Prepotencia justificada

Phepls

Los gringos, con la prepotencia que los caracteriza, pueden decir que tienen entre sus filas al mejor deportista olímpico de la historia. Y nadie se los puede cuestionar.

Cierto que Michael Phelps no ha estado tan fino últimamente. El día de hoy iba por dos medallas de oro, una de ellas en su competencia por excelencia, los 200 m. Estilo Mariposa, en la que había ganado cada competencia oficial realizada desde el 2001 (lo cual se dice muy fácil, pero nadie más ha logrado; ni en la natación, ni en ningún otro deporte). Phelps dominaba la prueba desde el principio, lo cual no es común en él. Se le notaba ansioso. Y pagó por ello. En el último instante, la desesperación le ganó: quiso tocar bajo el agua y un sudafricano avivado de 20 años le robó el toque y la medalla. Por primera vez en más de 10 años no se subía a lo más alto del podio en su prueba.

Las pruebas de nado en estos Juegos no nos han dado a una gran figura en lo poco que llevamos de competencia, pero eso es lo normal. Lo normal es que la gloria se reparta entre varios. Lo raro, lo extraordinario, es que algún atleta arrase. Phelps ganó ocho medallas de oro en la alberca olímpica de Beijing hace cuatro años. Y quién sabe cuánto pasará para que podamos ver algo siquiera semejante. Pero supongo que la gente esperaba ver algo parecido esta vez, sino con Michael, sí con la supuesta nueva promesa gringa llamada Ryan Lochte. Pero han pasado sorpresas en la alberca: los franceses, los australianos, los chinos y hasta los sudafricanos se han encargado de que el himno gabacho no suene como se esperaba en el Centro Acuático de Londres. Pero hoy todo cambió. Bueh, desde ayer, pero esa noticia quedó eclipsada por un escándalo de supuesto dopaje que más sonó a reclamo de ardidos, pero así son esas cosas.

Michael Phelps recogió su medalla de plata con un gesto desencajado que se esforzaba por hacer pasar por una sonrisa. Era evidente que estaba sufriendo y que quizá, ni siquiera, se había dado cuenta de que había empatado la marca de más medallas ganadas por un solo deportista en la historia (una tal Larisa Latynina había ganado 18 medallas en su carrera, cuando todavía existía la Unión Soviética y eso). Él solo se preguntaba por qué había cometido un error en el último momento. El único que había cometido en más de 10 años de dominio absoluto en su prueba, lo que se dice fácil pero que, insisto, es totalmente inaudito en cualquier disciplina deportiva. Sin embargo, posaba para las cámaras, mostraba su metal plateado, le lazó su ramo a su familia y seguía tratando de sonreír, a la vez que abrazaba al lepe sudafricano mundialmente desconocido hace apenas una hora, pero que le había robado la Gloria, cual San Dimas. ¡Con cuantas ganas le hubiera partido su madre a ese pinche chamaco! Pero, ya saben, el espíritu olímpico, los ideales y eso. Hay que ser un buen perdedor y Phepls aparentó como los grandes.

Escasos 15 minutos después, llegó la siguiente cita con la Historia (así, con mayúsculas). Esta vez por equipos, en un revelo 4X200 m. Estilo Libre. Lochte, aquél que había perdido el oro en el último segundo contra los franceses (en el relevo 4X100 m. Estilo Libre) y que se había convertido de esperanza a fracaso en solo unas décimas de segundo, abría la competencia. Lo hizo bien, entregando una ventaja que los otros dos competidores gabachos (de cuyos nombres no puedo acordarme) agrandaron. En el último revelo, el de Phelps, la ventaja era evidente: casi un cuerpo y medio, más de dos segundos de tiempo. Una barbaridad. Michael Phelps se sacudió todo: las estadísticas, la Historia (así, con mayúsculas), los TT en twitter, los reportajes, la reciente derrota. Absolutamente todo. Él solo nadó su relevo y entregó, por fin, su primer oro en estos Juegos Olímpicos. Y, pequeño detalle, su medalla Olímpica número 19, lo cual se dice muy fácil, pero es algo que ningún otro ser humano en la historia del deporte moderno puede decir.

Los gringos, con es prepotencia que los caracteriza, pueden decir con una mano en la cintura que cuentan con el mejor atleta olímpico de todos los tiempos. Y nadie se los puede cuestionar.

