Este fin de semana acompañe a mi sobrina a su chequeo médico y a que le aplicaran vacunas. Corte a: los consultorios de los pediatras son cosas surreales, como sacadas de esos cuartos de niños creepy de películas manga, como el chamaco cabezón de El viaje de Chihiro o la reserva de pálidos niños telépatas en Akira, retacados de muñecos de peluche, libros infantiles, cuadros “divertidos” en la pared. Recordé que un pediatra que atendió a mi sobrina de muy pequeña daba consulta con un Pluto de peluche (percudido) amarrado al cuello. Muy extraño. El consultorio de un médico, quiero suponer, debe ser una cosa abierta, espaciosa, luminosa y cálida. Que dé confianza. Porque quizá muchos de nosotros no tengamos miedo de morir, pero sí miedo del dolor previo a la muerte. O el dolor de vivir, pues –aunque suene corintelladesco. Entonces, el tiempo que vayas a pasar en un consultorio de esos, bueh, pues que al menos sea en un sitio semiagradable. Yo hace relativamente poco tiempo crucé exitosamente por una serie de exámenes médicos, y ahora que lo pienso, la visita al médico fue completamente olvidable. No porque mi afección estaba gacha, sino porque el doctor no se empeñó en hacer de mi visita a su consultorio algo amable. No estoy pidiendo ser recibido con “mimosas” por una enfermera de estas, la beta del nuevo Gears of War en la sala de espera o que el Dr. Muerte fuera un comediante hilarante (como el cajero de un Superama que me atendió el otro día). Pero no es eso: simplemente su atención fue parca, fría y exquisitamente profesional. Tan profesional que me sentí como debe sentirse un auto cuando lo llevan a servicio a la agencia. Después de la madriza al cuerpo y el desembolso monetario y el “quédese tranquilo, todo bien”, mi decisión fue la siguiente: “Si vuelvo a pasar por una de estas y necesito a un especialista de este tipo, buscaré a alguien más. No me gustó su atención. No me gustó cómo hace las cosas”.
Vuelvo a la visita con la pediatra: es una mujer cálida, amable, de las que te explican absolutamente todo y dentro de su ñoñería es un encanto. Una profesional de la salud con la que sí repites consulta. Sin embargo, debo decir que algo sucede con las inyecciones: mi sobrina estaba muy nerviosa antes de las vacunas, y al momento de sufrirlas, bueh, vaya que las sufrió. Y no creo que haya sido un aspecto técnico, al parecer la doctora inyectaba “con buena mano” que le llaman, rápida y certera. Entonces, si a) consultorio creepy pero cute, b) doctora amable, cálida y profesional y c) buena técnica, ¿por qué estoy casi seguro de que mi sobrina crecerá odiando las inyecciones? Caraxo, no conozco un solo adulto que no ODIE la idea que le picoteen el culo con una aguja. Incluso sé de casos cuasifóbicos de tipos rudos y profesionalmente exitosos que prefieren pasar dos semanas del carajo que recibir un par de inyecciones y salir rápido del lío viral que se cargan. ¿Qué han hecho mal los médicos? ¿Qué tienen esos consultorios que el macabro momento del doctor golpeteando con su dedo medio la jeringa es para muchos de nosotros como la antesala al infierno? Quizá tenga que ver la sensación de no ver dónde estarán poniendo la aguja, el punto ciego del culo, de no ver cómo perfora la piel. Mucha gente se siente más tranquila al ver cómo le sacan sangre del brazo que imaginando cómo le meten una sustancia por las nalgas. Y antes de que me albureen, debo decir que en contra de este argumento juega el hecho de que a cada segundo en el mundo millones de mujeres y hombres reciben un miembro viril por las nalgas sin ver con exactitud cómo se los insertan, y esto no disminuye el placer o se convierte en un tema de fobia. No no no no no. Debe ser otra cosa. Quizá tenga que ver que la ciencia no ha avanzado gran cosa en el campo de las jeringas. Evidentemente, si uno ve una jeringa victoriana y ve una jeringa de las que venden en cualquier Farmacia del Ahorro, sí dirá: “No mames, sí hemos avanzado”. Lo sé. Pero por otro lado, la promesa del futuro de Los Supersónicos nunca llegó. Díganme optimista, pero después de pasar por uno de esos tratamientos de veinte inyecciones –a razón de una diaria– a mis ocho o nueve años de edad (por ahi de 1998), yo sí me consolé pensando “pero en el año 2010 las inyecciones te las darán con unos aparatos bien acá con los que no se sentirá nada”. Por supuesto, en el mercado hay tecnología elevada como esta, pero la verdad es que la realidad del 99% de los pacientes es esta. Qué mala suerte. En el año 2012 podemos fabricar hielo en nuestras casas, ver lo que sucede del otro lado del mundo en vivo por la tele o el internet, manipular nuestras tabletas futuristas con los dedos y reparar articulaciones del cuerpo con prótesis de titanio. Pero para meter veloz y eficientemente un antibiótico al cuerpo, necesitamos agujas. Agujas que hacen sufrir a la gente con el simple hecho de ser mencionadas. El némesis de cientos de miles de adultos que crecieron odiando la visita al pediatra.
