Niners, que nada más no daban una. Los gambusinos cometían errores estúpidos, infracciones infantiles y no podían anotar un miserable touchdown. Del otro lado, Flacco jugaba por nota. Y déjenme hacer un paréntesis para hablar un poco sobre el #5 de Baltimore. Joe Flacco comenzó su carrera como el clásico tipo que no-es-tan-malo, pero tampoco-esta-para-el-perro y solamente no debía cometer errores. La fortaleza histórica de la joven franquicia de los Ravens ha sido su defensiva, por lo que Flacco era aquél a quién le decían: “pues haz lo que puedas, pero nada más no la cagues. Juega seguro. La defensiva hará el resto”. Y lo hacía. Pero pronto, la defensiva se fue haciendo vieja, menos poderosa; pero también surgió la figura de Ray Rice como uno de los mejores corredores de la NFL. Y entonces las instrucciones de Flacco cambiaron: “Pues haz lo que puedas, pero nada más no la cagues. Juega seguro. Ray Rice hará el resto”. Y lo hacía. Pero, más pronto que tarde, eso cambió también: las defensas rivales se la aprendieron, cerraron los espacios para las escapadas del #27 y el ataque terrestre se hizo cada vez menos poderoso, además de que Rice adquiría un gusto masoquista y soltaba balones de manera cada vez más frecuente. Pero al mismo tiempo, Flacco iba mejorando. Madurando de a poco. Adquiriendo un toque envidiable para las jugadas grandes (lo que le llaman el bombazo, mi lic) y una lectura portentosa de las formaciones rivales. Y poco a poco lo iban soltando, confiaban cada vez más en él. Hasta el punto de decirle: “Pues la defensiva hará lo que pueda y Ray Rice tratará de jugar seguro y no cagarla tanto. Así que tú, por favor, sálvanos”.
Y vaya que lo hizo.
Los primeros cuartos del Super Bowl fueron completamente de Baltimore. Y Flacco parecía Montana en sus mejores años. Y Kaepernick parecía Alex Smith en sus peores años. San Francisco no tenia defensa, el ataque se achataba en la zona de gol y aquello pintaba para una madriza espectacular, como la que los Niners le metieron a los Broncos en aquel mismo Superdome, hace ya un tiempo atras. El marcador al medio tiempo era de 21 a 6. Y entonces llegó Beyoncé. Y de ella solo diré aquello de: “he visto cosas peores”. Agregando como epílogo las palabras del gran Pepe Segarra: “fue un espectáculo muy colorido” (eso que ni qué, mi lic).
Y la segunda mitad comenzó. Y de qué forma. Con un regreso para touchdown de Baltimore, que puso aquello 28 a 6. Muchos aficionados de los Niners todavía estaban en el baño cuando su equipo recibió el que parecía ser el proverbial tiro de gracia. Pero entonces se fue la luz. Y no, no en mi casa, sino en el estadio. Medio Superdome quedó en penumbras. ¡El horror, el horror!
¿No les dije que este Super Bowl había sido muy, muy bizarro?
Y es que no puede haber nada más bizarro que un apagón en el evento deportivo más pretencioso de la Nación más pretenciosa. Y es que aquello no se trata solamente de deporte, queridos lectores. Hay más, mucho más que las contusiones, las anotaciones y las intercepciones en un Super Bowl. ¿Por qué, sino, creen que los militares están ahí? Hay que mostrar el músculo, mi lic. Y aquí solo se mostró el error, el lado vulnerable, la debilidad. Aquello era peor que el pezón de la Jackson. Fueron 33 minutos de oscuridad. Y me imagino a montones de trajeados que corrían desesperados, ladrando órdenes a los pobres inmigrantes que no mastican una pizca de la lengua de Shakespeare (vaya, ni siquiera saben quién es ese wey). Me imagino a los mandos medios (aquellos gerentillos gringos de poco pelo, cerebro oxigenado, enojones y que comen en Subway porque creen que “engordan menos”) cagados de miedo ante la ira de los verdaderos Big Kahunas. Me imagino las bacanales que seguro se desataron en los baños del complejo, o en cualquier rinconcito oscuro (y vaya que había muchos de esos en aquel momento). Me imagino la desesperación del clásico guardia de seguridad viejito (salido directamente de una copia pirata de Cocoon) tratando de descifrar las instrucciones de un manual más grueso que la omnipresente Sección Amarilla.