Y es que aunque en los Olímpicos no hay claros favoritos, sino que los héroes y los villanos van saliendo en el camino, es un lugar común ir contra los estadounidenses. Sin embargo, quizá eso se deba al ardor que nos provoca ver lo buenos que son, los hijos de la chingada. Tanta grandeza en tantas disciplinas distintas… la verdad no parece justo, pero así es. Y tampoco es gratuito o simple cosa del azar. Y aunque han estado perdiendo oros que antes se consideraban seguros y aunque es casi un hecho que China se llevará estos Juegos como líder del medallero, los gringos nos pueden presumir, con una sonrisa presuntuosa en los labios, a un cabroncito de 27 años, oriundo de Baltimore, que nada más ha ganado 19 medallas olímpicas, 15 de ellas de oro. Y las que le faltan, dirán

Es suficiente para casi no aguantarlos, pero así las cosas. Grande, Phelps.    

Pink Floyd, Danny Boyle. Overtura

Floyd

Perdónenme, pero discúlpenme: una ceremonia en cuyo clímax escuchamos Eclipse, by Pink Floyd, está más allá del bien y del mal.

Danny Boyle no nos contó la historia de los romanos invadiendo Britania, no mencionó a Sir Percival, a Camelot o al ilustre ladrón de los bosques de Sherwood. Incluso el hermoso Bardo se quedó casi afuera. Pero es que el punto era, precisamente, no mostrarlos. Pusieron en el escenario a The Artic Monkeys en lugar de The Smiths o Led Zeppeling. El punto de la ceremonia está bastante claro: tenemos un pasado, sí, pero es compartido. Y es que, al final, ¿en qué parte del mundo no vimos surgir las chimeneas industriales? ¿En qué parte del mundo no se conoce a James Bond, a Peter Pan, a J.K. Rowling? ¿En qué parte del mundo no se creció con The Beatles, no se bailó con New Order, no se vio Cuatro Bodas y un Funeral? ¿En qué parte del mundo no se twittea?

Tenemos un pasado común, una memoria colectiva en la que resuenan creaciones británicas. Esta prepotencia británica de buen gusto que nos recordó que ellos forjaron a Europa, que son el país natal de Chaplin, de Queen, del internet. Y que incluso, aunque no hayan creado las redes sociales, son ellos quienes las aprovechan mejor (Artic Monkeys es la primera gran banda surgida de MySpace). Quizá faltó rock, pero es que era imposible meterlo todo. Quizá faltó brith-pop, pero me gustaría pensar que están guardando algo para la clausura en este aspecto. Aun así, la obertura de London 2012 es mi favorita ever. Y ya no vale la pena seguir discutiendo.

El mensaje es muy claro. El que tenga oídos, que oiga.  

London Calling, by The Clash

(download)

Teníamos que postear esto, ya saben. Y sí, ya sé que pueden escuchar esta canción en todos lados ahora, pero aquí la pueden descargar, jojojo.

Feliz fin de semana. Disfruten de los Juegos!

London calling to the faraway towns
Now war is declared, and battle come down
London calling to the underworld
Come out of the cupboard, you boys and girls
London calling, now don't look to us
Phoney Beatlemania has bitten the dust
London calling, see we ain't got no swing
'Cept for the ring of that truncheon thing

[Chorus 1:]
The ice age is coming, the sun's zooming in
Meltdown expected, the wheat is growing thin
Engines stop running, but I have no fear
'Cause London is drowning, and I live by the river

London calling to the imitation zone
Forget it, brother, you can go it alone
London calling to the zombies of death
Quit holding out, and draw another breath
London calling, and I don't wanna shout
But while we were talking, I saw you nodding out
London calling, see we ain't got no high
Except for that one with the yellowy eyes

[Chorus 2: x2]
The ice age is coming, the sun's zooming in
Engines stop running, the wheat is growing thin
A nuclear error, but I have no fear
'Cause London is drowning, and I live by the river

Now get this

London calling, yes, I was there, too
An' you know what they said? Well, some of it was true!
London calling at the top of the dial
After all this, won't you give me a smile?
London calling

I never felt so much alike [fading] alike alike alike

Un pequeño post sobre Los Juegos Olímpicos

Olympics-london-2012

Al buen Barón de Coubertin le debemos aquello de que lo importante no es ganar, sino competir. Y también le debemos el concepto de los Juegos Olímpicos actuales, competiciones atléticas inspiradas en aquellas que se realizaban en la ciudad griega de Olimpia durante la antigüedad y que eran dedicados a Zeus y que, dice la leyenda, fueron creados por el buen Heracles. Dichas competencias, igual que las actuales, tenían como objetivo principal averiguar quién era el más rápido, el más hábil y el más fuerte atleta, todo en un espíritu de camaradería y compañerismo. O algo así.