Como yo. Y muchos de ustedes. Seguro.
Es raro hablar de los oficiales en la NFL. Pero bueh, los oficiales que han aparecido en todos los juegos que llevamos de temporada no son LOS oficiales, sino más bien esquiroles venidos de las Ligas de Junior High (el equivalente gringo a la secundaria, para que entiendan), así que se vale hablar de ellos. Y eso que no lo habían hecho tan mal hasta ahora, pero en los dos juegos nocturnos de esta semana, la vinieron a calabacear y bien feo.
Mientras los verdaderos oficiales se encuentran metidos en una negociación por más dinero contra la Liga, los esquiroles les están echando la mano con actuaciones de regulares a pésimas. Casi nunca marcan los holdings, son localistas en las marcaciones apretadas, cuando se acaba el reloj de la jugada no dicen nada, marcan castigos de 10 yardas cuando en realidad son de 5 y sacan pañuelos inventados… errores que, dicho sea de paso, no son muy graves, porque raramente van al marcador. Hasta los juegos mencionados. En el gran juego de domingo por la noche se fueron por el lado localista de manera casi descarada (sobre todo en el último cuarto), a tal grado de que marcaron por bueno el gol de campo con que los Ravens le ganaron a los Pats. Y discúlpenme, pero ese NO era gol de campo.
Y no, no soy el único que lo piensa.
Pero la polémica se desató en la parte final del gran juego de lunes por la noche de, ejem, anoche. Packers y Seahawks se partieron la madre como los hombrecitos, pero al final fueron las cebras las que quedaron como los grandes protagonistas de la noche (para mal, dicho sea de paso). En el último cuarto se dedicaron a sacar pañuelos en cada jugada, la mayoría de ellos absurdos, veían infracciones en jugadas limpias pero no marcaron un par de interferencias del tamaño del estadio. Y al final, en la última jugada del partido, con Seattle perdiendo por 5, cuando su QB novato lanzó un Ave María desesperado hacia la zona de anotación, un par de cebras marcaron touchdown y pase incompleto al mismo tiempo. Pero el daño estaba hecho. El estado de los Halcones Marinos era la locura: haberle ganado a un grande con una jugada milagrosa los había embriagado más que las cervezas que habían consumido durante el juego (que también hicieron su parte en el ambiente, por cierto). Y aunque se dizque revisó la jugada, nadie, ni siquiera el mejor oficial de la Liga, iba a cambiar el resultado.
The call on the field stands! Touchdown!
Y no, no era touchdown. Verán, era más claro que el agua que Jennings (actuando de defensivo en la jugada) toma el balón mucho antes que Golden Tate. Y el mérito de este último fue solo colocar las manos sobre el balón y no soltarlas de ahí. Cuando llegaron los oficiales, vieron lo que parecía ser una recepción simultánea, en cuyo caso hicieron lo que debían y se la dieron al ofensivo. Pero nunca hubo una recepción simultánea, sino solamente una intercepción con interferencia ofensiva más que evidente. Y ni siquiera era una jugada apretada. El oficial que marco anotación se dejó llevar, si vio sumamente mal y sumió a la Liga en una polémica en la que hasta Barack Obama (Chicago Bears fan from hell, por cierto) se ha sumado. Una lástima.
Y es una lástima porque fue un fin de semana de juegos grandiosos. Cómo no mencionar a Detroit, perdiendo por 14 faltando menos de dos minutos para el final del juego, pero aún así empatando con un agónico Hail Mary!... solo para perder en Over Time. O los Jefes viniendo de atrás para ganarles a los Santos en tiempo extra y otra vez en casa. O lo de los Titanes pegándole a los Broncos (sí, también en tiempo extra) y los Raiders pegándole a los Steelers (ese sí termino en tiempo regular, pero igual fue un juegazo). Como no mencionar que los Cardenales estan invictos, que los 49ers. Vinieron a dar pena ajena cuando ya todo el mundo pedía que, de una vez, fueran grabando su nombre en el Lombardi. Como no mencionar el hecho de que los Pats tienen marca por debajo de 500 desde el 2003 (año en el que ganaron el Super Bowl, por cierto) y que los santos nada más no han ganado. Y eso sin olvidar los juegos nocturnos de la semana que, dejando de lado a los oficiales, fueron grandiosos.
Pero el problema es que no se puede dejar de lado a los oficiales, porque esta vez sí influyeron en el marcador. Y por eso hablamos de ellos, lo que es raro en la NFL que, desde hace un buen rato, ha impugnado por tener el jueceo más perfecto en todos los deportes profesionales. Y hasta hace poco no les podíamos cuestionar el éxito de dicha empresa. Pero esta semana… bueh, con decir que a las cebras ya les dicen árbitros y no oficiales, lo cual indica la gravedad de la cuestión.
