Meanwhile, at Batman’s...
Scan from Dolce Vita magazine, 1967.
Scan from Dolce Vita magazine, 1967.
Es raro cuando muere un famoso. Y es que nos sentimos algo tristes, aunque sea alguien completamente desconocido a nivel personal, con quien nunca tuvimos siquiera una conversación informal o algo. Pero lo conocemos porque conocemos su trabajo, su obra. Los meses pasados estuvieron sacudidos por muertes de escritores eminentes, las cuales a mi me dejaron cierta sensación de pérdida, cierta tristeza atemporal y ciertas ganas de escuchar a Francois Hardy. Ayer por la mañana me entere de la muerte de Tony Scott, director de cine conocido por sus películas de acción y por ser el hermano menor de Sir Ridley Scott, a cuya sombra siempre pareció estar.
La aparente causa de la muerte es suicidio. Alrededor de las 12:30 horas del domingo, un testigo vio al director británico saltar del puente Vincent Thomas en el condado de Los Angeles. Había dejado una nota con sus datos personales y los números para contactar a su familia en el interior de su auto. Aparentemente, una nota de despedida dirigida a su familia fue encontrada en su oficina.
Al parecer la noticia fue una sorpresa dentro del círculo de personas que conocían a Scott en la industria y en su vida personal. He leído noticias que hablan sobre lo alegre que siempre parecía estar, sobre lo entusiasta para con su trabajo y lo amoroso para con su familia. Pero esas son cosas que no nos competen a nosotros. Los tormentos personales son cosas que no sabemos y que no creo que tengamos derecho a saber. El suicidio es una decisión privada. Solo él lo sabía y solo su familia puede exigir una explicación. Para nosotros solo es la trágica muerte de alguien que tenia el mejor trabajo del mundo, cuyo nombre vimos en los créditos, en una pantalla de cine, antes de iniciar una película. O al terminar.
Tony Scott nunca será recordado por haber dirigido grandes dramas, películas conmovedoras y emocionales. U obras maestras, para el caso. El dirigía acción y, dicho sea de paso, era bueno para hacerlo. Cierto que no he visto las 24 películas que hizo, pero las que sí (la mayoría) eran en general entretenidas, divertidas y casi siempre generaban buenos ingresos en taquilla. Claro que, como todos, tuvo películas terribles. Pero bueno. Top Gun es posiblemente su película más conocida, que quizá no haya envejecido tan bien, pero que todos vimos cuando niños, en la tele, en canal 5, y que nos encantó en ese momento. Days of Thunder aún es buena para un sábado por la tarde. Man on Fire es una basura, pero tengo fotos de la filmación en el DF. Y Domino también es malísima, pero la vi en DVD con una persona muy especial y eso la rescata.
Claro, sus dos mejores películas ever fueron True Romance y The Hunger. Ambas en mi colección. La primera, escrita por Tarantino, divertida y con escenas memorables, un buen soundtrack y una Patricia Arquette de la que me enamoré, fue una de las primeras películas que vi en la hoy desparecida Cineteca Nacional. Ahí también vi, más tarde, The Hunger. Y me voló la tapa de los sesos. Una de las pocas películas de vampiros que existen que de hecho son buenas.
Pero bueno, Tony Scott nunca fue el gran director que el mundo esperaba. Y supongo que él lo sabía, por lo que se explica la naturaleza del grueso de su filmografía, la cual palidece si la comparamos con la de su hermano, llena de clásicos atemporales y obras maestras. Tony Scott nunca fue nominado para un Oscar y quizá nunca lo mereció, a menudo los críticos eran crueles con él, pero bueno, ¿quién le hace caso a los críticos? Tony Scott era el hermano menor, quizá con menos talento, siempre en segundo plano. Los que somos hermanos menores conocemos el sentimiento. Al final Tony Scott metió fortunas incalculables en las taquillas, trabajó con las estrellas del momento en Hollywood y más que nada era respetado por sus colegas, quienes sabían lo difícil que en realidad eran sus proyectos y la habilidad que se necesitaba para llevarlos a buen puerto.
La noticia de la muerte de Tony Scott quizá no cimbre al mundo ni nos suma a todos en un luto colectivo, pero personalmente tengo que decir que yo si la lamento. Sus películas me han dado buenos momentos y serán recordadas. El legado permanece, la obra. Por la cual nosotros lo conocimos. Por la cual lo recordaremos.
Descanse en paz.