El horror, el horror.
Aquello ya no era un estadio en ese momento. Aquello era el xodido Corazón de las Tinieblas que le sacó la pipí del susto a Joseph Conrad. Mientras los jugadores se distraían como podían y trataban de no enfriarse, y mientras una cantidad inimaginable de “bebes del apagón” eran engendrados en innumerables hogares, baños de bares, y armarios de hoteles alrededor del mundo, una cantidad espeluznante de cabezas rodaban por las escaleras del Superdome. Aquél que vio coronarse a los Pats en el 2002. Aquél que durante la crisis del huracán Katrina se convirtió en un lugar tan agradable y tan bien decorado como el que Dante describe en el Canto XVIII de su Infierno. Fueron 33 minutos de ranteo en twitter, 33 minutos de competencia despiadada por ser el más cagado en solo 120 caracteres, 33 minutos de buscar culpables (Bane, Al Qaeda, Felipe Calderón y el SME eran los principales sospechosos). Y fueron 33 minutos que los Niners tuvieron para planear una tercera oportunidad que solo fue una jugada rota en formación pistola (chale...). Y es que la luz regresó. Y los monitores apagados volvieron a la vida. Y el juego se reanudo con el mismo marcador de 28 a 6 (doble chale…). Pero aquello ya no era el mismo juego. El primer juego había terminado. Y San Francisco dominaría el segundo.
La defensiva de rojo y oro por fin detuvo a Flacco. Y Kaepernick conectó su primer pase de touchdown en un Juego Grande. Y aquello ya lucia 28 a 13 y de pronto nos dábamos cuenta de que la ventaja no era tan grande (solo dos posiciones) y de que a pesar de la hora, todavía quedaba mucho tiempo (un cuarto entero y la mitad del otro). Y aquello no había hecho más que empezar. Los Niners pararon a Flacco en 3 jugadas y un poco más tarde, Frank Gore (el líder corredor en la historia de SF) cruzaba el plano para otra anotación. Y aquello ya lucía 28 a 20. Y los Ravens parecían los orcos sitiadores de Gondor, pasmados ante la cabalgata furiosa de los Rohirrim (sí, antes del juego me chuté El Retorno del Rey por enésima vez).
Y, por fin, ya teníamos juego.
Porque, ya saben, no hay mucha emoción en una paliza. La emoción de un juego va muy de la mano del drama, de la tensión. No hay mucho de eso en una paliza. Y gracias a todos los dioses del Olimpo, aquello ya no era una paliza. Oh, claro que no. Aquello era puro drama. Porque en la siguiente serie de los Ravens, Ray Rice, fiel a su costumbre, perdió el balón. Pero la defensiva se fajó y solo permitieron un gol de campo, que primero había fallado Akers, pero que, fingiendo cual pambolero mexicano un contacto después de la patada, conecto en una segunda oportunidad.
La diferencia ya era solamente de 5 puntos. Y David Akers recibía su merecía nominación al Oscar en la categoría de Mejor Actor.
Sin embargo, Flacco regresó para mover el balón de la forma en que se necesitaba, aunque su serie ofensiva solamente trajo consigo un gol de campo que volvía a colocar la diferencia en 8. Y Kaepernick regresó al campo. Y el QB Salvatrucho demostró que tiene tanta sangre en las venas como tinta. En una serie llena de pundonor, entró personal en las diagonales después de un acarreo de 15 yardas, la carrera de anotación más larga para un mariscal de campo en la ilustre historia del Juego Grande. Y aunque San Francisco falló la conversión, el marcador ya lucia 31 a 29.
Solo 2 puntos quedaban de una ventaja de 22.
Decir que aquello era la locura es algo que sonaría falso, típico, un lugar común. Pero también es cierto. Aquello era la locura porque estábamos presenciando algo histórico. La remontada más grande en la ilustre historia del Juego Grande. Los Niners estaban muertos, y habían vuelto a la vida. Estaban perdidos, y habían sido hallados. Pero entonces… algo pasó. La siguiente serie ofensiva de los Cuervos estuvo salpicada de los mismos errores pendejos que la defensiva gambusina había cometido en el primer juego. Era como si la inminente victoria los asustara tanto como la Presidencia del Peje asusta a la derecha mexicana. Y aunque en zona de gol aguantaron a pie firme, el novato pateador de los Cuervos colocó aquello 34 a 29. Otra vez, una ventaja de 5 puntos, quedando 4 minutos con 19 segundos por jugar.
