Alguien famoso dijo que, de saber que el mundo se acabaría al día siguiente, plantaría un árbol. No recuerdo quién fue (búsquenlo en google), pero es un pensamiento fantástico. La verdad yo no tengo ni puta idea de qué haría si en un proverbial breaking news dijeran que el mundo se va a acabar mañana. Lo único que tengo claro es que no me gustaría estar solo.
Seeking a Friend for the End of the World se trata de un hombre que nunca fue bueno para hacer amigos y que cometio muchos errores porque temía estar solo y que de golpe y porrazo se queda abandonado en el peor momento de la humanidad. Dodge (Steve Carrell) es un proveedor de seguros de vida cuya vida es la comodidad de la rutina: su trabajo no es muy demandante ni divertido, pero le provee de un escritorio con su nombre, su relación con su esposa no es apasionada pero al menos es sólida, sus amigos son idiotas pero al menos son idiotas que pueden hacer interesantes las tardes de domingo. Quizá su vida pudo haber sido diferente, en una de esas y hasta mejor, pero tampoco está del todo mal. Al menos no hasta que se entera que un asteroide se dirige hacia la Tierra y acabará con todo rastro de vida en unas pocas semanas. No hay esperanza, el Apocalipsis está aquí.
Y entonces todo pasa: su esposa lo abandona inmediatamente (literal). Que mierda pasar sus últimas semanas de vida deprimido. Y, para agregar más leña al fuego, su rutina desaparece. Dodge está perdido entre los suicidios masivos, los bautizos masivos, las orgias masivas. Entre la licenciosa libertad en la que viven sus idiotas amigos y la música del fin del mundo que programan en el radio (que no está nada mal, vaya).
¿Qué hacer cuando se acerca el fin del mundo?
Dodge no tiene ganas de nada, ni de probar drogas nuevas, coger con sus amigas o con desconocidas, robarse un plasma del tamaño de un closet, matar a alguien en los disturbios de las calles, anotar un touchdown en el Candlestic Park… Dodge quiere se rutina de regreso. Pero la ausencia de tal le hace ver lo falsa que era, lo poco feliz que ha vivido en su etapa adulta. El fin del mundo le trae una revelación: en una realidad alterna, pudo ser más feliz. La chica con la que debió casarse le escribió una carta diciendo que nunca lo había olvidado. Lo malo es que la carta llegó hace meses, una vecina la recibió por error y no se la dio hasta ahora, a unos cuantos días del final. Pero igual se da cuenta de que puede que no pase el fin del mundo solo. En una serie de eventos que serían raros en un contexto que no incluyera el próximo Día del Juicio, Dodge se ve de pronto en la carretera, con un perro llamado Sorry y con la vecina (quién es inglesa y se llama Penny), camino a su felicidad. Al menos, la vida ya es un poco más interesante.
Esta es la primera película de Lorene Scafaria (de quién postee una canción, hace tiempo), por lo cual la técnica usada es bastante básica, valiéndose de nuestra imaginación para poner las imágenes de desastre (tal cual un programa de radio) y concentrándose en mostrar la nostalgia de las cosas cuando están muriendo. Penny (Keira Knightley) , quién perdió el vuelo que la llevaría de regreso con su familia, acompaña a Dodge porque “la culpa es un sentimiento que no le gusta” y porque él le ha dicho que conoce a alguien con un avión. Ambos, comienzan a conocerse mientras conocen gente en el camino, como un camionero desahuciado que contrato a un hitman para poner fin a su vida, el último policía de tráfico que se toma en serio su trabajo y los empleados de un restaurante que le dan un nuevo significado a aquello del trato amistoso a los clientes. Penny y Dodge, poco a poco, se hace amigos, se ríen juntos, se divierten, se cuentan cosas personales, se pelean y todo. Se enamoran.