The Dark Knight Rises toma lugar 8 años después de su predecesora, aunque en el mundo real solo hayan pasado 4 años desde The Dark Knight, pero bueno. La Gotham City de TDKR es una Gotham en la que Batman ha estado desaparecido por los últimos 8 años, donde nadie ha visto en persona al excéntrico y freaky millonario Bruce Wayne en público por… un tiempo similar, donde se celebra el Día de Harvey Dent y donde, al parecer, no hay crimen organizado. Y es ahí donde un tipo como Bane, calibre luchador de la WWE, máscara de asmático y voz ronquita y algo, ejem, graciosa, puede llegar simplemente a estrangular infelices y volar todo con una bomba atómica de última generación. ¿Por qué? Bueh, quizá se levantó de malas o algo.
Como sea, la premisa de TDKR nos lanza de lleno al pedo, sin preparativos (excepto por el prólogo que vimos antes de Ghost Protocol. En Gotham ya no hay Batman y ya no hay mafia y los políticos están desesperados por darle cuello al comisionado Gordon, quién por cierto, divorciado y sin ilusiones, probablemente se siente todo el tiempo como se ve en la mayor parte de la película. Y ya es mucho decir. Como sea, Bruce Wayne ha estado recluido en su mansión por tanto tiempo que ya hasta se han inventado leyendas urbanas sobre él, resistiendo los intentos de seducción de las caritas cumshoteras de su consejo empresarial y todo. Ah, y contratando chachas que se parecen a Anne Hathaway. Como sea, es la tal chacha la que lo saca un poco de su reclusión y la que le dice que una tormenta se aproxima. Y la tormenta tiene la forma de un mercenario bien mamado, con chamarra de borrega, quién al parecer la tomó con Gotham nomas porque sí.
Las películas de Nolan tienen ya cierto toque característico. Y creo que son tan traicioneras como muchos de sus personajes femeninos. Tienen un ritmo parco, lento, casi exasperante, pero a la vez pasan muchas cosas sin que se les den su tiempo necesario. Son violentas, pero solo en apariencia: nunca hay asesinatos en primer plano, hay muy poca sangre y tal. Además, creo que ya es una mala costumbre esperar un giro de turca en el momento climático, lo cual no está mal cuando se usa con sabiduría, pero que, al menos en esta película, demuestra ser una poderosa arma de doble filo. Sí, odié que al final Bane resultara ser solo el chalan mamado de la loca hija de Liam Neeson. Y es que aquello del tipo nacido y criado en el peor hoyo del infierno es algo que me había encantado del cómic. Pero bueno, dejando eso del lado, Bane, por sí solo, tampoco tiene mucho sentido. Dando discursos liberales o algo con su voz ronquita y más graciosa de lo que debería, haciendo de Gotham una utopía en la que los pobres se mean sobre los ricos, volando puentes y estadios de futbol. ¿Qué pedo con Bane?
No sé, quizá soy yo. Quizá el recuerdo del Joker de la pasada cinta todavía es fuerte. Y es que aquél si era un hijo de puta que solo quería ver el mundo arder. Bane se la pasa de orador, mercenario, matón, asaltante-de-la-bolsa-de-valores y terrorista. Nunca hay un motivo real o una total falta de uno. Y sí, al final resulta que todo lo hizo por amor. O algo así.
No mamen.
Pero bueno, Bane no es, en realidad, un gran pecado en la cinta. La verdad es que TDKR no tiene caídas estrepitosas. Y es que aunque no emociona en extremo en ningún momento, más que en el ocasional:”órale” sin signos de exclamación, mantiene una calidad aceptable y tiene alguno que otro momento conmovedor que valen el boleto. Además de las grandiosas explosiones. Como sea, esta película, a diferencia de la anterior, busca concentrarse completamente en el héroe: su caída y su resurrección. Así es: rises. Por tanto, el peso de todo cae sobre los hombros de Christian Bale, quién dicho sea de paso, da su mejor actuación de toda la serie. Bruce Wayne pierde su fortuna, la CFE gringa no se anda con mamadas y le corta la luz esa misma tarde, pierde a Alfred (en una escena bastante buena, hay que decirlo), una clase de veterano de Raw idealista le parte su madre, termina en la peor cárcel del mundo y solo falta que lo mee un perro (escena que seguro veremos en los extras del rayo azul). El tipo se ve vulnerable, humano. Al fin.