Mr. Robert Goodell, si ya de plano no le cuadran los números, organice un Teletón para completar el sueldo de los verdaderos oficiales. Le aseguro que recaudará (y hasta de más) solo en el H. estado de Wisconsin. Y ya mejor no hablemos de Massachusetts.
Hoy habría cumplido 76 años aquel geniecito llamado Jim Henson, creador de las marionetas de programas televisivos esenciales como Plaza Sésamo y El show de los Muppets, además de un par de filmes que me vienen a la memoria, The Dark Crystal y Labyrinth, quizá no tan virtuosos pero importantes en la iconografía ochentera. Cuenta la leyenda que Jim fue invitado a tomar el papel de Yoda para El imperio contraataca, pero declinó y recomendó a su buen amigo y colaborador cercano Frank Oz para la tarea. Su creación más famosa fue la Rana René o Kermit Frog en el mundo anglófono quien, a pesar de la feroz saturación mediática de marcas infantiles, sigue manteniendo su status como referente de la infancia y la inocencia y también del coolness del caballero que se niega a ser seducido, en este caso, por una gordita de caireles rubios. Jim Henson creía en las marionetas como actores o performers que podían desplegar un rango considerable de emociones, y lo demostró en escena en incontables ocasiones, muchas veces opacando a sus contrapartes humanas –como John Denver, el ubicuo invitado de El show de los Muppets. Vaya, una marioneta de Henson lo habría hecho mejor que Christian Bale como John Connor o Bruce Wayne… pero esa es solo mi opinión. Y ya.
Nuestros respetos, maestro.
Way out west there was this fella... fella I wanna tell ya about. Fella by the name of Jeff Lebowski. At least that was the handle his loving parents gave him, but he never had much use for it himself. Mr. Lebowski, he called himself "The Dude".
Intouchables es la película francesa que, actualmente, la está rompiendo en eso de meter muchos dólares en taquilla y hacer llorar a las viejitas que van a las funciones matutinas de entre semana. También, seguro, será de esos DVD que la gente ama regalar en la época navideña, la clase de película que la gente se siente bien de ver, no solo por la trama, sino porque es “de arte”.
En otras palabras, una hueva total sumamente sobrevaluada.
“Amigos” (el predecible título en español…) cuenta la historia de Philippe, un acaudalado francés que está paralizado del cuello hacia abajo debido a un accidente de paragliding. Entonces, amargado, inaguantable y completamente dependiente, inmerso en la tarea de encontrar un cuidador, conoce a Driss, un inmigrante africano, recién desempacado de prisión, que solo busca llenar su cuota de entrevistas de empleo fracasadas para que pueda calificar para la ayuda del estado. Philippe le da el empleo, junto con la confianza que nadie le da en el mundo (por aquello de los estereotipos, verán). Driss lo llena de nueva vitalidad, alegría venia de música funky y de nuestra vieja amiga: la cannabis.
Creo que ustedes pueden imaginar el resto.
La cinta está llena de situaciones comunes y errores predecibles en esta clase de cine. Su éxito (porque vaya que lo ha tenido) radica en la vieja fórmula de hacernos sentir afecto por los personajes: entonces, cuando ellos son felices, nosotros lo somos. Esto se logra gracias a las magníficas actuaciones de los dos protagonistas. Francois Cluzet, que comunica sus sentimientos usando solamente su rostro y su voz; y Omar Sy, quien es desparpajado a su manera, sumamente alegre para un personaje con un duro pasado.
Y es que, a pesar de sus errores, la cinta cumple con lo que se espera. Cuenta la historia de dos hombres y la creciente confianza que surge entre ellos de una manera relajada, nada pretenciosa y natural. Además, maneja de buena manera la esencia del trabajo del cuidador, quién no solo es la persona que ayuda y da medicamentos, sino que llega a una relación a la que llegan pocos médicos.: la cercanía con una persona que lo ha perdido todo (incluyendo su capacidad de pararse e ir a mera cuando tiene ganas). Philippe, a pesar de su estatus de millonario poeta y conocedor del arte, está completamente solo: su esposa ha muerto, su hija es una mocosa inverbe y su personal tiene una vida propia. Driss viene de otra realidad y aún conserva algo de alegría y alma y lo trata diferente.
El truco está hecho cuando caemos en la cuenta de que nos sentimos bien. Atrapados en la empatía por los personajes, pasamos por alto muchos supuestos sin respuesta. Los directores y escritores Oliver Nakache y Eric Toledano se muestran alegremente dispuestos a ir por los grandes gags y su estilo es insinuante. Pero, al final, si miramos de cerca, no tenemos nada más que una reducción simplista de los estereotipos raciales. Una fantasía simplista.
Pero bueno, a tu madre seguro le encantara recibirla en Navidad.