Y Kaepernick saltaba a escena. Era su hora.
Hay momentos en este juego en el que se separan los niños de los hombres, los mortales de las leyendas. Aquél era el momento de Kaepernick para mostrarle a su afición y al mundo que la posición de QB en San Francisco no le quedaba grande. Que podía montar una serie ofensiva ganadora en los últimos segundos de un Super Bowl. Y aquello no pintaba mal. Pero entonces, Vernon Davis soltó un pase largo que le pegó en las manotas. Un pase que debió atrapar. El ala cerrada que tuvo un gran juego contra Atlanta en la Final de Conferencia y que llevaba más de 100 yardas en el Super Bowl, el ala cerrada que había atrapado The Catch: Part III, uno de los mejores en su posición, falló la recepción más importante de su vida. Pero igual, aquello no pintaba tan mal. Un par de pases más y un buen acarreo de Gore y los Niners tenían primera y gol en la yarda 8 de los Ravens. Pero entonces… algo pasó. Las siguientes 4 jugadas estuvieron salpicadas de los mismos errores pendejos que la ofensiva gambusina había cometido en el primer juego. Era como si la inminente victoria los asustara tanto como la posibilidad de una auditoria imparcial y honesta asusta al Peje. Y es que aunque los Ravens aguantaron como los machines, la selección de jugadas del menor de los Harbaugh apestó más que el hocico de tu perro después de comerse su bocadillo vespertino autofabricado. Aunque, claro, aquél pase en cuarta oportunidad estuvo salpicado de un holding del tamaño del Honorable Estado de Louisiana que no fue marcado. Pero no importaron los corajes del menor y más enojón de los Harbaugh o los reclamos de la banca de San Francisco que se metió hasta medio campo reclamando a voz de cuello la infracción que ellos habían visto, igual que medio mundo, pero que los oficiales no habían marcado. Era el final, porque Kaepernick no pudo coronar su drive. Porque, teniendo tantas opciones, eligieron tirar un pase elevado hacia la cobertura de Ed Red. Esa pudo ser The Catch: Part IV, pero no resultó. Los Niners entregaron el balón y perdieron el invicto en Super Bowls.
Lo demás es lo de menos. El partido terminó, como ya dijimos, con un 34 a 31, debido a un safety que el mayor y más feliz de los Harbaugh se autoinfligió en post de evitar un muy posible bloqueo de patada en zona roja. Y se cubrió el pronóstico de 3 puntos que todo apostador serio siempre debe cubrir en esta clase de juegos. Y los Ravens se coronaron. Y sí, Ray Lewis lloró como un servidor lloró con Dancing in the Dark. Y los pinches oficiales le prestaron sus pañuelos, seguro. Y Flacco, muy merecidamente, fue reconocido como el MVP. Y el juego bizarro ya era calificado como espectacular y ya pertenecía a la Historia (así, con mayúsculas). Y la verdad es que yo me sentía muy bien, por más que mi cartera lo había padecido y había tragado un poco de bilis por ver coronarse a los verdugos del equipo de mis amores. Y es que nadie puede sentirse mal después de ver un juego de este calibre. Ambos equipos dándolo todo por ganar. Emoción, golpes, más drama que en una telenovela de Univisión, porristas y más tensión que en una cinta noventera de Michael Haneke… no se le puede pedir más a un Super Bowl. El Harbaugh Bowl estuvo a la altura de lo esperado, si bien no fue la lucha de defensivas que se esperaba, sino más bien apenas el segundo juego en la ilustre historia del Super Bowl en el que ambos equipos anotan más de 30 puntos; aunque igual termino parejo. Y, de hecho, bien podemos decir que la defensiva sí ganó el campeonato. Los Ravens fueron arrastrados, pero aguantaron. Perdieron 20 puntos de ventaja, pero defendieron a muerte los últimos 2. Se doblaron, pero no se rompieron. Y de eso se trata el futbol y también la vida: de aguantar.
Y es que ya saben lo que dicen: las ofensivas llenan estadios, las defensivas ganan campeonatos.
