Los muertos

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Ver a mi sobrina ayudar a poner la ofrenda es cada vez más interesante. La chamaca ha aumentado la cantidad de preguntas formuladas sobre los muertos, esos fulanos que, ya saben, se retiran, se hacen a un lado, se ocultan un momento, se están quietos y están “en todas partes en secreto”. Al mismo tiempo, parece existir en ella una certeza de que al morir te vas a otro lado, que es un hecho indiscutible que ya no estarás aquí, donde están –en su caso– tus lápices de colores, tu almohada, tu uniforme, tu muñeca de My Melody. Por supuesto, la domina la idea general de que ese “otro lado” es un misterio. Su papá no puede decirle con exactitud qué hay allá. Su mamá tampoco. Yo menos. Pero Miyazaki san con sus hermosas películas sí le dice varias cosas al respecto. Así es que ella se imagina cosas. A veces luminosas y a veces oscuras, supongo. Parece intuir que morir es doloroso, pero más bien sabe que la idea de la muerte es dolorosa. Un día se nos estaba atragantando con espagueti, y fue algo casi de shock: pensó que se moría. Fue como haber probado un pedacito de la muerte. Desde entonces es un poco más temerosa. Se la piensa más antes de hacer una locura. No mucho, claro. Apenas acaba de cumplir cinco años. La idea de la muerte es muy lejana. Es muy ligera. Así lo dice Paul Bowles, que como no sabemos cuándo llegará la muerte, “llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable”. Por mí es genial que mi sobrina se conciba así. No debe ser muy divertido ser una niñita de seis años con problemas existenciales a la Sartre. En su mundo hay colores y juego y muchas risas y Yakults que se beben por la parte inferior del envase. Su vida se irá complicando como deba de complicarse, pero por ahora es suficiente.

Igual es imposible substraerse de estas fiestas como el día de muertos. La muerte está en todos lados. Y mezclado con el Halloween, que ocho capas en el subsuelo –debajo de los bacanales de treintañeros poniéndose pedos disfrazados y el consumismo de los centros comerciales– también nos recuerda que aquí estamos los vivos y los muertos, quizá, están allá en un mundo invisible. Lo tétrico, lo espantoso, lo grotesco y lo monstruoso equilibra nuestras vidas de un modo maravilloso. Nada mejor que la muerte para recordarnos que no todo en la vida es entregar ese bello reporte burocrático, no todo es verificar el auto, no todo es llegar a tiempo a esa cita, no todo es complacer al cliente, no todo es sacar la máxima calificación en ese examen, no todo es dejar pulcro y perfecto ese Excel. La muerte misma es el mejor recordatorio, como decía Rulfo, de que “la vida no es tan seria en sus cosas”. Todos nos vamos a ir a chingar a nuestras madres en algún momento. Qué bonito pensamiento. O como leí recientemente: “Death is always on the way“. Guau. Lo cual puede ser reconfortante. Hay que aprovechar esta vida y darle su justa dimensión. Porque quizá solo sea un paso a lo que sigue. Quizá, digo. No me interesa convencer a mis lectores ateos.

Dos grandes cuentos infantiles nos dan pistas sobre el paso por el umbral. Uno es Alice in Wonderland  y el otro es Sen to Chihiro no kamikakushi, traducido al inglés con el afortunado título “Spirited Away” y en español como “El viaje de Chihiro”. El nerd respetable sabrá que Miyazaki es un gran admirador de Lewis Carroll. Bueh, Lewis Carroll es como el nerd original, el Adán de todos los nerds. Así es que no sorprenden las analogías entre dos opus magna de Mizayaki-san, como Tonari no Totoro –donde destacan las semejanzas entre el gato de Chesire y Totoro y el Nekobasu– y Chihiro –donde el personaje principal hace eco a la Alicia carrolliana.

En todas las historias donde alguno de los personajes cruza un umbral para pasar de un mundo a otro hay algo de tétrico. Chihiro se queda atrapada en un mundo “de fluidos fantasmagóricos”, diría Joseph Campbell. Lo mismo le sucede a Alicia: al perseguir al conejo acaba cayendo en un agujero que la lleva a otro plano, a otra realidad. ¿Y no es esa la muerte misma? Como espectadores, quizá lo que estemos viendo en Chihiro y Alicia sea su paso al otro lado, su camino lento y tortuoso al inframundo. Quizá están muertas y no lo saben aún, pero deben terminar con una serie de tareas pendientes antes de poder avanzar a lo siguiente. Ayer por la noche vi por enésima vez Sen to Chihiro y me preguntaba justo eso: ¿no estará Chihiro muerta?

