13 Assassins (13アサシン)
Jûsan-nin no shikaku tiene todos los cuadros de acción que necesita una película, un villano que trasciende el mal y se eleva a una posición privilegiada desde la que practica impunemente una locura barbarie. En contra de esta criatura y su propio y personal ejercito, una banda de samuráis se reúne para poner fin a su terror. Su heroísmo a prueba de balas es el último brillo del código samurái: la película está ambientada en 1884, hacia el final del periodo Edo, cuando los verdaderos guerreros samurái se fueron haciendo cada vez más raros.
La película es tremendamente divertida; una épica de gran presupuesto dirigida con maestría visual y sonora, sacada a flote por el no tan cándido Takashi Miike. Los últimos 45 minutos del filme se dedican por completo a una batalla monumental, inventiva e ingeniosa; para nada el tipo de caos incomprensible que a menudo encontramos en los momentos climáticos de una película de acción. Es una auténtica lección para los queasy-cam auteurs, ya que Miike construye la acción como una coreografía en la que todo es comprensible - y, lo más importante, ha pasado los dos actos anteriores construyendo a los personajes que aquí encuentran su conclusión. Sabemos quiénes son los 13 samuráis y entendemos por qué muchos de ellos se comportan como lo hacen bajo la amenaza de la muerte. El cuidado del guión y la calidad indiscutible de cada toma resisten la más férrea comparación con la Shichinin no Samurai de Kurosawa, saliendo bien librados. Y esto, señores, son palabras mayores.
La película abre con una sencillez cruda y sangrienta: un hombre se arrodilla en un patio y se destripa a sí mismo en señal de protesta contra el Señor Naritsugu (Gorô Inagaki), el medio hermano del shogun. Este seppuku fue inspirado por la crueldad de Naritsugu, que se nos va mostrando paulatinamente con detalles atroces: gusta de practicar la amputación en sus víctimas, patea cabezas cercenadas a través de habitaciones y ejerce el derecho de violación para con las personas de un estatus inferior. Él villano no es ninguna caricatura retorcida, sino más bien un narcisista recalcitrante para quién el shogun tiene planeado un futuro de más poder.
A fin de erradicar este mal de la tierra, Sir Doi (Mikijiro Hira) busca al samurái Shimada (Kôji Yakusho), a quién vemos por primera vez pescando tranquilamente sobre una escalera en el mar, pero con la espada a la mano, siempre. Shimada, comprometido con la misión, se encarga de buscar una docena de guerreros para unirse a él; este proceso nos es familiar a partir de un sinnúmero de otras películas. Cada uno de los reclutas tiene su propia historia, su personalidad y su espada; algunos se nos presentas más complejos que otros y, por supuesto, alguno de ellos debe representar cierto alivio cómico, aunque Koyata se torna más serio en el fragor de la batalla.
Las posibilidades del éxito de la empresa parecen pocas, ya que los héroes son solo 13 en contra de los 200 (por lo menos) que componen la escolta de Naritsugu. Miike nos ahorra un poco creer la fantasía romántica de los 13 buenos derrotando a los malvados 200 colocando la acción en medio de un pueblo que ha sido habilitado como una enorme trampa mortal por los samuráis. Así, más o menos en igualdad de circunstancias, se da la batalla.
La mística del samurái da para muchas historias y para muchos perfiles. Y, claro, para muchas películas. Las películas de samuráis tienen una historia rica, y Miike la evoca con elegancia artística: con trajes tradicionales, un diálogo idealista, caracterizaciones fuertes y una secuencia de batalla gloriosamente coreografiada. Una escena que no sustituye el movimiento de teatro o no es un pago por una hora y media de diálogos pomposos y sin sentido. En 13 Assassins los personajes involucrados se conocen y entienden, por tanto la acción cuerpo a cuerpo en general se divide perfectamente en viñetas estructuradas. Una verdadera cátedra sobre cómo se debe colocar la historia dentro de un entorno de violencia.
La película, más allá de ser una maravilla visual, tiene un subtexto sumamente rico para los que conocen y aprecian las tradiciones de los antiguos samuráis. Los 13 héroes en realidad están violando el Bushido al revelarse contra su amo; sin embargo, este pecado es justificado. Loa tiempos modernos están cambiando Japón, y el shogunato antes respetable es hoy una estructura corrupta y decadente, una colmena de nepotismo. Shimada y su compañía se rebelan contra eso, usando sus habilidades y su conciencia social, cometen un sacrilegio contra sus creencias por un bien mayor. Una empresa que no conlleva ninguna gloria para ellos a sus ojos. Una épica con toda la pinta de la tragedia y el autosacrificio. A esto se le contrapone la figura de Kitou, un samurái de antigua estirpe y con un gran respeto por la tradición. El no es menos samurái que los 13 a los que se enfrenta, siendo el guardaespaldas personal de Naritsugu, y aunque no aprueba las acciones de su amo, sabe que su deber es servirle hasta la muerte. No es un villano, más bien es un héroe tan trágico y glorioso como los "buenos".
Takashi Miike ha creado una joya. Sin duda la mejor película que he visto este año (aunque la cinta es del 2010, pero llegó hasta aquí en este año). Una lección de buen cine para los directores occidentales y un deleite para los cinéfilos no tan acostumbrados a este nivel de excelencia, pero siempre bien dispuestos a agradecerlo.