El cast, como en toda la saga, cumple cabalmente: Michael Caine, Morgan Freeman, Gary Oldman; todos dando trabajo de calidad. Y aquí vienen las nuevas adquisiciones. Creo que mucho se ha escrito ya sobre la Catwoman de Hathaway. En muchas cosas me gustó su personaje: el arquetipo del villano desesperado por limpiar su pasado y comenzar de nuevo, cual personaje de John Ford. Lo malo es que esta Gatúbela no le agrega nada a ese imaginario, no tiene ningún gran momento, solo líneas predecible y actos predecibles. Esta nueva Selina luce forzada cuando se ve sexy, nunca nos da una idea de lo badass que puede llegar a ser, su exageración en ciertas escenas no cuadra con la atmósfera general de la cinta y no cuenta con el background con el que han construido los demás personajes (incluido el propio Bane o el Joker). Pero supongo que no todo es culpa de la querida Anne: uno se las arregla con lo que le toca y a leguas se nota que el guión no tenía mucho para su personaje. Lo cual es extraño.
Pero bueno, Marion Cotillard luce hermosa como siempre. Y bien loca, como en Inception. Su personaje me pareció decepcionante, quizá porque es el que origina aquél momento pendejamente sobreactuado en el que revela su verdadera identidad y su malvado plan, cual villana de caricatura de un sábado por la mañana. ¿Hay mucho problema en salvar a Bane, inmovilizar a Batman y solo salir a partir madres? Supongo que sí. Hay que agregar el speach, mi lic. Su personaje (ya ni me acuerdo del nombre) tiene momentos, pero para nada es una gran villana. Ni siquiera una villana regular. Bane es mejor y eso ya es mucho decir.
Y es que Bane no está del todo mal, pero creo que le hace falta un momento memorable, un miserable one-liner del que nos acordemos al salir de la sala. Creo que los hermanos Nolan la volvieron a hacer: al fortalecer a un personaje, dejaron a la deriva al antagonista. En The Dark Knight hicieron del Joker un villano grandioso, que soltaba frases memorables a diestra y siniestra y con tal impacto como disparos de una Colt Desert Eagle calibre .50, pero dejando a la buena de dios a su héroe. Aquí fue todo lo contrario, aunque en una menor escala (ni Batman tiene momentos sumamente grandiosos ni Bane tiene mucho chiste, aunque es visiblemente menos que el héroe). Y ya que hablamos de los Nolan, ¿qué pedo con sus escenas de acción? Ninguna golpiza buena, ninguna secuencia paralizante. Cierto, las explosiones son geniales, ¿pero los madrazos qué? Y eso que hay material: Bane es un hijo de puta entrenado y expulsado por la Liga de las Sombras. Un oponente digno para Batman. Pero no. En la primera golpiza, predecible, en la que Bane gana, no hay ningún golpe doloroso, como los de Spidy de Raimi. Incluso cuando le zafa una vértebra (que no lo deja paralítico) no sentimos nada. No hay emoción.
Y en la madriza final, bueno… de haber sabido que esas máscaras para asmáticos se pueden descomponer tan fácil. Háganme el xodido favor.
Bane es un villano que parece lleno de posibilidades, pero que al final termina siendo tan simplón como nos imaginamos que sería un wey mamado y psicópata. Otra vez, no creo que toda la culpa sea de Tom Hardy, quién de hecho creo que lo hace relativamente bien considerando que unas una máscara durante casi toda la película. Creo, otra vez, que el guión lo dejo abandonado. Y es una lástima, la verdad. Aunque al menos tuvo algo bueno: en la mente de los panistas y priístas, Bane es el equivalente cinematográfico del Peje. Ya está, pues, en nuestra cultura.
Como sea, TDKR es una película buena, a secas. Visualmente es fantástica y tiene un score memorable, además de servir para lo que sirve la última parte de una trilogía: terminar. TDKR termina la saga como lo merecía: a los tumbos, pero cumpliendo. Y es que así ha sido la reinvención del personaje en las manos del venerado cineasta británico. La primera parte fue aburridísima, la segunda fue la mejor de todas y la tercera pues es solo la tercera. No sé ustedes, pero yo esperaba algo más. Esperaba emocionarme más o algo. Esperaba que Bane, si no condenaba a Batman a una silla de ruedas, por lo menos le pusiera una partida de madre de la que todos nos acordáramos, que hasta a nosotros nos doliera. Esperaba una escena que me hiciera un nudo en el estómago como aquella en la que Rachel muere. Esperaba más.