Lo cual es una pregunta bastante ociosa, porque las historias fantásticas no necesitan mostrarnos los hechos, los frutos de la imaginación no necesitan explicaciones necias, parafraseando a Bioy Casares. Lo que es un hecho es que a lo largo de nuestra propia y privada jornada del héroe debemos cruzar por varios umbrales. La muerte es uno más. No me da miedo tener que pasar por ella, pero sí hacerlo sin la gente a la que amo. Seguramente ustedes sienten lo mismo. Las ausencias pueden ser más culeras que la muerte.

“Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos, poco a poco te acabas”, dice SabinesEs la verdad. La vida florece, lo veo en esa chamaca que está aprendiendo a andar en bicicleta. Y en otro lado, los muertos siguen muertos.

Y aquí, hoy y ahora, lo que ustedes deben de hacer es comer pan de muerto. Esas 400 calorías que se van a meter no van a importar una chingada cuando estén en el panteón. Se los juro.

You Only Live Twice, by The Postmarks

Mi canción favorita de Bond, covereada por una voz celestial. Es casi imposible superar a Nancy Sinatra, pero esto está casi al nivel. Y aquí no puedo quejarme por el casi.

Igual es una excelente canción para una nublada tarde de 2 de noviembre.


Que tengan un excelente fin de semana.

  

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Las brujas

Macbeth

 

Encantadoras las claves para distinguir a una bruja según el estoico Roald Dahl en su libro The Witches: de entrada, estas mujeres infernales viven ocultas en nuestra sociedad. Son calvas pero usan pelucas, lo que les causa horribles comezones. Sus manos son coronadas por garras puntiagudas, por lo que usan guantes para esconderlas. Sus pies son cuadrados y no poseen dedos –por eso una bruja no usa “zapatos bonitos”. Su saliva es azul, y las pupilas en sus ojos cambian de color caprichosamente. Por supuesto, emplean la magia, pero con un fin perverso: para deshacerse de los niños. La razón de su odio contra los infantes, quizá, es que no toleran el olor que éstos despiden. Las brujas del libro de Dahl no son amables: quieren matar a todos los niños del mundo. El método podrá parecer estúpido (convertirlos en ratones para que así alguien más se los despache), pero no hay que olvidar que la intención de Dahl era hacer un libro para niños. Un libro para niños en donde el tema es brujas que matan niños. Dahl era un cabrón redondito.

(La versión cinematográfica de The Witches fue powereada por el taller de Jim Henson y Anjelica Huston como la bruja mayor de Inglaterra. Es una buena versión, en verdad. Véanla.)

Muy chamaco, en los noventa, me obsesionaba la lectura de un artículo de la revista Geografía Universal dedicado a las brujas. Recuerdo que iniciaba con un diálogo ficticio entre una supuesta bruja y su duro juez en la onda Salem, Estados Unidos, siglo XVII. Básicamente, el texto hablaba de cómo algunas mujeres de avanzada de la época, mujeres poco comprendidas por los hombres, acababan como chivos expiatorios en la hoguera por desafiar el statu quo. El detalle grotesco era el siguiente: si alguna tenía un lunar, éste era determinado por los jueces como un diaboli stigmata o marca del diablo. ¡La bruja había copulado con el demonio en un aquelarre! Después de muchas horas o días de tortura, por supuesto, cualquier mujer terminaba confesando su afiliación con el diablo. Los juicios de Salem en realidad duraron sólo un año y no sólo brujas fueron condenadas a muerte; también había hombres entre los consignados. La paranoia de una sociedad puritana que entró en pánico: así podemos resumir las estupideces acontecidas hace más de 300 años en Salem. National Geographic tiene un viejo interactivo dedicado al respecto, y cientos de libros se han escrito tratando de explicar lo que sucedió ahí. Ahora, nuestra mentalidad contemporánea intenta trazar un dibujo más políticamente correcto de la brujería como un “modo alternativo de vida”. De hecho, una exposición en el Salem Witch Museum se dedica sólo a darle una dosis de “realidad” a nuestra burda idea de la bruja como esa cosa narigona, perversa, con sombrero picudo y escoba para volar.