Heracles fue a su vez el que dictamino el espíritu amateur de los juegos, ya que de él fue la idea de no dar a los atletas ganadores premios monetarios o joyas o siquiera alguna exuberante griega para pasar un buen rato, sino simplemente premiar con una humilde corona de olivo a los ganadores. Esto gracias a que él no tuvo ninguna recompensa por los doce trabajos que tuvo que realizar para un mortal cuyo nombre se me ha olvidado y los cuales probaron su valía (más tarde, Heracles se convirtió en el portero del Olimpo, un honor nunca antes concedido a un semi-dios). Coubertin, por tanto, concibió sus juegos como una hermandad de atletas que se reunían cada cuatro años para probar quién era el mejor entre ellos, solamente por amor a la libre competencia y eso. Nada de incentivos económicos que pudieran contaminar el concepto y, por supuesto, nada de atletas profesionales que contradijeran la esencia amateur. No fuera a pasar lo de las Series Mundiales en los años 20 del siglo pasado. O algo.

Claro, Heracles vivió en un tiempo que no se puede medir en siglos, sino en historias contadas al calor de una fogata. Y aunque los ideales son hermosos, vivimos en un mundo cínico, parafraseando a Jerry Maguire. El Barón de Coubertain quizá nunca imaginó una apertura de los Juegos tan fastuosa como la de Beijing 2008, pero estoy seguro de que hasta a él le habría gustado, así como hubiera disfrutado como cualquier otro mortal viendo jugar al Dream Team en Barcelona 92, quizá los profesionales más ilustres que se hayan parado en un podio olímpico. Pero ahora me pregunto qué habría pensando viendo a su querida creación usada como un vil instrumento político más durante la Guerra Fría, viendo los asesinatos de Múnich 72, viendo a los ilustres tramposos del esgrima, viendo los casos de dopaje cada vez más comunes. Y es que aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, parece no aplicar a nuestro mundo cínico. Ya hay mucho dinero de por medio en las competencias olímpicas. Ya no se trata solo de competir, muchas veces ni siquiera se trata de ganar. El sueño se terminó hace mucho tiempo, tanto que no se puedo medir en décadas, sino en tratos cerrados en oscuras oficinas con fuerte olor a puros cubanos y sillones de cuero.

Pero supongo que aún hay algo ahí. Un atleta cuyo nombre no recuerdo en este momento dijo que los Juegos Olímpicos son un mundo feliz, donde todos se conocen, donde no hay hipocresía y donde son todos iguales. Me gustaría pensar en las historias de amor que han florecido en las villas olímpicas. Me gustaría pensar en un humilde morro de algún remoto país africano ganado, años después, una prueba de fondo enfundado en un jersey de Puma y con la bandera de su país portada como la capa de un superhéroe. Yo no estoy en contra de que se les pague a los atletas olímpicos; me parece lo más justo del mundo. Ser un atleta de alto rendimiento es un trabajo y requiere tanto o más dedicación y preparación que ser abogado o doctor. ¿Por qué no pagarles por su esfuerzo? Sin embargo, el que sean amateurs en teoría los hace, quizá, más empáticos, más humanos, que las superestrellas. Solo recordemos que tipos como Roger Federer o la selección de futbol olímpica de Brasil no se quedarán en la villa olímpica. Es solo un pequeño detalle que crece si le prestamos atención.

Los Juegos Olímpicos, quizá por su historia mitológica, quizá por los elevados ideales con los que fueron refundados, quizá por aquello de que lo importante no es ganar, sino competir, juegan en una liga propia. No compiten con el Mundial, con el Super Bowl, con la Serie Mundial de Beisbol o con la Champions League. Los juegos Olímpicos están más allá de eso. Sus ceremonias de apertura desde siempre han sido más fastuosas que las de cualquier otro evento. Históricamente, han servido a otros propósitos más allá del simple deporte, algunos de estos nobles y otros no tanto. Son instrumento político, son armas de propaganda, son hervidero de rumores, sor armas de doble filo para la economía de los países que los organizan y también son un mundo feliz. Los Juegos Olímpicos han tenido momentos de gloria, de vergüenza. Han visto pelear al mejor peso completo de la historia, aquél humilde muchacho de Alabama quién, a su regreso después de ganar el oro, no fue admitido en un restaurante debido a su color de piel, por lo cual tiró la medalla conseguida a un rio. Son las canchas de futbol olímpicas las que nunca han visto ganar a los brasileños, los amos y señores del futbol profesional. Fue aquél podio en México 68 el que vio una manifestación del Black Power mientras se entonaba el himno de los Unites. Los Juegos acogieron la rutina de 10 de Nadia Comaneci y el surgimiento del “Tema de Nadia”, canción favorita de las quinceañeras en los ochenta y que ni siquiera se llamaba así. Fue al final de unos Juegos Olímpicos  cuando se vio llorar a Misha.