Pero bueno, ese soy yo. Alguien que solo quiere ver madrazos y que no entiende al Sergio Leone o a Kurosawa.
Y es que al final de día se trata de una película de superhéroes estrenada en el verano. Digo, ¿no debería ser un poco divertida? ¿No debería tener un poquito de corazón, al menos? Si lo tuviera, el humor y el corazón, sería mejor y nadie se quejaría. Pero bueno, Nolan se ha colocado ahora como un director clase A, un tipo que ha demostrado saber manejar grandes presupuestos, grandes expectativas y grandes cast. Pero que no sabe dirigir acción. Cosa bastante rara, pero cosas más raras hay en la industria, créanme. La saga de este Hombre Murciélago que ha creado no es, para nada, mi saga favorita de superhéroes, pero hay que concederle que es la más regular de todas. Nunca hay una estrepitosa caída, como en Spidy 3 o X-Men 3. Sin embargo, creo que les faltan muchas cosas para llegar a la excelencia que los fans proclaman. Están llenas de errores y estos son errores casi infantiles, que quizá se incrementa al calor de lo despectivo, pero que existen. Ahí están, para los que los quieran ver.
Como sea, creo que es igual de justos decir que Christopher Nolan cumplió. Su Saga de Batman quizá ya borró a aquella que inició Burton al final de los ochenta y que se fue desarmando en manos de otros directores, cual motoneta china. Pero creo que las cintas están un mucho sobrevaluadas. Pero, como les digo, ese soy yo. Alguien a quién le emociono el momento en el que Batman se aleja en el horizonte con la bomba y que ésta explota. Alguien a quién le encantó el final de Joseph Gordon-Levitt entrando a la bati-cueva, pero que la escena de Florencia solo le pareció un epílogo gratuito, sin mucho sentido. Alguien que agradeció ver ahí a Cilliam Murphy. Alguien que fue fan de ese momento en el que Gordon se da cuenta de la verdadera identidad de Batman. Esos son de los momentos en los que debería basarse la saga entera, creo yo, pero lamentablemente no es así.
Igual ya se acabó Batman. Y The Avergers sigue siendo mi película favorita de este verano. Así las cosas.
And now are you on your way.
To a new tension...
headache
ParaNorman es la nueva película del estudio Laika, responsable de esa joya llamada Coraline y que, como en aquella, esta vez presentan una historia infantil con un trasfondo oscuro y lecturas que podrían llegar a ser demasiado densas para los chiquillos a los que son destinadas. Pero, digo, podrían. La verdad sea dicha, ParaNorman es divertidísima.
Claro que tiene una historia sólida, quizá compleja si le ponemos atención, pero es fácil de seguir y no se desvía a lo largo de los 90 disfrutables minutos de la función. Norman es un niño retraído, geek de las cintas de zombies y que, además, puede ver y hablar con los muertos. Y si algo nos ha enseñado Medium es que una persona con dicho don suele sufrir de incomprensión y escarnio público y tal. Norman es visto por todos como un freak y es victima del bully local. Pero, de repente, uno de los muertos le advierte sobre un desastre que se cierne sobre su pueblo. Una catástrofe producida por una maldición antigua lanzada por una bruja. Y sí, solo él puede evitarla.
ParaNorman tiene la esencia de Studio Ghibli, pero más que nada me recordó a X-Men: la lucha de alguien diferente por encajar en un mundo donde no se acepta lo que es diferente. Donde siempre se busca la comodidad de lo conocido. La película es una odisea de autodescubrimiento, de aceptación, la jornada del héroe y tal, pero también es un viaje por referencias y gags endemoniadamente geniales sobre la cultura de los zombies cinematográficos. En cierto momento, producto de la antigua maldición, los muertos se levantan de sus tumbas. Ajá, el xodido Apocalipsis Zombie. Pero no es nada sangriento, violento o gore. Más adelante nos enteramos de la verdadera naturaleza de los zombies y es entonces cuando apreciamos el delicioso contraste de éstos con la gente del pueblo, quienes se comportan como una muchedumbre violenta que solo piensa en destruir y matar. Dejándose llevar por el momento, cual tuiteros con un trending toppic de odio pegajoso inmersos en el reutiteo indiscriminado. No piensan, están en la manada, sedientos de sangre. Ajá, como zombies. La muchedumbre se revela como el mayor impedimento para que Norman y su raro séquito puedan cumplir con su misión de parar la maldición: porque esta es real y la bruja responsables es un personaje increíble que me recordó a Akira, cuyas 3000 páginas de manga se pueden resumir perfectamente en el concepto de un muchacho resentido que de pronto se da cuenta de que tiene el poder de convertir tanques en chatarra.