Un momento. Yo no quiero esa versión ultrapasteurizada de las brujas. Yo no quiero que me digan que las brujas son mujeres que aman a la naturaleza y procuran el bienestar holístico, como si se tratara de una mamona disciplina new age o una variación de la acupuntura. Seguro: existe la noción de la bruja bondadosa (Wanda Maximoff en sus humildes orígenes con los Avengers) y la bruja perversa (Emma Frost en sus humildes orígenes con el Hellfire Club), del mismo modo que existe la bruja como la madre universal o como la madre mala. Aquellos lectorcitos que hayan pasado por el camino del héroe trazado en la inolvidable obra de Joseph Campbell,(The Hero with a Thousand Faces) adivinarán que el poder de las brujas radica en la paradoja de la creación: la mujer, dadora de vida, poseedora del vientre bendito, la world creatix, es dueña también la fuerza destructora y “maligna” que da y quita. La bruja es una fuerza que contiene por igual eros thanatos. Cualquiera que haya estado enamorado de una mujer lo sabe; la belleza puede ser algo terrible. La belleza de una mujer eleva pero también enloquece. La canción “Exit” de U2 lo resume así: “The hands that build/Can also pull down/Even the hands of love”.

Sin ánimo misógino, la verdad es que las brujas rockean mucho más que los brujos (un brujo connota a un médico tribal; una bruja, a una fuerza cósmica que evoca a la magia). Y ya establecido que “bruja” no es sinónimo exclusivo de “hijadeputa”, hay que decir (o contradecir) que no es ninguna sorpresa que los retratos malignos de las brujas sean mucho más poderosos que los bondadosos. Todos recordamos a las brujas feas, culeras, viles y sanguinarias. Están aquellas grayas que viven en una cueva terrible y se turnan un ojo para ver, y que le revelan a Perseo la única forma en la que puede deshacerse del Kraken en la Furia de titanes de 1981. Y están las tres brujas shakespereanas que le dicen a Macbeth que él será el rey de Escocia en un pasaje favorito del Bardo Inmortal:

Double, double toil and trouble;

Fire burn and cauldron bubble.

By the pricking of my thumbs,

Something wicked this way comes.

Las maquinaciones de una bruja. De una mujer que sabe más que un hombre. A eso sabe la vida. A hombres inexpertos enfrentándose a mujeres más aptas e inteligentes que ellos. Macbeth es una cosa hermosa por eso.

Más recientemente, mi bruja favorita ha sido la mamá falsa de Coraline. He visto una docena de veces el filme con mi sobrina y he armado muchas interpretaciones sobre lo que sucede en pantalla (una de las más nuevas es de origen “inceptionesco”). Ninguna otra película obsesiona tanto a mi sobrina como Coraline, y creo que es por sus efectos freudianos sobre ella. 

En Coraline, la madre falsa tiene ojos de botón, y en su forma horrible de bruja-araña representa a la propia madre enojada y regañona. Piensen esto: nuestro camino en este mundo implica separarnos de nuestras madres y añorar el seno materno que alguna vez nos dio protección y alimento (me vale pito que hayan tomado leche de fórmula, la metáfora funciona). Para la psique de un niño –que es una personilla aún cerca de su progenitora–, el enojo de la madre equivale a perder esa proximidad, y quizá más que eso: es una pequeña tragedia griega que se repite a diario en las casas de niños preescolares haciendo berrinche. Así pues, la madre falsa de Coraline Jones es una bruja potente que representa el peligro de perder para siempre a nuestra propia madre.

La madre buena, sin embargo, es rutinaria y aburrida y, a su modo, gruñona y malencarada. Una de las cosas que amo de Coraline es que nos dice que “los sueños pueden ser peligrosos”, pero también nos susurra al oído que vale la pena correr ese peligro con tal de saborear la aventura. Amén.