Tantas historias, tantas leyendas urbanas, tantos momentos memorables.

Los Juegos Olímpicos han cambiado, claro. Los récords actuales no son obra de la casualidad. La tecnología ha entrado de lleno, como en cualquier otra competencia profesional. Pero la inmensa mayoría de los atletas olímpicos, incluso los medallistas, siguen con un perfil bajo durante los cuatro años que pasan entre competencia y competencia. Y es que, seamos sinceros, ¿quién ve un Mundial de Atletismo, o de Natación, o de Gimnasia? ¿O es que alguno de ustedes me puede decir, sin consultar internet, quién es el gran favorito para ganar el próximo maratón? Y eso está bien, en mi opinión. Un atleta olímpico sabe que solo tiene 2 o máximo tres Juegos Olímpicos para inscribir su nombre en la historia, para dejar huella. Muchas veces solo tienen una oportunidad, muchas veces tienen más, pero eso nadie lo sabe. Por eso se brindan al máximo, por eso lo dejan todo. Porque no son Messi, que igual puede hacer el ridículo en la Copa América, pero que meses después ganará la Champions y todos felices. Los Juegos Olímpicos suelen ser injustos, el camino que conduce a ellos es traicionero, porque aunque no sigamos sus competencias, estas existen y son exigentes y en cualquiera se puede presentar una lesión que acabe con el sueño de manera cruel. Los atletas de alto rendimiento comienzan desde niños, uno que otro más tarde, pero todos saben de levantarse en la madrugada, de entrenamientos extenuantes, de recuperaciones, de fracasos, de victorias. Es por eso que no hay hipocresía en una villa olímpica, porque ¿qué puedes contar que sea nuevo para tus compañeros? Es por eso que los Juegos Olímpicos siguen siendo un mundo feliz, porque no importa cómo te llames tienes que hacer grandes sacrificios para ganar. Y siendo como son, todos miembros de una ilustre estirpe, saben reconocer mejor la grandeza de sus compañeros. Porque en los últimos tiempos se ha demostrado que lo importante no es ganar, sino ser patrocinado.

Claro que, en la inmensa mayoría de los casos, solo a los ganadores se les patrocina, pero se han dado casos, ya saben.

Mañana inician oficialmente otros Juegos Olímpicos. Por tercera vez en Londres. Se ha especulado tanto sobre la ceremonia de apertura, pero lo único claro es que no será como la de Beijing (aunque también es seguro que no decepcionará). Y es que aquella sirvió para algo más que dar la bienvenida a los atletas, pero ustedes ya saben eso. Estos serán los Juegos de  la austeridad, del sentido común. Pero no por ello serán humildes, claro que no. Hasta donde sé, Danny Boyle, el otrora enfant terrible del cine británico y ganador del Oscar, es la mente detrás de la ceremonia de apertura, en la que se presume estará Sir Paul McCartney. Hay grandes atletas que vienen con todo. Se esperan grandes duelos en atletismo, en natación, en gimnasia, en vóley bol, en tenis. Y también se esperan sorpresas, aquellas que siempre se roban la cámara y acaparan nuestra memoria. México, no nos engañemos, tendrá suerte si repite la actuación de hace cuatro años, pero esa es otra historia. En los Juegos Olímpicos no importa tanto el orgullo nacionalista, sino simplemente celebrar la grandeza, no importa de donde venga.

Se nos vienen dos semanas más un fin de semana en la que ellos, los atletas de alto rendimiento, casi anónimos durante los últimos cuatro años, volverán a las portadas de los diarios, volverán a estar en todas las conversaciones. Serán nuevamente las estrellas. Solo por eso vale la pena celebrar. Porque se lo merecen.

To Rome with Love

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Supongo que podemos hacer caso a las declaraciones de The New Yorker con respecto a To Rome with Love, la más reciente película de nuestro apreciado Woody Allen: “who claims to be uneasy after a night away from home here sets his fourth recent film in a European capital, treating Rome like a besotted tourist.” Bueh, con todo hay que ser justos y decir que esta película no genera sorpresa o entusiasmo en el gran público; vamos, ya no decir el morbo por un beso entre Penelope Cruz y Scarlett Johansson. Sin embargo, creo que es una gran verdad aquello de que hasta lo más mediano de Allen es mejor que el 90% de las cintas con las que comparten la marquesina.