Ya para entonces ya era fan. Y el final no decepciona en absoluto. ParaNorman se erige entonces como la mejor y más divertida película de animación del verano, que merece visitas posteriores para admirar con más detenimiento los bellos escenarios construidos a mano y animados cuadro por cuadro (lo que le llaman el stop-motion, mi lic) y apreciar mejor las referencias y volver a reír con los gags. Y es que la escena del Ayuntamiento es sencillamente magistral. Y es que así somos y así siempre hemos sido. Y es que ser un freak esta cabrón, pero también te hace fuerte. A fuerza de madrazos, per lo hace.
ParaNorman es una película grandiosa que en cada escena revela un amor y una pasión por el trabajo que casi desborda la pantalla. Definitivamente recomendable.
Pixar, como es usual, nos ofrece historias antiguas en un nuevo empaque. Retazos de los mitos inmortales y las leyenda que… bueh, más que nada preceptos universales y elementos omnipresentes en los grandes relatos del mundo. Esta vez la historia tiene lugar en Bretaña y los elementos presentes tienen mucho de las historias y la nostalgia de los viejos Reyes de los Mares del Norte. Quizá los directores y demás pensaron que estarían muy de moda en el verano; claro que no contaban con que el buen Danny Boyle ignorara dichos elementos durante la ceremonia de apertura de Londres 2012. Pero de eso ya hemos hablado.
Como sea, Brave y su heroína Mérida tiene mucho del sabor de Bretaña en sí: el amor por el bosque, la caza, los ríos. Y, claro, el mar. Hay muchos detalles geniales con respecto a la construcción de la historia, que es un drama que al final no resulta ser tan dramático. Mérida quiere ser libre y en una metida de pata, con tal de evitar un futuro ya planeado, se relaciona con una bruja y termina convirtiendo a su madre en oso (un animal por demás simbólico para su familia). Así inicia su propia cruzada, su propio viaje de autodescubrimiento. O algo.
Brave es la película de Pixar que más intenta parecerse a Studio Ghibli, lo cual no es malo por sí, pero que es una falla cuando el resultado final resulta ser demasiado light para tal pretensión. Sí, lo de la madre convertida en oso es grave. Sí, detrás del matrimonio arreglado hay elementos de casi peligro para el reino. Sí, la bruja es graciosa y los chamacos pelirrojos son cagados. Pero nunca hay un peligro real. Nunca hay una verdadera amenaza o un antagonista. Nunca hay un momento que nos haga un nudo en la garganta o un verdadero descubrimiento, como en Spirited Away, La Princesa Mononoke o Up. Uno de los elementos omnipresentes en las películas del legendario estudio de animación japonés es poner a niños y adolescentes en situaciones complejas, peligrosas, que casi los rebasan, y de donde solo pueden salir creciendo. Aquí no hay un crecimiento perceptible. El problemón entre la madre y la hija es casi de una comedia de pubertos. Como aquella película de Lindsay Lohan y Jamie Lee Curtis. Sí, esa.
Quizá esa era la idea, pero el resultado es por demás banal. Le queda grande la estupenda animación y el gran soundtrack. Brave no es la peor película de Pixar, pero está muy lejos de las mejores, como The Incredibles, Monsters Inc. Y Ratatouille. Quizá el estudio está en una especie de crisis creativa o quizá ya decidieron tomar esta clase de curso. Como sea, yo esperaba mucho más.
Si no la han visto en el cine, les conviene mejor esperarse al rayo azul. Ahí, al menos, escucharán las voces originales.
Pues sí, se acabó Londres 2012. Más rápido de lo que hubiera deseado, pero así son las cosas. Así ha sido siempre, excepto en algunas históricas excepciones. Cuando era niño, creía que los Juegos Olímpicos duraban todo el verano. Crecer es darte cuenta de qué tan rápido se mueve el tiempo, en realidad.