Y así llegamos al final de una temporada más de la mejor Liga deportiva de esta galaxia y sus alrededores. Y nos enfrentamos a la terrible realidad de 7 meses de ayuno. Pero, viéndolo fríamente, no son muchos. Además, para estos meses, Dios, en Su infinita sabiduría, nos regaló NFL Network. Y los dvd´s. Fue una temporada bizarra, como el mismo Super Bowl. Llena de resultados impredecibles, de agradables sorpresas, de decepciones risibles y de pronósticos reservados. Una temporada en la que hablamos más de lo normal de los oficiales, pero eso no me preocupa. Y es que si algo ha demostrado la NFL es que siempre va en post de mejorar la justicia deportiva. Estamos a nada de que los castigos sean revisados.
Aprovecho este espacio para felicitar sinceramente a los pocos, pero fieles fans mexicanos de los Ravens. Y a los muchos niños que se enamoraron de su forma de jugar. Aquello de “el equipo del destino” no les queda grande. Y a los fans de los Niners solamente les digo que recuerden que en los últimos 11 años han aguantado humillaciones más dolorosas que esta derrota. Perdieron como pierden los hombres y eso debe hacerlos sentirse orgullosos de su equipo. Además, el futbol es brillante. Si por algo los Niners cometieron errores infantiles, es porque son un equipo joven en su conjunto. Kaepernick y sus muchachos van a dar mucha, mucha lata en las campañas que vienen. Así como califiqué a los Niners del 95 como una potencia en pleno ocaso, el equipo que cayó ayer es una potencia en plena ascensión. Así es: rises! Ya lo verán.
Ahora, no nos queda más que apagar las luces de aquí a septiembre. Aunque por ahí encenderemos una lamparita en abril, para el draft. Pero de eso hablaremos en su momento. Y… nada. Gracias por leer.
No me pierdo el Super Bowl desde 1995, cuando los Niners se madrearon a los Chargers. En aquellos tiempos (¡Y vaya que eran buenos!), los Niners eran una potencia en pleno ocaso, pero aún así les alcanzó para partirle la madre a unos Chargers de los que nadie se acuerda (todo mundo se acuerda de los Chargers del 81, los de “The Epic in Miami” y la cala). Y aún conservo la revista que ilustra el post, por cierto.
El tipo de la portada se llama Steve Young, por cierto. Y era el QB. Y no estaba tatuado. Y, de hecho, creo que es gay, pero ese es tema de otro post.
Sin embargo, debo decir que tengo más fresco aquel round entre los Pats y los Packers, en 1997. Vi mi primer Super Bowl a los 7 años. Dos años después, viendo caer a Nueva Inglaterra, mi destino estaba claro. Aquella temporada me hice fan de por vida de los Patriots.
Mi historia con el Super Bowl es rara. Quizá yo no vi la carrera de Marcus Allen en el XVIII, ni tampoco el anuncio de Apple (aunque igual ese no lo pasaron en México). Yo no vi a los verdaderos Monstruos del Midway hacer moronga con los Pats del 85, ni la espectacular serie ofensiva de Montana que culminó con un pase de TD a John Taylor, o los primeros fracasos de Elway. Pero sí vi los éxitos de Elway (incluyendo mi Super Bowl favorito, en el que le ganaron a los Packers), Vi la parte final de la dinastía de los Vaqueros en los noventa (un saludo a Neil O’Donnell), las tristes historias de Jim Kelly y los Bills, el ascenso de los Pats al poder, las intervenciones de los Sehawks, los Falcons, los Osos y las Panteras de Carolina en partidos recientes, la chichi descubierta de la Jackson, las chaparreras sensacionales de la Britney y el forro de la chamarra de Bono (no, no es albur).
Y con todo y todo, amo el Super Bowl. Super Bowls con galones y galones de cerveza, algunos con momentos personales más difíciles (o más fáciles) que otros, Super Bowls en los que se va la luz, Super Bowls más aburridos que la mierda, Super Bowls que me hicieron quedarme afónico y otros que me hicieron detestar la idea de ir a la escuela o a trabajar al otro día. Y en unas horas empezará uno más, y mis favoritos son los Niners. Sería cíclico o algo, verlos ganar y que, por una u otra razón, este fuera mi último Super Bowl. Igual, en la vida, como en el futbol, todo puede pasar. 20-14, creo, será el marcador.
Si existe una foto de Spielberg sin barba. ¡Ea!