Seeking a Friend for the End of the World es una road-movie de hermosos y solitarios parajes, de una tristeza omnipresente y de una belleza hipnótica. Es un poco cursi, claro, pero no es nada empalagosa. Le encantará a tu chica tanto como seguro te gustará a ti. Y es que es la historia de todos, aunque pasa cierto tiempo para que nos demos cuenta de eso. Nunca hay suficiente tiempo para estar con quienes amamos, así como tampoco hay un límite de cosas con las que arruinamos nuestras vidas. Y sí, estar solo es una mierda. No solamente en el fin del mundo, sino en una tarde en la que quisiéramos estar con alguien, pero resulta que no hay nadie a la mano. En esos momentos nos damos cuenta de lo miserables o afortunados que somos.
Es un must. Deben verla.
Semana dos de temporada regular en la NFL y las cosas aún son demasiado jóvenes para poder decir por donde sopla el viento. Aunque sí hay cosas seguras, como que los 49ers seguro van a partir generosas cantidades de madre durante el año. Su defensiva es simplemente la mejor de la Liga y su ataque, dejando de lado los errores ridículos y de la mano de un corredor elite, son lo que necesitaban. San Francisco luce hasta ahora como el equipo a vencer, pero hay mucho camino de aquí a febrero.
Y en otros frentes, los Santos aún no ganan y no solo eso, sino que han estado jugando feo contra dos equipos medianones. Green Bay ahí la lleva, lo mismo que Atlanta. Baltimore se ve fuerte en la Americana, donde los Jets, los Broncos, los Bills y muchos más han dado una de sal y otra de arena. Los Patriotas perdieron de manera angustiosa en casa contra Arizona (vale madre), pero la defensiva ya ha dado muestra de que está a la altura. El ataque necesita ajustarse, pero debe hacerlo pronto: partido contra los Cuervos el domingo por la noche, muchachos.
Hasta ahora, el equipo de la Americana más sólido son los Texanos, pero, como les digo, falta mucho. Y eso es bueno.
La memoria es una lesbiana muy caliente. Dígase nostalgia, alegría, accidente de crucero, primer orgasmo, la memoria es una nena insaciable, ninfómana con vestido de coctel y bolso de mil dólares. Es una loca que ataca al grado que algunos recuerdan “las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882”. Memoria inasible, putísima madera bajo una lupa de 3 metros de diámetro, sabes de invasiones en el miedo de las madrugadas, del que no sólo recuerda “cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. Memoria inocente, animal silvestre que tiembla enamorado en los abrevaderos, calma nuestra sed con tus ramas de pólvora para volar en mil pedazos con la caricia de aquel recuerdo.
Nota: los entrecomillados son de ‘Funes el Memorioso’, de Jorge Luis Borges, si bien recuerdo.
“Sister moon, will be my guide / On your blue, blue shadows / I will hide”, dice una canción de esas que la gente le canta a la Luna. A la Luna también se le ladra, se le culpa de las mareas, los crímenes y los súbitos cambios de humor de los amantes. Todos hemos volteado a verla por las simples razones de que está arriba de nosotros, y porque suele brillar de noche. En un mundo que solo tiene un satélite, nuestra relación con él se vuelve especial, estrecha, inolvidable (quizá así sucede con los hijos únicos). Solo hay una Luna y quizá por eso escribimos su nombre en mayúsculas. Y le hacemos canciones. Y discos sobre su rostro oculto. Y nos imaginamos historias. Y mucha gente soñó y sueña con estar ahí, con caminar en la Luna. Yo nací cuando alguien ya había caminando en la Luna, así es que cuando era niño justificadamente (y alimentado por atlas y libros de National Geographic) me imaginaba que yo también podría llegar ahí. Primer niño en la Luna. Primer perro en la Luna. Primer hotel en la Luna. Primer político corrupto en la Luna. La Luna era la nueva frontera, pero el fin de siglo, los intereses verdaderos de los adultos y las crudas realidades de la economía nos alejaron de la Luna. A mis 24, no he ido a la Luna y no creo ir nunca. Tenemos megaembotellamientos, notificaciones push, búsquedas instantáneas y los aerosoles ya no dañan la capa de ozono, pero no podemos ir a la Luna como quien toma a su familia y da el acapulcazo. No me quejo tampoco. La vida es dulce a pesar de todo.