La ceremonia de clausura fue, hasta cierto punto, un exceso. Creo que en cierto momento se perdió todo hilo conductor (si es que alguna vez hubo uno) y solo se decidió presentar bandas y artistas porque sí. Lo cual, creo, esta bien. Las ceremonias de clausura son así, festivas y joviales. Me gustó ver a Madness. Me encantó el momento Waterloo Sunset. Lloré con el momento Freddie Mercury. Fui fan de lo de Monty Python. Y cómo no amar a The Who. Además, toda la referencia Beatle fue increíble, desde Because a capela hasta la cara de John con Imagine. Y, claro, volví a llorar cuando se apagó el pebetero. Porque eso encendió la nostalgia, al menos en mi caso. Fue el principio para pensar que se había terminado otro ciclo olímpico, otros Juegos. Para pensar, por un momento, que hace apenas unas horas, unos días éramos más felices. Y que eso no volverá.
O bueno, así fue en mi caso.
Aunque claro, la ceremonia de clausura tuvo pecados bastante graves que me gustaría mencionar. Creo que el peor es la total ausencia de The Rolling Stones. Ellos son la segunda mejor banda en la historia de Reino Unido y a diferencia de la mejor, ellos siguen juntos y activos. Y vivos. ¿Por qué no estar ahí? Es una estupidez del tamaño del Parque Olímpico, pero así fueron las cosas. Y bueno, también me quedé esperando a The Smiths, pero viendo su total ausencia, me doy cuenta de que jamás se van a reunir, para nada y para nadie. Otra esperanza que muere. Y supongo que la ausencia de Blur se debió a motivos ajenos a una invitación, pero también me dolió no verlos ahí. Como sea, la ceremonia de clausura fue casi como la de apertura, al menso en el sentido de la prepotencia inglesa. Al meter bandas actuales cantando clásicos (“vino viejo en alforjas nuevas, mi lic”), tratan de dejar clara su influencia en el mundo actual, lo mismo que al presentar sus automóviles, sus letras inmortales, sus monumentos, reconocibles hasta en Zimbabue. Su moda. Así son ellos y son influyentes. Sea como sea, siguen siendo el Imperio. Recibido.
Cambio y fuera.
Y sí, se acabaron. Y quizá estos no hayan sido los mejores Juegos Olímpicos a nivel deportivo (en Beijing se rompieron más récords y se gestaron más historias), ni los de más calidez humana (Barcelona, ciudad chiquita y completamente volcada a los Juegos del 92, sigue ganado en esto), pero será inolvidables para mi. Los mejores, para mí. Porque nunca me había emocionado tanto con ningunos Olímpicos en mi vida. Porque no los había disfrutado tanto como ahora. Y porque sé que todos los que vengan y me toque ver solo serán una pálida sombra de estos, al igual que cada Mundial ha sido una pálida sombra de Corea-Japón 2002, la Copa del Mundo que más he disfrutado en mi vida. Así son las cosas y no puedo dar razones más precisas para lo que siento. Solo así es. La vida es extraña, la nostalgia es solo una palabra para el dolor de una vieja herida o algo. Londres 2012 se ha quedado en mi corazón para siempre.
Y ahora, vuelve la rutina otra vez. Las madrugadas con Veredicto Final en lugar de competencias deportivas. Pero así son las cosas. Así son los ciclos. Así es el mundo. De todas formas no puedo evitar cierta tristeza, cierta evocación, aunque aún sea muy pronto y el recuerdo aún sea muy fresco. Muchas cosas me quedaran de estos Juegos, muchos momentos y muchas figuras. Muchos rostros. Pero también olvidaré la mayor parte. Lo cual es triste por si solo. Porque muchos atletas jamás volverán y se perderán en la marabunta de memorias personales.
Así son las cosas. Lo cual esta bien.
Ahora inicia la Olimpiada de Rio. El largo camino al verano del 2016. Los brasileños nos dieron una probadita de lo que nos espera. Supongo que esos también pueden ser unos Juegos grandiosos, pero me permito dudar que me impacten, me emocionen y me gusten tanto como los que acaban de terminar. Los cuales pueden no ser los mejores de la historia (es casi seguro que no lo son), pero será mis favoritos. Lo son ahora y estoy seguro que lo seguirá siendo después del 2016. Y en una de esas hasta después del 2020. Ya después, quién sabe que pueda pasar.
Londres, la ciudad violeta construida en las márgenes de un rio, aquella que dicen fue fundada por un nieto de Eneas, se queda. Ahí esta. Tan cara y tan caótica y tan nublada y tan genial como siempre. El fénix anidará ahí. Y nos espera. No es un adiós, es solo el principio del cortejo.
Ahora, vuelvan al trabajo.