Un beso cariñoso para todas las hermosas brujas que esta noche bailarán ebrias a la luz de la Luna y fornicarán con Satanás. Se lo merecen, chicas. Han trabajado muy duro todo el año.

“Something wicked this way comes“.

El Escobazo y El Final

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Gracias a Dios la gran mayoría de las Series Mundiales no terminan en barrida. Y es que cuando un Clásico de Otoño se termina en 4 juegos, no podemos evitar sentirnos un poquito estafados y un mucho insatisfechos. Ayer los Gigantes de San Francisco le aplicaron el proverbial escobazo a los Tigres de Detroit. En Detroit. En extra-innings y en un gran juego y todo, pero aún así sentenciaron una Serie Mundial de solo 4 juegos en los cuales lucieron muy, muy superiores.

Las hostilidades comenzaron el pasado miércoles, como dijimos aquí. El primer juego en la bahía fue una auténtica paliza por parte de los Gigantes. 8 a 3 lucio el score final, destacándose claramente la figura del venezolano Pablo Sandoval, a.k.a. el Kung-Fu Panda (soy fan del mote), quién nada más conectó 3 cuadrangulares, uno de ellos de dos carreras y dos de ellos frente a Justin Verlander, considerado por muchos como el mejor pitcher en la actualidad. Como sea, los Gigantes se presentaron al Juego 2 con la moral alta y terminaron blanqueando a los Tigres en un juego de 2-0, cerrado, emocionante, pero donde quedó de manifiesto que los de Detroit tenían la pólvora completamente mojada.

Y eso quedó más que establecido en el Juego 3, en la Ciudad Motor. Los Tigres nada más no podían dar el batazo a la hora buena. Con hombres en primera y en segunda y un out rolaban para doble play. Y eso lo hicieron dos veces, así como dejar la casa llena y fallar de manera casi ridícula cosas tan elementales como el fildeo o el toque de pelota. Los de la bahía, por otro lado, jugaban con la suerte de su lado, sin errores, contundentes y con un pitcheo más que dominador. Al final el marcador fue el mismo que en el juego anterior (2-0) y San Francisco se colocó a 27 outs de proclamarse Campeón Mundial por segunda vez en 3 años.

El Juego 4 fue, por mucho, el mejor de la serie. Un excelente duelo de pitcheo, pero también de volteretas. Los Gigantes comenzaron ganando 0-1, carrera producida por un doble seguido de un triple. Pero el Tigre ganador de la Triple Corona de bateo este año (esto es: mejor porcentaje de bateo, más cuadrangulares y más carreras producidas en la temporada), Miguel Cabrera, apagado la mayor parte de la Serie, dio una película de largo metraje que trajo la voltereta, 2-1. Fue hasta la sexta entrada, con un homerun de dos carreras conectado por Buster Posey (quién me cae muy bien, por cierto), que San Francisco recuperó la ventaja. Pero en la parte baja del mismo inning, un cuadrangular solitario conectado por un tipo de cuyo nombre no me acuerdo, le dio a Detroit la igualada. Y así nos mantuvimos y pitchers iban y venían y solamente se colgaban argollas. Hasta que en la décima entrada una carrera de San Francisco trabajada con el librito y como dictan los cánones (hombre en primera, sin out, avanza a segunda con un sacrificio y anota con un sencillo), coronada por una actuación grandiosa del cerrador suplente de los Gigantes, Sergio Romo (reemplazo de Brian Wilson, quién también me cae muy bien), les trajo el séptimo título en su historia.