Hoy habrá luna llena y me acordé de aquellos sueños espaciales, de cómo alucinaba con probarme un traje de astronauta, con salir a caminar afuera del shuttle Columbia, dar brincos locos de baja gravedad en la Luna…
El mejor regalo de Collins, Aldrin y Armstrong fue ayudarnos a imaginar, sí.
También hoy es el Grito de Independencia, por cierto. La noche promete…
Por allá del 2009 y gracias a Danny Choo, corresponsal de BoingBoing en Japón, supe de las randoseru (ランドセル), las backpacks de los morritos escolapios japoneses. La palabra original es holandesa (ransel), así es que es más propio escribirlo en katakana. Me encanta su diseño. Y qué cosa más bonita es ver a un niño corriendo para ir a clases con esas cajitas colgándoles de la espalda. Son una puta belleza, como tantas cosas a las que los japoneses le meten empeño y, aunque no sea su diseño original, terminan apropiándoselo. Los randoseru provienen del periodo Meiji, famosillo por haber marcado la transición del Japón feudal al moderno. En ese momento los comenzaron a emplear los oficiales del Ejército Imperial, y poco después pasó a ser la backpack oficial en las escuelas públicas.
Y todo esto: hoy regalé una randoseru igualita a la de la foto a una flamante alumna de pre-primaria. Y sí, creo que le gustó.
Tengo la opinión y el gusto old fashioned de que las letras se leen mejor en papel que en pantalla. A pesar de pasar 12 horas diarias o más conectado a la red, y promover en mi lugar de trabajo la extraña idea de que las pequeñas cosas de la oficina se comunican mejor de forma electrónica (y no desperdiciando papel de impresora), para los momentos en que quiero alimentar mi mente o mi espíritu o como ustedes le llamen a ese placer que proporciona la lectura (de ficción, por lo general), prefiero la hoja impresa. Esta antigua tecnología sigue destacándose por varias razones: suele ser portátil, el rango de lectura con poca luz es muy alto, es el medio más amable con los ojos, proporciona una textura particular que es imbatible y que forma parte de la mística del medio. Por todo eso, la letra impresa es una belleza. La película del cine, por ejemplo, es otra de esas cosas que prefiero no perderme. A veces no se puede, y tengo que ver una película en lo que tengo a la mano, DVD o Blu-ray, y ya muy jodido, con una pitera transmisión televisiva. Ver cine en casa es otro tipo de ritual: yo platico en voz alta, pongo las patas en un sillón, pongo pausa para ir a orinar… las cosas que no se hacen en el cine, claro. Pero el carácter granuloso de la película de 35 mm a 24 cuadros por segundo, de nuevo, forma parte de la mística del medio. Lo demás es simplemente “video”. Si puedo ver una película en el cine, la veo. Si puedo leer una novela en papel, la leo. Pero quiero hacer una distinción: nunca leería un cómic en un formato digital a menos que fuera un webcomic pensado exclusivamente para la red. Lo mismo aplica para una novela o un libro de cuentos o un libro de superación personal, whateva. Puedo leer blogs, noticias en RSS, comentarios, notas, aclaraciones, entradas de Wikipedia, et cetera. Pero no algo que no sea nativo para la red. Los motivos por los cuales la gente lo hace, bueh, cada quien sabe. Por falta de dinero, porque traemos lo pirata en los genes, porque nos creemos más inteligentes de lo que en realidad somos. Probablemente tener acceso a un libro inaccesible por la red sea una justificación válida, o tenerlo ahí simplemente como consulta. No es mi caso. He descargado libros que sus autores ponen gratuitamente a disposición del público en PDF, y nunca los leo. Terminan juntando polvo de bits. Supongo que cada quien tendrá sus razones para leer en digital o no. Yo prefiero el papel. Nada como el papel para leer. Igual que nada como el cine para ver cine.Ajá, gracias por el libro, bro.