En esta ocasión, nos presenta cuatro historias que se intercalan, pero no se entrelazan. En hilo conductor de todas es, claro, Roma, La Ciudad Eterna, cerca del lugar donde los romanos crucificaron a San pedro de cabeza (o eso dicen). Tres de las historias son sumamente graciosas, particularmente en la que el buen Woody interpreta a Jerry, un dubitativo y retirado director de ópera que siempre fue más adelantado a su tiempo (o eso dice), que viaja a Roma con su esposa para conocer al prometido de su hija (ella, la típica gringa que conoce y se enamora del guapo italiano). El italiano es un abogado de los pobres, izquierdista hasta la médula, con el que el padre de la chica no se lleva nada bien. La relación empeora (o mejora), cuando Jerry conoce al padre de su futuro yerno, quién dirige una casa funeraria, pero que canta como los ángeles  cuando esta en la ducha. Jerry se queda prendado e incluso le consigue una audición con empresarios de la industria musical, pero todo sale mal. Parece que el buen empresario de pompas fúnebres solo canta bien estando en la ducha. Y he aquí donde surge la idea para una obra progresista, surreal y muy adelantada a su tiempo, como las que distinguen a Jerry.

En otra historia conocemos a Jack (Jesse Eisenberg), un aspirante a arquitecto que vive en Roma con su novia Sally (Greta Gerwin). Un buen día, Jack conoce a un arquitecto famoso, a quién admira y con el que sorpresivamente tiene varias cosas en común (Alec Baldwin). También nos enteramos que una amiga de Sally llamada Monica (Ellen Page) viene a Roma a pasar el trago amargo de una separación. Sally le ofrece quedarse con ellos, lo que Baldwin (en un papel de mentor omnipresente, muy presente en el cine de Allen, quizá definido como su “realismo mágico”) interpreta como peligroso. Y es que, aunque a primera vista la tal Monica no sea nada del otro mundo, se nos revela paulatinamente como una seductora.

Quizá mi historia favorita sea la de Antonio y Milly, una pareja de recién casados, originarios de un pueblito anónimo de Italia, que van a Roma de luna de miel. Además, Antonio va a entrevistarse con sus tíos residentes de la capital y, si todo sale bien, puede conseguir un trabajo con ellos y quedarse a vivir en la Ciudad Eterna y, con el tiempo, tener una villa en el campo, como los ricos. Ergo, la pareja esta nerviosa (él más que ella), por lo que Milly sugiere ir al salón de belleza a perder el look a maestra de pueblo que tiene, pero resulta que ella es la que termina del todo perdida, tragada por la inmensa ciudad y su esposo, sin saber muy bien por qué, termina presentando como su esposa a una exuberante prostituta que llega por error a su cuarto de hotel. Milly, sin celular y sin una puta idea de dónde está ni de cómo regresar al hotel (que ya ni se acuerda cómo se llamaba), termina en una locación, conociendo a su actor favorito, quién la invita a almorzar y le coquetea todo el tiempo. ¡A ella! ¡A una humilde maestra de astronomía!       

La última historia trata de la fama y de cómo ciertas personas son famosas solo porque sí. Roberto Benigni interpreta a un italiano cualquiera, con esposa, dos hijos y un trabajo aburrido en el que lo pueden remplazar en una hora. Sin embargo, cierta mañana, se topa con la novedad de que es famoso, una celebridad tan grande que incluso lo más simple de su día (como su desayuno o el hecho de si usa boxers o calzoncillos) causan expectación y son motivo de análisis exhaustivos e idiotas. Su caminar es interrumpido por una nube de reporteros, fotógrafos y fans que lo siguen a todos lados. Cualquier mujer esta dispuesta a abrirle las piernas y no tiene que hacer fila ni reservación en ningún lado: siempre hay lugar para él. El lugar de honor, de hecho.  

Como les digo, To Rome with Love es divertida, pero nada del otro mundo. Lo cual esta bien. Woody Allen esta más allá del bien y del mal desde hace mucho. A él no le importan lo que digan de sus películas o de él mismo. Simplemente cuenta historias de la mejor manera que sabe hacerlo: con una cámara. Su trabajo ya es garantía desde antes de que nosotros siquiera fuéramos engendrados. Será por algo.

Deben verla.