Y así se dio cerrojazo final a una temporada más dentro del mejor beisbol del mundo. Una que fue bastante buena, hay que decir. Y es que aunque normalmente no sigo mucho beisbol durante la temporada regular, esta vez fue la excepción, ya que sí vi muchos juegos, entre otros el Juego Perfecto de Matt Cain. De hecho, hubo 3 Juegos Perfectos este año y los dos que no vi completos, sí vi los últimos 3 outs en vivo gracias al interné, mi lic. También alguien por ahí completo El Ciclo y días más tarde lo hizo otro compadre (El Ciclo es batear, en un mismo juego, sencillo, doble, triple y cuadrangular). Este año me toco emocionarme con los juegos de los Athletics, de los Padres y de Seattle, cuyo pitcher estelar tiró un Juego Perfecto un sábado memorable, para mí. Me toco  ver la lucha de los Medias Blancas, los Dodgers y del Boston por el ansiado boleto que al final no consiguieron. Me toco ver cómo se desinflaron los Piratas de Pittsburg, el fracaso de los Rangers y la sorpresa de los Nacionales, quienes ganaron más partidos que nadie en el año. Y, claro, me toco ser testigo de las penurias de mi equipo del alma, los Yankees de Nueva York, quienes sufrieron más lesiones que la Resistencia Polaca, pero aún así seguían dando batallas que rayaban en lo épico y por ahí de agosto dieron un juegazo de casi 6 horas de duración, que se vieron en una carrera parejera con Baltimore y ganaron su División y llegaron hasta la Serie de Campeonato, en donde fueron barridos por Detroit, pero al menos en cada juego dieron batalla.

Y sí, así se acabo el mejor beisbol del mundo por este año. El equipo del destino, que se levantó de un 3-1 en contra en la Serie de Campeonato de la Nacional, se corona merecidamente y no nos queda más que reconocerlo. Y aunque sí desearíamos más juegos, al final las quejas suenan débiles y patéticas. Igual todavía nos queda, claro, la mejor parte de la Temporada de la NFL y la Liguilla del futbol mexicano (inserte aquí risas grabadas). El aire ya huele a copal, hay muchas flores amarillas por doquier (y bien caras, mi lic) y los lepes ya tienen o buscan su disfraz. Octubre esta punto de terminar. Y yo no tengo quejas contra él.

Gente que no sabe que está muerta

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Supongo que ya no califican como “gente”, pero igual es una de las ideas más notables de la ficción fantasmagórica. En muchas obras, el fantasma es un tipo que sabe perfectamente el estado de las cosas y se dedica a joder a los vivos o, simplemente, tiene una perspectiva mayor porque ya pasó hacia el otro lado. Algunos tienen una predicción que darle a los vivos, otros regresan para dar un mandato. Muchos sólo quieren que lo dejen en paz, aunque es común que no sepan cómo estarlo o qué demonios está pasando. La mente no le ha dicho al cuerpo que ha muerto. Una especie de estado de confusión permanente. Más interesante es cuando el fantasma está completamente seguro de que está vivo. Este es el caso de El Sexto Sentido, cuyo final, sino a todos, sí a muchos (me incluyo) los agarró desprevenidos. Igual le auguro más longevidad a Los Otros, de Alejandro Amenábar, una encantadora historia de fantasmas donde éstos ignoran su naturaleza y son literalmente espantados por los vivos. Si el alma no muere y la mente tampoco, y seguimos siendo nosotros mismos del otro lado, pero nunca nos enteramos de qué pasó, debe ser relativamente simple (quiero pensar) permanecer con la idea de que seguimos vivos. Estamos tan apegados a nuestros objetos, nuestros lugares familiares y nuestras rutinas que lo más cómodo debe ser seguir adelante. Por eso el fantasma es tan aterrador. Imaginen a un ser querido, a alguien que aman, pero muerto, intentando seguir su rutina diaria. Agreguen esos objetos que lo acompañaban a diario: quizá un par de tenis, o un DVD en especial, un sitio donde pedía estrictamente cierto tipo de comida o bebida… nos cuesta trabajo desprendernos de la idea de que ya no esa persona ya no está con nosotros, pero es terrorífico pensar que esa persona querida insiste en continuar con su vida, cuando, como diría Kundera, su vida ya está en otro lado. Del otro lado, creemos los que creemos en la vida sobrenatural, debe haber algo más. Algo diferente, y no tendría caso seguir aferrados a lo que tuvimos aquí, supongo. Y así, especulando, nos han llegado historias notables como Los Otros. La vi ayer y confirmo que, independientemente del “giro de tuerca” que capturó o no a la gente en el año 2001, cuando estuvo en cines, es una buena película, realizada con cariño y oficio.

Igual la mejor película de fantasmas que he visto es, por mucho, The Shining. El diálogo entre Jack y Delbert Grady en el baño es una belleza atroz. Tori Amos tiene una canción titulada Happy Phantom. Llegado el momento, eso me gustaría ser: un fantasma feliz.